miércoles, 17 julio 2019
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Berenice Abbott: Excelente retratista y madrina de Eugene Atget

Hasta el 25 de agosto tiene el visitante fotográfico o particular curioso para pasear por esta retrospectiva de la brillante y meritoria Berenice Abbott, todo un ejemplo de superación artística en tiempos nada complacientes

16 jun 2019 / 23:47 h - Actualizado: 17 jun 2019 / 00:08 h.
  • <p>West Street, 1932 </p><p>International Center of Photography Purchase, with funds provided by the National Endowment for the Arts and the Lois and Bruce Zenkel Purchase Fund, 1983 (388.1983) </p><p>© Getty Images/Berenice Abbott</p>

    West Street, 1932

    International Center of Photography Purchase, with funds provided by the National Endowment for the Arts and the Lois and Bruce Zenkel Purchase Fund, 1983 (388.1983)

    © Getty Images/Berenice Abbott

Dentro del cada vez más peculiar calendario de actividades de Photoespaña 2019 y en colaboración este año con la Fundación Mapfre, podemos asistir en Madrid a esta poderosa retrospectiva de una artista singular que, por suerte o por desgracia, vivió la etapa parisina y neoyorkina de los años 20 del pasado siglo. Por suerte, dado que la época de las vanguardias supuso una implosión visual sin precedentes en ambos lugares. Por desgracia, porque pertenecer a esa elite de artistas a los que muchas veces retrataba suponía contar con unos medios económicos que a priori y como muchos de los retratados (miembros de la aristocracia francesa o de la burguesía más proustiana) no siempre le resultó igualmente fácil y accesible a nuestra fotógrafa.

Mujer de mirada aguda y a pesar de todo ello moderna, la exposición que nos ocupa, comisariada por Estrella de Diego, se divide en tres partes bien diferenciadas: de un lado están los retratos de escritores, artistas e intelectuales de la época; de otro, imágenes de la ciudad de Nueva York desde el cielo al suelo y también viceversa; por último, Abbott, en los 40 y como miembro de uno de los departamentos de Física del MIT (Massachusetts Institute of Tecnology) cultivó, ya madurada su relación con Man Ray, fotografías de corte científico.

Berenice Abbott: Excelente retratista y madrina de Eugene Atget
Berenice Abbott. Autorretrato – Distorsión [Self Portrait – Distortion], ca. 1930. / El Correo

Probablemente quién hasta la fecha conoció a esta artista, lo hizo gracias a lo lejos que consiguió llevar su admiración por Alfred Stieglitz y, sobre todo, Eugene Atget, de quién dijo considerarlo como el Honoré Balzac de la fotografía. Esta admiración le llevó a conseguir los negativos de todas sus imágenes, para positivarlos y hacer con ellos una exposición que se convirtió en mítica, a pesar de los pocos recursos económicos con los que, como decíamos, Abbott contaba.

La exposición, que se ha dado en llamar «Retratos de la modernidad», nos hace repensar sobre todo desde estas imágenes el concepto de testigo, dentro de lo documental, lo archivístico y lo artístico.

Abbott concibe su serie de retratos como algo abierto, herido. Y no hay mejor ejemplo de ello que la imagen «Autorretrato-distorsión», realizable hoy fácilmente con los filtros de Photoshop, pero que dada la época es todo laboratorio; resaltan sus ojos azules, así como una mano apoyada en el cuello; otros retratos curiosos son los de Consuelo Kanaja y Lee Sievan, mujeres y fotógrafas ambas que miran por el visor o miden la luz entrante en lo que parece un daguerrotipo. El primer retrato de mimbres actuales en tanto parece fotografía de estudio es el de Yousuf Karsch, realizado en campo oscuro, donde resalta el pelo blanco y las arrugas del anciano modelo; también de gran belleza es el de Jules Romain, cuyo aspecto meditabundo y pose rezando alcanza la alegoría. El retrato a Paul Cross, virado en sepia consigue a partir del brillo de los ojos algo más que vanguardismo. Por otro lado, la instantánea a Jane Heap, tratada también en laboratorio, parece la imagen que sintetizara tantos encuentros con ella. Djuna Barnes, gran amiga a quién retratará varias veces, empieza siéndonos mostrada en lo que hoy consideraríamos una de tamaño carnet. De George Antheil sabe sacarle gran partido a la expresividad del rostro y el peinado. Respecto a «La princesa Marthe Bibesco» es como «Eugenie Murat» un ejemplo de la utilización en personajes de la Corte de cierta androginia en el rostro y pose de la mujer. La fotografía de Buddy Gilmore, batería y compositor de jazz, resulta encantadora y originalísima en tanto juega con las baquetas provocando bellas sombras en la pared; la afabilidad y gran sonrisa de Claude Makay entronca en espontaneidad con aquella. Las dos imágenes dedicadas a su mentor Atget (de frente y de perfil) son de aquellas capaces de llevarnos a atmósferas diferentes, eso y el vestuario del modelo las hace únicas. Los retratos que quizás entronquen más con el surrealismo bretoniano son las que dedica a Jean Cocteau (cuya sábana y pequeña cabeza de maniquí hace acordarnos del film «Les enfants terribles») y Janet Flanner (periodista del New Yorker que posa con un sombrero de copa rodeado por dos antifaces). De un virtuosismo técnico brutal y a la vez respetuoso destaca el retrato a James Joyce (que parece como dibujado al carboncillo gracias al uso de un grano fino que le aporta autenticidad) y el de André Gide (en que la voluntad de resaltar su rostro le convierte en símil a un héroe de cine negro), destacables por el uso de escenarios insólitos son el de Edward Hopper (junto a una chimenea o caldera) y el de Lewis Hine (realizado en lo que parece su luminoso hogar).

En la serie «Ciudades» todo empieza con tomas hacia arriba o abajo donde el juego de líneas de perspectiva ilimitada permite seguir puntos de fuga insólitos. De las primeras destaca «Pine St. Con Edificio del Tesoro», «El edificio Woolworth» para pasar a la casi aérea «Séptima Avenida con Calle 35». Las más populares quizás fueran la del Puerto de Nueva York (a lo lejos vemos la Estatua de la Libertad), los «Muelles desde la azotea del edificio de la Irving Trust Company» o el «Edificio Flatiron», que sirvió en su día como portada de alguna novela sobre la ciudad de Antonio Muñoz Molina. Extrañamente distinta resulta «Arabesco urbano desde la azotea del 60 Wall Lower», así como las disparadas a finales de los 30 y que muestran detalles pintorescos de diferentes puentes de la ciudad, ideales para amantes de la arquitectura fotografiada.

Berenice Abbott: Excelente retratista y madrina de Eugene Atget
‘Pelota rebotando en arcos decrecientes’, de Berenice Abbott, de 1958. / El Correo

El modelo a seguir a partir de ahora son las fotos de Atget, que le sirven de inspiración para experimentar la fotografía de calle, desde la tipografía, las escenas llenas de objetos propios de mercadillo, las ferreterías, cordelerías... Es así como poco a poco va mostrando la evolución de una ciudad donde los autoservicios de comida y las tiendas pequeñas situadas en callejones van cobrando vida.

Destacar por último de la serie «Ciencia», «Pelota rebotando en arcos decrecientes», «El funcionamiento de las lentes», la más surrealista «Magnetismo con llave» o «Manos y espuma (Propiedades del jabón)» de textura precisa respecto al tema de que trata.


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