jueves, 16 agosto 2018
19:35
, última actualización

Clitemnestra: Venganza llama a venganza

19 may 2018 / 08:15 h - Actualizado: 16 may 2018 / 20:00 h.
  • «Máscara de Agamenón». Descubierta por Heinrich Schliemann en 1876 en Micenas. / El Correo
    «Máscara de Agamenón». Descubierta por Heinrich Schliemann en 1876 en Micenas. / El Correo
  • «Muerte de Agamenón por su mujer Clitemnestra y su amante Egisto». Obra de Pierre-Narcisse Guérin, 1819. Museo del Louvre. / El Correo
    «Muerte de Agamenón por su mujer Clitemnestra y su amante Egisto». Obra de Pierre-Narcisse Guérin, 1819. Museo del Louvre. / El Correo
  • Helena, la de Hermosa Cabellera. / El Correo
    Helena, la de Hermosa Cabellera. / El Correo
  • William Adolphe Bouguereau (1825-1905). The Remorse of Orestes (1862). / El Correo
    William Adolphe Bouguereau (1825-1905). The Remorse of Orestes (1862). / El Correo

TAGS:

«La venganza llama a la venganza» es la idea que llega con potencia cuando conocemos la historia mitológica que tiene como protagonista a Clitemnestra una mujer condenada a sufrir y a generar sufrimiento, condenada a rodearse de muerte y ser enterrada por cadáveres propios y ajenos. Hijos muertos, infidelidades, asesinatos brutales, guerra y nada de paz. Ni de la interior ni de la otra. Fascinante artículo que nos acerca a uno de los mitos más fabulosos

Imagina que estás casada y tienes una buena relación con tu marido. Imagina que has tenido un bebé al que estás amamantando. ¿Lo tienes en la mente? ¿Sí? Continúo entonces. Hay un tipo que gobierna en Micenas, llamado Agamenón, que ha decidido apropiarse de las tierras de tu esposo. Otros dicen que se ha «enamorado» de ti nada más verte, aunque nada tiene que ver el amor con lo que va a suceder. Estás en una cena con invitados distinguidos (o en cualquier otro sitio) acompañada de tu consorte y tu querido hijo. Agamenón mantiene una actitud provocativa durante toda la velada, pero lo ignoráis hasta que se levanta, ataca a tu pareja y lo mata, sin contemplaciones. Te arrebata a tu bebé de los brazos y lo parte en dos con una espada. ¿Qué cara se te queda? ¿Qué piensas de lo que se te acaba de venir encima? Cuando el miedo y el horror aún no te han abandonado, alguien sugiere que es buena idea que contraigas matrimonio con ese mastuerzo, porque es un mastuerzo muy rico y poderoso y está «loco de amor». Puede que a su manera cruel y perversa crea estarlo, pero opino que teme a los dioses y su olímpica cólera. En fin, ya sabes lo que te espera, vas a casarte con Agamenón, nena. No tienes escapatoria. Pero ¿sabes lo mejor? Al final de esta historia tú serás la mala en el dramón que se está cociendo. Sí, sí, mala y con hijos dignos de dar nombre a alguna que otra patología psiquiátrica.

Ahí estás, conviviendo con un tipo monstruosamente rico y cruel en una isla paradisíaca, a todo trapo. Habéis tenido (no sé si por las buenas o por las malas) cuatro hijos: Ifigenia, Crisótemis, Electra y Orestes. Lo odias y lo temes, pero no puedes hacer nada, después de todo eres la reina, tu posición podía ser peor. Con el paso de los años te has acostumbrado a esa relación impuesta. Cuando has tenido a cada uno de tus hijos recién nacidos en brazos no has olvidado al pequeño que te robó y descuartizó. Las dos mayores son una bendición, pero Electra sólo vive para adorar a su padre, que es su héroe. En cuanto a Orestes... Aún es muy niño para casi todo.

Un día llega a palacio la noticia de que tu hermana, Helena, la mujer más hermosa de todos los tiempos se ha liado con un príncipe troyano, ha abandonado a Menelao (hermano de tu esposo) y puesto mar de por medio. Te sientes feliz por ella, que se ha librado de su tedioso marido. Comienzas a ver un brillo especial en los ojos de Agamenón, que mira el fuego por las noches y parece contagiarse de su calor mientras Menelao lloriquea como un bobo por el trofeo que ha perdido: una preciosa esposa que mostrar a los amigos. Finalmente toma una decisión: «Hay que recuperar a Helena de manos de los troyanos. Llevaremos la guerra a sus casas». A los ojos de los demás parece una misión casi divina, recuperar a una pobre mujer secuestrada (eso es lo que dirán) y devolverla a su marido. Pero tú ves más allá, la crueldad de Agamenón no tiene límite y no dudará en arrasar Troya para hacerse con sus tesoros y convertirse en un rey aún más rico y poderoso.

