martes, 21 mayo 2019
10:17
, última actualización

«Amor de madre»

10 may 2019 / 07:00 h - Actualizado: 10 may 2019 / 07:01 h.
  • «Amor de madre»

Cubito no recordaba un beso de su madre y nunca vio una fotografía en la que se apreciase que fuera cariñosa o algo así. Por eso, él no sabía besar, ni abrazar. Cubito era incapaz de disfrutar de algunas cosas. Por ejemplo, si rozaba a alguien, si tocaba otra piel con la suya, sentía una especie de escalofrío inaguantable. Un marmolillo la madre, un marmolillo el hijo.

Y la vida es casi siempre cruel, correosa, una montaña de sarcasmo que se ceba con los más débiles. Cubito se dedicaba a dar abrazos por encargo. Sí, Cubito iba de casa en casa, de oficina en oficina, de parque en parque, entregando tarjetas de felicitación que incluían, además de un texto hortera y prescindible, un abrazo del portador. Por supuesto, el abrazo se recibía de forma voluntaria. Cuando Cubito era el mensajero, lo normal era que los homenajeados declinasen la invitación a ser abrazados. En la empresa lo sabían y utilizaban al muchacho para entregar ofertas y esas cosas. Abrazos baratos, vaya. Y ni por esas. Cubito era bajo de estatura, sobrado de carnes y escaso de belleza. Tal vez por eso le llamaban así. Pequeño, redondo y sin gracia. Listo, lo que se dice listo, tampoco era. Tal vez por eso le llamaban así.

Cubito ganaba una miseria. De hecho, las propinas que le daban los que cumplían años o celebraban cualquier otra cosa sumaban más que su sueldo mensual. Cubito, acostumbrado a ser tratado como un Quasimodo, intuía que esos euros servían a los clientes para librarse de uno de sus abrazos. Le daban la moneda para que no insistiera en acabar el encargo empresarial.

Cubito había entregado tarjetas a hombres, mujeres, ancianos y ancianas, niños y niñas. Incluso a un dogo francés, a un par de gatos siameses y a una rata albina. Abrazos muchos menos. Ni siquiera el chucho, los mininos o el roedor, se dejaron abrazar. Los hombres solían dar un paso atrás; las mujeres ponían las manos entre ellas y Cubito; los padres impedían que se acercase a los críos, las madres abrazaban a las criaturas para convertirse en un parapeto perfecto (para abrazos ya estoy yo, no te jode el tío asqueroso, murmuraron muchas de ellas); las ancianas gritaban nerviosas pensando que lo poco que tenían terminaría en manos de un enano sin escrúpulos; y los ancianos usaban sus garrotas para golpear a Cubito en pleno cráneo.

Cubito, aquella mañana de mayo, sentía que la vida no tenía demasiado sentido. Echaba de menos esos abrazos que su madre nunca le regaló. Pensó en lo bien que lo pasaba ella en Benidorm. Soñaba con millones de besos perdidos o entregados a vejestorios morenitos y bailones. Y, claro, cuando alguien cree que la vida se vacía por los cuatro costados suele terminar deprimido o, siendo más práctico y atrevido, saltando por la ventana directamente. No se veía él cayendo desde un segundo piso. Aquella mañana sentía la necesidad de llorar, de quedarse tumbado en la cama (a decir verdad no lo hizo porque se fijó en el estado de las sábanas y él no era ni práctico ni atrevido. El aspecto de la cama era nauseabundo. Se podría decir que Cubito era un auténtico cerdo). Aquella mañana el mundo era una tortura. Era la mañana de un día laborable y eso convierte cualquier cosa en un detalle sin importancia. Recibió dos mensajes que incluían dos encargos, dos direcciones y dos abrazos para ofrecer tras entregar las tarjetas estándar que tenía dentro de una caja bajo la cama.

La primera entrega la realizó muy cerca de su casa. De hecho, el cliente era conocido. Era un tipo rudo, mal encarado y grande como un quiosco de playa. Leyó la tarjeta y dijo a Cubito que si se acercaba para abrazarle le rompería el cuello. De propina, lo único que se llevó fueron un par de perdigonazos, más que certeros, que le alcanzaron en la frente mientras aquel tipo amenazaba al muchacho.

La segunda dirección estaba justo en la otra punta de la ciudad. Tomó el autobús sin saber que su vida iba a cambiar radicalmente.

Llamó al timbre. La puerta era de madera, robusta. Tuvo que volver a pulsar el mecanismo un par de veces. Entonces escuchó unos pasos morosos, robustos como la puerta. El rostro de la mujer le pareció un sueño. El maquillaje era perfecto. Los labios rojos, los mofletes rosados y las rayas pintadas en los ojos que se alargaban (dibujando una punta de lanza de un color como difuminado), formaban un conjunto maravilloso. La redondez del conjunto le pareció un espectáculo visual. Se fijó en que las orejas de la mujer brillaban por alguna extraña razón. Pensó en una piel grasa en exceso, pero descartó su teoría porque estaba delante de la belleza más extrema imaginable y eso no podía ser. La bata de la mujer invitaba a intuir un pecho abundante. Qué escote tan generoso; definitivamente estoy frente a una obra de arte, pensó Cubito. La mujer cogió la tarjeta y leyó despacio el texto con atención exagerada. Seis minutos le pareció un tiempo excesivo a Cubito que ya había visto de todo aunque esto superaba cualquier marca anterior. Encima, de record. No podía ser mejor. Al terminar, la mujer hizo un gesto al abrazador profesional para que entrase en la casa.

