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Antoñita Colomé. Triana en el ‘star system’ de los años treinta

Antoñita Colomer es una de esas artistas que fueron importantísimas y que, sin embargo, han quedado ocultadas por el olvido de los españoles una vez que murió. Es verdad que Sevilla, su ciudad natal, la recuerda en una de sus calles, pero ese homenaje parece poco para lo que fue la señora Colomer. Su vida resulta apasionante y conviene repasar los hechos más relevantes. Se definió como ‘roja’ y fue una mujer liberal.

17 jun 2017 / 13:00 h - Actualizado: 16 jun 2017 / 18:18 h.
  • Placa colocada en la calle en la que nació Antoñita Colomer. / El Correo
    Placa colocada en la calle en la que nació Antoñita Colomer. / El Correo
  • Antoñita Colomer en una escena de ‘Tercio de quites’. / El Correo
    Antoñita Colomer en una escena de ‘Tercio de quites’. / El Correo
  • Rótulo de la calle Pureza de Sevilla. / El Correo
    Rótulo de la calle Pureza de Sevilla. / El Correo
  • Cartel de ‘La señorita de Trevelez’. / El Correo
    Cartel de ‘La señorita de Trevelez’. / El Correo
  • Cartel de la película ‘El crimen de Pepe Conde’. / El Correo
    Cartel de la película ‘El crimen de Pepe Conde’. / El Correo

La memoria de los espectadores es injusta a veces... No sé si injusta o débil. Tal vez sea esa debilidad la que nos lleva a olvidar a determinadas figuras que en su momento fueron auténticas estrellas para los españoles. Antoñita Colomé es una de esas actrices olvidadas por el gran público, aunque su nombre aparezca en el callejero de Sevilla y sea sinónimo de premio del cine andaluz. Desde la fragilidad de mi memoria, hoy quiero hablar de esta sevillana del barrio de Triana, que fue una de las estrellas más destacadas del cine de la II República y hasta los años cincuenta.

Nacida en 1912 en la calle Pureza (me encantan los nombres de las calles, pero mi favorita de Sevilla es la calle Vida donde me fisuré el codo hace tiempo), del barrio de Triana, fue la hija única de un sombrerero y un ama de casa que se esmeraron en educarla. Aunque estudió piano, baile clásico y claqué sus padres nunca se plantearon que pudiera dedicarse al mundo del arte. Ella misma decía que si su padre hubiera vivido más tiempo no habría podido hacerlo, sin embargo, falleció cuando era adolescente y aunque su madre hubiera pretendido detenerla, se hizo imposible. Hasta tal punto debía ser irrefrenable, que con solo quince años contrajo matrimonio con un bailaor, Antonio de Triana. El matrimonio no parece que tuviera una continuidad en el tiempo, algunos insinúan que ni siquiera hubo consumación. Con independencia de lo que pasara en la alcoba, lo cierto es que al poco Antoñita viajó a Madrid con sus estudios de solfeo terminados, para prepararse con intención de cantar con el maestro Simonetti. Debutó en el mundo de la revista musical y, como tantas jóvenes en su momento, acabó centrando su interés en el mundo del cine, donde podía hacer carrera.

Al poco tiempo, emigró a París donde la Paramount había adquirido los estudios Joinville. Allí actuó en varias películas llegando a coincidir con Marlene Dietrich. Participó con pequeños papeles en tres películas en el año 1931 Un caballero de frac (1931), Las luces de Buenos Aires (1931) y La pura verdad (1931). En la biografía que sobre ella escribió Miguel Olid (editada por la Junta de Andalucía), la actriz contaba como rechazó una oferta de la Paramount para ir a Hollywood, porque al parecer le daba miedo «besarse» con Gary Cooper y que su madre la viera haciéndolo. No termino de creérmelo porque ella ya se había casado y los besos no debían asustarla; además su madre estaría más que curada de espanto después de que la muchacha se casara con quince años. Sin embargo, una es muy libre de crear su leyenda como mejor le parezca y cuanto más absurda y divertida sea la anécdota, mejor quedará fijada en la mente de los fans.

