lunes, 17 junio 2019
10:51
, última actualización

Como una bala

25 may 2019 / 22:49 h - Actualizado: 25 may 2019 / 22:57 h.
  • ‘No dudaba ni un momento sobre el motivo de su éxito entre las féminas, tenía claro cual era, su mayor tesoro era su buga’. / Imagen cortesía de @deVillamediana
    ‘No dudaba ni un momento sobre el motivo de su éxito entre las féminas, tenía claro cual era, su mayor tesoro era su buga’. / Imagen cortesía de @deVillamediana

Maximiliano Padilla era todo un personaje o, al menos, eso pensaba él. Medía un escaso metro sesenta y tenía cara de imberbe. Quizá estos atributos podían haber marcado su infancia debido a los abusos de sus compañeros, quizá habían sido el detonante que había disparado su carácter batallador y su ansia de destacar.

Se apuntó al gimnasio y, a base de tesón, consiguió un cuerpo hercúleo aunque comprimido. Así que volvió a ser Maxi para todos aquellos que le llamaban «Mini» a modo de burla, aunque sólo fuera por temor a que el «Mini» tomara represalias. La alopecia galopante a partir de los diecinueve años tampoco había sido de ayuda, pero, una vez más, Maxi se sobrepuso y decidió raparse al cero y pulir esas entradas, que ya eran un abono de temporada. Hizo de sus defectos un sello de identidad, dispuesto a dejar huella como fuera en aquel mundo donde le había tocado vivir, poniendo una nota de color donde los grises eran mayoría.

Y así, aquel Míster Propper en formato zip, consiguió hacerse un hueco en una de las bandas más peligrosas de Vallecas. Eran, o quizá imaginaban serlo, los reyes del mambo en la zona, los que partían la pana. Conocidos habituales de la policía, aprovechaban sus entradas en la cárcel para aumentar clientela, que en el negocio del trapicheo es muy importante la publicidad boca a boca.

A pesar de las protestas de su sufrida progenitora siempre vestía de chándal, pero no porque no prefiriera unos vaqueros desgastados, sino porque no encontraba una talla acorde con el físico que se había currado a base de esteroides y gimnasio. Era verdaderamente un fastidio que, cuando los pantalones le quedaban bien de largo, tuvieran una pernera tan estrecha que era imposible embutir allí sus tremendos cuádriceps femorales.

«El Maxi» vivía rápido, como si la vida fuera a atraparlo debido al trotecito lento que imprimían sus cortas piernas. Tuvo muchas novias de noviazgo fugaz, más bien rolletes, ya que no había hembra que aguantara las ínfulas de grandeza de aquel pequeño elemento. En vez de tomar como un fracaso aquellos desengaños amorosos, Maxi decidió marcar una muesca en su cinturón por cada «titi» que pasaba por su vida. No dudaba ni un momento sobre el motivo de su éxito entre las féminas, tenía claro cual era, su mayor tesoro era su buga. Mimaba aquel coche, pagado con dinero de dudosa procedencia, como si fuera un hijo, el brillo de aquel biplaza tuneado competía con el de su despejada cabeza mientras recorría la avenida dando acelerones para despertar a los vecinos de madrugada.

Decidió vivir la vida a tope y propagó la leyenda de que Sabina escribió Conductores suicidas por él. Se henchía de gozo pensando que cuando el cantautor recitaba «No voy a negarte que has marcado estilo, que has patentado un modo de andar...» se refería a sus chándales de pretendida marca comprados en mercadillo y a sus anadeantes pasos intentando no rozarse los muslos.

A la velocidad de una bala de picuda calva y compacta figura se comió el mundo y se bebió la vida, rápido, rápido y con la mira puesta en un futuro no muy lejano.

Aquella noche, en aquel callejón, mientras Maxi tarareaba a su adorado Joaquín, no se dio cuenta de que equivocaba la letra de la canción y, donde él entonaba «¿Cómo te has dejado llevar a un callejón sin salida?», el destino le guardaba un tiro por la culata y cantaba para él: «Cómo no ibas a verte envuelto en una muerte con asalto a farmacia».

Así que el pequeño Maxi exhaló su última bravuconada en un sucio suelo cerca del metro de Portazgo. Mientras su alma observaba el pequeño envoltorio en el que había estado comprimida, una vez más se hizo fuerte y pensó: «Y búscate la vida en dirección prohibida», así que cambió el sentido a su trayectoria hacia arriba y decidió que ir hacia abajo era más acorde con su esencia, que en el cielo no había sitio para un alma tan maxi.


Todos los vídeos de Semana Santa 2016