El salón de la casa era enorme. Sentadas en sillones, sofás y sillas de madera, las señoritas despertaron un entusiasmo incalculable en Cubito. Todas con su bata y su escote generoso. Vaya, son ustedes una familia preciosa, estupenda y numerosa, dijo casi gritando al no poder controlar los nervios. Se arrimó un poco más a la que ya le parecía la madre de todas aquellas esculturas de carne y hueso. Entraron en una habitación y la mujer pidió a Cubito que se sentara en el borde de la cama. Cerró la puerta y sonrió. Cubito creyó estar levitando.

Ella se quitó la bata. Una combinación de color beige bastante discreta, dadas las circunstancias, y unas medias de rejilla negras eran las únicas prendas que lucía. Ven aquí, ordenó a Cubito que, dócilmente, se aproximó. La mujer le abrazó con fuerza y, con la habilidad que solo la experiencia puede aportar, colocó la cabeza de Cubito entre sus pechos, al muchacho que a esas alturas ya no sentía repelús alguno al sentir el roce de la piel contra otra ajena. Vas a ver qué bien, decía la mujer una y otra vez. Cubito comenzó a llorar desconsoladamente. Y ella le separó unos centímetros. Cubito lloraba con hipo y ella le dijo, abriendo mucho los ojos, que no pusiera esa cara porque empeoraba mucho la situación. Es que me da una emoción muy grande, pero que muy grande, dijo de forma entrecortada Cubito. Me estás empezando a dar asquito, cielo, dijo ella. Pero Cubito pensaba en el abrazo. Por fin un abrazo intenso, verdadero, amoroso. La mujer, nerviosa, puso los brazos en jarras llamó bobo, gilipollas y medio hombre a Cubito mientras le iba empujando hacia la puerta y luego hacia la cocina. Allí había una salida al exterior. Con dios, majete. Mira que es feo el cabrón, murmuró mientras entornaba la puerta.

La mujer regresó a su habitación. Se puso la bata y dejó la tarjeta que le entregase poco antes Cubito sobre la cómoda, junto a otra que había recibido días antes y le avisaba de que llegaría alguien para entregar un mensaje y un abrazo; le pedía que convirtiera eso en algo especial; y que le indicaba que se adjuntaba un billete de cincuenta euros para cubrir los gastos ocasionados por el servicio. Ni un euro más porque el remitente conocía las tarifas y sabía que con esa cantidad se podían hacer virguerías con un tontorrón como el que llegaría dios mediante.

Cubito se había quedado en la acera frente a la casa. Prefería no mover un solo músculo, disfrutar del torrente de sensaciones que había catado, por vez primera, en aquella alcoba. Desde la ventana, una de las chicas que había visto sentada en el salón, le chistaba con insistencia. ¿Quieres mirar, coño? dijo dejando fuera de control un vibrato bastante molesto, como de nutria en celo. Cubito miró y creyó que ese era el mejor día de su vida, definitivamente. Si bien la muchacha era la menos agraciada de todas (las caderas excesivas, un ojo extraviado y el otro más perdido todavía, cortas las piernas y unos brazos descompensados por exceso de longitud, sumados a un labio inferior cediendo ante la gravedad; un cuadro de dolor inigualable) a Cubito le pareció que ese escote era una aparición maravillosa. Sube anda que yo termino el servicio y te dejo conforme, que la Paqui no atasca; pero por aquí, que no se entere ese censo porque es capaz de molerme a palos, dijo la joven.

Cubito fue escalando mientras se agarraba a una bajante que le pareció segura. La chica aguardaba al galán en la ventana del segundo piso. Al llegar, se sentó en el marco de la ventana con los pies colgando por la parte exterior del edificio. Abrázame, dijo la muchacha mientras hacía que su escote doblase su tamaño tirando de la tela con las dos manos. Cubito, al escuchar la orden y sintiendo la llamada de un pecho extraordinario, ni corto ni perezoso, tiró de la chica hacia él. Había agarrado de las axilas a la nueva Julieta y la fuerza de Cubito logró que quedase sentada en el marco de la ventana aunque con los pies colgando por la parte interior. Cubito abrazó a la jovencita y quiso imitar uno de esos besos de película en los que ella se deja llevar inclinando la columna vertebral y termina en beso apasionado. Calculó mal. Era la primera vez y Cubito no tenía claras las medidas. Ambos se desequilibraron tanto que cayeron. Hacia el exterior, claro. Murieron en el acto. Ambos. Y quedaron colocados formando una preciosa figura en la que parecía que la pareja estaba abrazada sintiendo un enorme amor. Tan preciosa era la estampa que algún periodista aventajado inventó una historia sobre aquella muerte. Él quería acabar con la forma de vida de Catalina (así se llamaba la mujer) y viendo que la cosa era imposible decidieron lanzarse al vacío abrazados y esperanzados con una vida en común, en el más allá. Lo que no contó el plumilla espabilado es que a ella le dieron sepultura en Puertollano y a él en el cementerio madrileño de la Almudena. El abrazo duró lo que tardó en llegar la primera ambulancia. Pero la historia era bonita.

Cuando comenzaron a cerrar el nicho en el que descansaría Cubito por siempre jamás, la única asistente al entierro aparte de los operarios y el sacerdote, una mujer entrada en carnes y en años comenzó a hablar, casi a gritar: Siempre te quise. Pero la vida que he llevado ha sido muy mala y no tuve tiempo de casi nada. Ahora me vuelvo a Benidorm para seguir descansando. Lo único que siento es haber gastado cincuenta euros a lo tonto. Si llego a saber que ya tenías pareja y que tenías pensado hacer el gilipollas de esa forma... Desde luego, para una vez que sacas los pies del tiesto ‘tan dao bien’


Todos los vídeos de Semana Santa 2016