Regresó a España y durante la II Republica comenzó a grabar películas con los mejores directores del momento. Con Benito Perojo rodó El negro que tenía el alma blanca, todo un éxito en 1934, con Luis Marquina rodó El bailarín y el trabajador en 1936 y con Edgar Neville la primera versión de El malvado Carabel y La señorita de Trevelez, ambas en 1936. Alcanzó tanta popularidad que en ocasiones tenían que protegerla los guardias de asalto y no es de extrañar, porque sin ser una guapa de estas que tiran para atrás, era vistosa y desbordaba simpatía y presencia en el escenario, a pesar de tener un físico menudo. Estando con Neville le sorprendió la guerra civil y emigraron a París. Desconozco si había anulado su primer matrimonio o se había divorciado (en la II República se introdujo por primera vez la posibilidad de hacerlo), pero volvió a casarse allí. Al parecer este segundo matrimonio le trajo muchísimo sufrimiento. Me ha llamado la atención el hecho de que a pesar de que he buscado y rebuscado no consigo encontrar ningún artículo en prensa donde se mencione el nombre de su segundo marido. Tal vez aparezca en la biografía de Olid (que tiene muy buena pinta). En cualquier caso la propia Antoñita hacía ver que lo único que había merecido la pena de su matrimonio era el nacimiento de su hija y que su esposo la hizo sufrir muchísimo. Incluso llega a decir que el hombre estuvo en la cárcel por un asunto que no llega a aclararse del todo. Vamos que debía ser una pieza de cuidado, según la descripción de la actriz.

Su fama no se resintió a pesar de la guerra. La pareja regresó a España y ella continúo haciendo películas con directores como Perojo, con el que protagonizó Héroe a la fuerza en 1941, o Juan de Orduña director de El frente de los suspiros, 1942. También fueron muy reconocidas en su momento películas como Mi fantástica esposa (1943) o El crimen de Pepe Conde del año 1946. En todas estas películas ya había pasado a adoptar el papel de folclórica por el que sería más recordada.

A partir de los años cincuenta emigra a América (posiblemente huyendo de su marido) y actúa en teatros por el centro y sur del continente como folclórica. Ya no regresará a hacer cine salvo en ocasiones puntuales. La última de ella fue en la película Pasodoble de José Luis García Gómez con guion de Rafael Azcona, en el año 1988, una comedia en la que una familia despojada de su chabola, decide recurrir a su supuesta relación con la nobleza para adueñarse un palacete. Estos peculiares ocupas aseguran que la abuela de la familia fue antigua pareja del dueño y, en consecuencia, son herederos de la vivienda. El papel de la abuela fue interpretado por Antoñita Colomé, que protagoniza varias escenas descacharrantes. Aunque su papel era secundario os aseguro que todavía la tengo grabada en la mente bailando con Fernando Rey en una de las escenas de la película.

La actriz se definía, en una entrevista del periódico El País realizada en los últimos años de su vida, como poco cobera y decía que no le había gustado dar jabón a los poderosos, que el jabón, era mejor para fregar el suelo. También se definía como roja llegando a decir que tenía quinientos glóbulos rojos más que cualquiera de nosotros en la sangre. Parecería querer desprenderse así de la fama de acólitas del régimen franquista que buena parte de las folclóricas tuvieron.

En relación con esa fea tendencia al olvido que tenemos, hay que reconocer que Antoñita sí gozó en vida de cierto reconocimiento, aunque no de tanto dinero como alguna de sus compañeras actrices. El Ayuntamiento de Sevilla le puso su nombre a una calle y también tuvo a bien poner una placa en la calle donde nació. La Junta de Andalucía hizo lo propio con uno de los premios de interpretación del Instituto Andaluz de Cine.

Si no sabéis quien es Antonia os recomiendo que acudáis a Youtube y podréis verla cantar con esas voces agudas que tanto se llevaban en la época y sin lugar a dudas descubriréis un desparpajo y una sonrisa que atraviesa setenta años sin despeinarse.


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