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2x5: Gran cierre para un ciclo de conciertos de tango

El Teatro Real cerró su ciclo de cinco conciertos de tango con dos actuaciones espectaculares: Ariel Ardit en la cuarta fecha, y la gran Adriana Varela la noche del cierre definitivo. Dos espectáculos que tuvieron lugar en la sala principal del teatro para traer al corazón de Madrid gran parte del alma porteña.

11 may 2017 / 12:10 h - Actualizado: 11 may 2017 / 12:58 h.
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El Teatro Real ofreció un ciclo de cuatro conciertos de tango que comenzó el 20 de abril con la actuación de Lidia Borda en el Auditorio de la Escuela de Música Reina Sofía, y acabó el 6 de mayo con el gran concierto final en la sala del Real a cargo de Adriana Varela. Entre medio se pudo ver a Patricia Noval en el mismo sitio que a Borda, y a María Bayo y Ariel Ardit en la sala grande.

La noche del 3 de mayo fue el turno del único cantante masculino: Ariel Ardit. Con fotografías de la Ciudad de Buenos Aires de fondo en unas proyecciones imponentes, salió al escenario para brindar su espectáculo llamado «Carlos Gardel sinfónico», que abrió con «Mi Buenos Aires querido» para completar el sentido de la escenografía, por si a alguien le quedaban dudas de su pertinencia. Así, Ardit cantó a Gardel y Le Pera desde el principio hasta el final, pasando por clásicos como «Melodía de arrabal», «Golondrinas», «Lejana tierra mía», «El día que me quieras», y la infaltable «Volver», que la cantó como cierre del espectáculo.

Ardit se lució en el escenario no sólo al micrófono sino también con su bastón para coreografiar «Rubias de New York» así como con su carisma. Su relato sobre el accidente que acabó con la vida de Carlos Gardel a bordo de un avión que nunca llegó a despegar del aeropuerto de Medellín también iba acompasado de material audiovisual en proyección, para más pertinencia.

Acompañaban a Ardit en el escenario Andrés Linetzky al piano, Ramiro Boero en el bandoneón y la orquesta sinfónica del Teatro Real, dirigida por Gonzalo Ospina, director colombiano que con «Sol tropical» no pudo evitar mover tanto las caderas como las manos.

Entre relatos, proyecciones, música y alguna mini actuación para enmarcar «El día que me quieras», a cargo de la bailarina Silvina Mañanes, el concierto de Ardit fue un espectáculo que el público, en parte argentino, no se cortó en ovacionar.

El 6 de mayo Adriana Varela cerró el ciclo con un concierto sensacional que abrió con «Por una cabeza», de Gardel y Le Pera, para seguir con Cadícamo, Cátulo Castillo y Enrique Santos Discépolo. El arranque del concierto no fue del todo agradable por un problema de sonido que, por suerte, pudieron resolver una vez que Adriana abandonó el escenario para dejar a sus músicos interpretando «Don Agustín Bardi». Con este tema instrumental, los músicos no dejaron lugar a dudas de la calidad de su trabajo. Ellos son el trío que acompaña siempre a la cantante: Marcelo Macri al piano y arreglos, Rafael Varela en la guitarra y Walter Castro en el bandoneón. Una vez que Adriana regresó al escenario, con cambio de vestuario y micrófono arreglado, todo fluyó de maravillas. Habló con el público reiteradas veces, preguntó qué nacionalidades había en la sala y sonaron voces de todas partes. Identificó a gente de su barrio; comentó que Diego el Cigala iba a ir de artista invitado pero canceló, y preguntó si en la sala estaban sus familiares o amigos. Cantó clásicos como «Garúa» o «Naranjo en flor»; se denominó ella misma como a una loca antes de cantar «Alma de loca»; dedicó «Malena» a todas las mujeres; impresionó con «Los mareados» e invitó al público a cantar «Volver». Habló de rito, de vivir el presente, de hacer presente en el presente; se preguntó cómo se hace y probablemente se respondió cantando e invitando a participar. Y para cerrar el espectáculo, se cantó a sí misma, en algo que ella señaló como «esquizofrénico»: interpretó el tango «La Gata Varela» que dice así: «La Gata sale a cantar/ envuelta en adrenalina/(...)/ Parece medio loca y que provoca/ porque el tango en su boca es un gemido/(...)/ Parece pero no es lo que parece:/ es una gata herida».

También en las dicotomías, en lo que parece y no es y en lo que es y no parece, en la esquizofrenia de la vida, se sintieron estos conciertos: en la alegría, pero también en la nostalgia propia de un género que es música aunque también poesía; en Madrid pero a veces en Buenos Aires: alma y corazón; dos conciertos finales que dejan buen sabor agridulce. Gracias y adiós.

Adriana Varela. / El Correo


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