jueves, 12 septiembre 2019
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Austin, desde la ventana

26 nov 2018 / 19:38 h - Actualizado: 26 nov 2018 / 21:01 h.
  • Los vehículos a motor son los reyes de Austin. / Concha García
    Los vehículos a motor son los reyes de Austin. / Concha García

Desde la habitación número 1.619 del hotel Garden, en Austin, no se podía ver más que un despliegue de cielo y algunos edificios que sobresalían mostrando el poderío que llega hasta las alturas. Simbolizan la prosperidad vertiginosa en dirección vertical

En mi habitación no se podían abrir las ventanas. El aire artificial pasaba por unos conductos interiores. A falta de ventilación natural tenías la sensación de estar encapsulada. Menos mal que disponía del gran ventanal desde donde se podía observar también la interminable y serpenteante hilera de coches que no cesaba nunca. ¿Cuántos pasarían cada día por el mismo lugar? En Austin se hace honor al automóvil, apenas hay peatones. Las calles, excepto la sexta avenida donde se ubican casi todos los bares que ofrecen música folk en directo y atractivas copas de cerveza, están absolutamente vacías y sin tiendas. Durante los días que estuve por allí no pude encontrar una frutería. Los bares, llenos de pantallas de televisión planas, emitían partidos de béisbol. No había una pantalla, eran muchas; algunas más grandes que otras.

Los jóvenes no llevan ese estereotipado corte de pelo que se ha puesto de moda en España siendo algunos políticos sus más destacados figurines. Pelo muy rapado con patillas afinadas o barba de la que parece que no esté afeitada. Los estilistas masculinos todavía no han llegado a Texas. Tampoco los estilistas para las mujeres. Alegra la vista verlas entradas en carnes, con tejanos y botas, con camisas y faldones, sin llevar tanta pintura encima ni tan delgada esbeltez.

Austin, desde la ventana
Estéticamente, la alternancia de viejos edificios y grandes rascacielos no funciona. / Concha García

La mayoría de personas parecían muy simpáticas y por eso también me hacían sentir proximidad. Ni siquiera la lengua me parecía extraña. El americano del sur tiene una sonoridad un poco gritona, no puedo entender lo que dicen ya que hablan demasiado deprisa, como si fuese un canto entrecortado que se detiene en los finales alargando el tono, sobre todo las mujeres. No me gustaba mucho esta alternancia de viejos edificios y grandes rascacielos, ni la disposición urbana exclusivamente pensada para que los coches circulen; ¡y qué coches!, suspiraba por algunos, sobre todo, por los mono volúmenes enormes que parecían tanques avanzando entre el asfalto. Me imaginaba conduciendo uno de esos coches yendo de un lugar a otro. Me apetecía ir por la carretera y ver ciudades y pueblos, montañas y llanuras. Pasaría a México si fuese posible, estaba cerca. La mayoría de las mujeres de servicio en el hotel eran mejicanas, sentía por ellas una gran afinidad debido a que compartimos el idioma, con grandes diferencias respecto a la lengua. Cariñosas, cercanas.

Desde la habitación también podía ver el amanecer sin moverme de la cama. La hilera de automóviles no cesaba, en su continua sucesión me relajaba mirarlos desde lejos.

Austin, desde la ventana
En Austin se hace honor al automóvil, apenas hay peatones. / Concha García

Texas es un estado rico. El petróleo y el software informático proveen de riqueza al lugar. La Universidad, a principios del S. XX, carecía de los recursos que ahora dispone. Los tejanos querían que hubiese universidad y compraron campos para ganado con el objeto de sacar fondos de la ganadería y así sostenerla. Años más tarde, aquellas tierras llenas de petróleo dieron de sí todo su interior y por eso la universidad ahora es muy rica. Se extiende como una ciudad dentro de Austin, con más de 50.000 estudiantes, sin contar los que hacen doctorados. Hay restaurantes, tiendas, conciertos, jardines, edificios de apartamentos, paseos, estatuas, y bastantes ardillas. En Estados Unidos, la religión más importante es la protestante, pero resulta que dentro de la misma existen varias ramificaciones: los episcopales, que provienen de la iglesia anglicana de Enrique VIII; los prestiberianos, de la iglesia escocesa; los bautistas, quizás los más reaccionarios, como los evangélicos que sitúan en otra rama. Estos dicen que la Biblia reproduce exactamente la palabra de Dios y que no se interpreta mediante metáforas ni alegorías. También están los luteranos, y en otra rama nos encontramos con los mormones, que no son protestantes sino cristianos. Su origen data del siglo XIX, en el estado de Utah. Joseph Smith fue su fundador. También comparten espacio los afroamericanos y los judíos. Lo bueno de América, me decía un joven estudiante, es que «aquí podemos convivir todos, aunque exista cierto racismo casi genético, todos estamos en el mismo barco». Existe un racismo cultural. El español es considerado (el que hablamos los españoles) como una lengua estilizada, como si nos esforzásemos en pronunciar la Z o en decir ‘Ustedes’ en vez de ‘vos’. Hablamos de varios asuntos y también del excedente de graduados y licenciados incluso en Estados Unidos, no hay trabajo para todos, ¿qué pasará en el futuro? Se hablaba de catástrofes medioambientales, de conflictos puntuales que mermarían poblaciones enteras, y de la investigación en exploraciones espaciales. Todo ello dentro de la más absoluta normalidad comenzó a inquietarme. Todavía no había ganado las elecciones Donald Trump.


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