viernes, 28 julio 2017
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Allá en la Patagonia

En Gaiman, las tradiciones no se están perdiendo. Todo lo contrario. Son muchos los galeses que viajan hasta allí para conocer la lengua que sigue manteniendo estructuras parecidas a las que siempre tuvo. El viaje de Concha García sirve para acercarnos a la Patagonia, un lugar desconocido y lejano en el que la poesía no ha perdido espacio.

24 dic 2016 / 12:32 h - Actualizado: 21 dic 2016 / 13:53 h.
  • Gaiman está llena de iglesias y de casas de té con placas metálicas que se bambolean por el intenso viento. / El Correo
    Gaiman está llena de iglesias y de casas de té con placas metálicas que se bambolean por el intenso viento. / El Correo
  • Allá en la Patagonia
  • En Gaiman las tradiciones siguen siendo lo que eran. / El Correo
    En Gaiman las tradiciones siguen siendo lo que eran. / El Correo
  • Concha García en Gaiman. / El Correo
    Concha García en Gaiman. / El Correo

Gaiman es una pequeña población de la Patagonia argentina, a orillas del río Chubut, que desemboca en el océano Atlántico a 17 kilómetros de Trelew –ciudad que se alzó contra los militares argentinos en 1972-. Hay una excelente película de Mariana Arruti titulada Trelew. La fuga que fue masacre. La historia de ambas poblaciones es muy curiosa; en 1865 llegó a sus costas un buque llamado Mimosa ocupado por un grupo de galeses que buscaban un terreno deshabitado para fundar la Nueva Gales, sin presiones de la corona ni de otras iglesias, seguir sus propias leyes y costumbres sin ser molestados. No eran ni aventureros ni buscadores de oro, ni nómadas, ni cazadores. Eran galeses y querían que se respetara su religión y su lengua así como sus costumbres. Respondiendo a una oferta del gobierno argentino que donaba tierra a cambio de colonizar la región. El primer contingente arribó a las aguas frías del Atlántico y se alojó en cuevas hasta que decidieron bajar por el Valle y encontraron un lugar al que llamarían Gaiman, que en idioma tehuelche significa «punta de piedra». Un segundo contingente de galeses arribó en 1874. La región estaba habitada por indios mapuches, pampas y tehuelches, que se relacionaron muy bien con los galeses, intercambiando productos como pieles o carnes.

He estado hace poco en Gaiman con la poeta Liliana Campazzo, de camino a Comodoro Rivadavia, donde se celebraba un encuentro de poetas de la Patagonia. La ciudad está llena de iglesias y de casas de té con placas metálicas que se bambolean por el intenso viento que hay en aquellos parajes. Ofrecen tartas con fruta, scons, pan casero, tortas negras galesas y exquisito té, todo ello colocado sobre un blanco mantel. La población rompe los esquemas por lo conservado que está el pueblo lleno de casas bajas de madera, jardines cuidados, arboledas y lomas distantes en medio de un valle rodeado de desierto. En Gaiman hay una librería llamada Un amor diferente donde la poeta Giovanna Recchia nos recibe. Cuenta la historia de la celebración poética que se hace cada año desde que en 1874 se celebrara el primer Eisteddfod, que en galés quiere decir «estar sentado». Durante tres días se celebran cantos, música instrumental, danza, poesía y distintas disciplinas del arte en galés y castellano. Hay pequeños Eisteddfod en las localidades galesas del valle del rio Chubut, en cualquier época del año, antes era en primavera. Se realiza uno en Trevelin –cordillera- y otro en Madryn. Se puede ganar una corona de plata o corona del Bardo. Así me cuenta la poeta Graciela Cros cómo recibió su corona: «Mi seudónimo era Druida. El maestro de ceremonias preguntó por tres veces, a viva voz, al salón colmado de gente, si estaba allí presente «Druida», yo ardía en deseos de saltar al primer llamado que el oficiante hacía desenvainando una espada gigante como la del Rey Arturo, y la desenvainaba un poco más a cada llamado. Al tercero me paré en el centro del pasillo, al fondo del salón y respondí que sí, que estaba presente, tal cual me lo habían indicado. Y fui invitada a acercarme al escenario por dos pajes que traían en almohadones de terciopelo una corona pesadísima, como sería la de Arturo, y una toga, delante de mi paso dos niñitas arrojaban flores a la alfombra por la que yo avanzaba a paso lento. /.../ Luego me senté en el sillón del Bardo, enorme y trabajado en madera, imponente».

Giovanna me deja sentar en el sillón que había construido su abuelo, ganado por su abuela poeta, Irma, por el mejor poema escrito en galés en el año 1987. La silla es recia y algo incomoda, labrada artesanalmente, pero hermosa. La construyó un carpintero del valle con madera de un nogal seco. Me dice que la tradición no se está perdiendo, todo lo contrario, muchos galeses viajan cada año a Gaiman para conocer la lengua ya que no ha sufrido tantas transformaciones.

Los bardos eran respetados por sus conocimientos y amados por su poder de entretenimiento. Los trataban con grandes honores en los Castillos de los nobles, en forma especial en Gales e Irlanda. Giovanna es rubia y de ojos claros, su aspecto desde luego da pistas de que su origen es en parte celta ya que también tiene ascendencia italiana. En una de las sillas hay grabada una inscripción que dice en galés gorau arf-arf dysg, cuyo significado es: la mejor arma es el arma del saber.

Si alguna vez recorren esas tierras no dejen de entrar a Un amor diferente, una librería donde se mantiene la honestidad colaborando a que libros estén presentes, libros que relatan las historias que se cruzan en aquellos territorios de los que prometo seguir hablando.

Gaiman rompe los esquemas por lo conservado que está el pueblo lleno de casas bajas de madera, jardines cuidados, arboledas y lomas distantes en medio de un valle rodeado de desierto. / El Correo


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