Logra convencer a algunos y engatusar a otros, incluso el inteligente Odiseo termina por dejarse arrastrar: todos a Troya.

Algo sucede. Los vientos no son propicios y las naves reunidas en Áulide no pueden zarpar. Un adivino dice que Agamenón ofendió a Artemisa al cazar una cierva cerca de allí. No podrán partir hasta que sacrifique a su hija Ifigenia. Cuando recibes la noticia quedas paralizada por el horror, no quieres creerlo. La muchacha, con una sumisión que tal vez haya heredado de ti, porque nunca le has plantado cara a ese bestia, se deja llevar al matadero. Él no sufre, no siente respeto por ella, ni por ti, ni por nadie. La acompañas porque no quieres que esté sola. La ves morir con el corazón encogido, como viste perecer años atrás al pequeño amamantabas. La leyenda dirá que la diosa Artemisa compadecida de la muchacha la salvó en el último momento, esa es la historia que llegará a Electra y a los que ven a Agamenón como un héroe, pero tú sabes que Ifigenia murió entre tus brazos, sabes del temor que sintió hasta el último momento y la esperanza de que su padre, y no una diosa, se compadeciese y la salvara. «Esta es la última vez que ese hijo de perra me hace daño», te dices mientras la entierras y reprochas no haberla acompañado al más allá. Los pensamientos golpean tu cabeza cuando regresas a palacio. La expedición ha partido.

Llegan noticias de manos de un traidor, que cree que te enfrentará a tu marido, dice los miembros de la expedición tienen relaciones sexuales unos con otros y con mujeres a las que hacen prisioneras. Te importa un comino, pero finges indignarte, porque es lo que se espera. Electra no puede creerlo porque su padre sigue siendo un héroe para ella; pobre estúpida. Das vueltas y más vueltas por la corte, cada día trazas un plan diferente que te permita acabar con él, pero no sabes concretarlo. ¡Ojalá la guerra se lo lleve por delante!

Un día todo cambia, los dioses ponen en tu camino a un hombre que odia a Agamenón casi tanto como tú: Egisto, que mató al padre de Agamenón cuando tenía siete años. Si tiene la oportunidad hará lo mismo con tu marido. Ves la solución, el instrumento que te ayudará si la guerra no acaba con él. El odio os une más que cualquier afecto podría hacerlo. Ahora sí, ahora tienes quien te ayudará a vengar a tus hijos. En la correspondencia con Agamenón finges interés por su suerte, pero en realidad quieres tener conocimiento de sus movimientos. Llega a tus oídos que se ha amancebado con una bruja troyana que ve el futuro, tienen dos bastardos. Se llama Casandra y por suerte todos la toman por loca.

Egisto y tú hacéis vida marital para ofensa de tu hija Electra y Crisóstemis. ¡Qué sabrán ellas lo que has sufrido! Un día recibes el aviso: Troya ha caído. Agamenón regresa y pones el plan en marcha. Preparas una fiesta digna de un rey victorioso. Cuando desembarca está más viejo, seguro que tú también lo estás, unos pasos más atrás la bruja loca comienza a gritar que huele a sangre, que no quiere estar en esa tierra. No hay duda, es una vidente perspicaz a la que todos ignoran. Te muestras magnánima, abrazas a tu esposo que vuelve sucio y cansado del viaje. Finges felicidad con tanta soltura que nadie dudaría de ti, haces tender una gran alfombra y lo conduces a la casa de baños. Cuando está allí, relajado, le arrojas una malla que has tejido durante estos últimos años, no tiene aberturas para el cuello y los brazos. Lo enredas. No tiene escapatoria. Egisto surge y lo atraviesa dos veces con una espada y Agamenón cae hacía atrás. Te acercas y dices «¿Creías que no iba a terminar contigo? Mataste a mi esposo, a dos de mis hijos y pensaste que te recibiría con amor? No sé si eres más prepotente, ingenuo o cruel». Alzas un hacha y la dejas caer sobre su cabeza, que rebota por el suelo. Te limpias la sangre en su cabello y sales a terminar con sus bastardos y su bruja. No dudas. Egisto quiere matar a Orestes, pero ya está lejos, fuera de su alcance. Sonríes.

Electra llora a su padre y te maldice. Ves en sus ojos la misma llama que viste antes en Agamenón y sabes que antes o después acabará contigo. «La venganza llama a la venganza», te dices mientras, frente al espejo, acomodas tu pelo y limpias una gota de sangre que tienes en el labio.

Clitemnestra se topa con la muerte y eso le lleva a la venganza. El camino es brutal y la venganza genera venganza


Versión impresa y hemeroteca de El Correo
  • 1
Entrevistas - Personajes por Andalucía
Todos los vídeos de Semana Santa 2016