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Decálogo del buen suspense

Heredero de Kafka y devoto de Alfred Hitchcock, Rafael Balanzá es uno de los mejores prosistas de su generación. Tras obtener el premio Café Gijón en 2009 y ser alabado por la crítica, ahora nos sorprende con «Los dioses carnívoros», una novela absorbente con el sello de calidad de Algaida

13 ene 2018 / 07:33 h - Actualizado: 11 ene 2018 / 07:39 h.
  • Portada de ‘Los dioses carnívoros’. / El Correo
    Portada de ‘Los dioses carnívoros’. / El Correo
  • Rafael Balanzá. / Foto cortesía del autor
    Rafael Balanzá. / Foto cortesía del autor

«El pasado nunca ha sido tan grande porque nunca lo has tenido tan cerca, ni el futuro tan pequeño para ti». Así comienza la nueva novela de Rafael Balanzá, Los dioses carnívoros (Algaida, 2017), una auténtica declaración de intenciones que, inevitablemente, conecta con otros trabajos del autor nacido en Alicante y que, asimismo, remite a ilustres de la literatura, como Kafka. No es casual, por tanto, que junto al Nuevo Testamento y las obras de los grandes filósofos, El proceso sea uno de sus libros de cabecera, pues «toda la novela está en la primera frase». Afincado en Murcia desde 1986, con apenas diecisiete años logró su primer reconocimiento con un cuento titulado Alienación, al que pronto sumaría el premio Mayos de Alhama por La franja de luz. Sin embargo, lo que parecía una carrera fulgurante, pronto se vería interrumpida por la cruda realidad del mercado. Tres novelas rechazadas —las editoriales le achacaban su excesiva juventud— estuvieron a punto de hacerle desistir, si bien la palabra ‘fracaso’ pronto se convertiría en su mejor aliada, llevándolo por caminos inexplorados y lecturas diversas (de Shakespeare a Houellebecq) que le permitirían madurar como escritor y persona. Uno de estos ejercicios llegó a tener nombre propio, El Kraken, y supuso toda una revolución. Fundado como revista cultural en 2002, además de elevar el nivel de las publicaciones del momento, mereció los elogios de Fernando Arrabal, quien llegó a calificarla como «la mejor de Europa». Por sus páginas desfilaron desde el académico Félix de Azúa a Luis Alberto de Cuenca, pasando por Antonio Orejudo, Manuel Moyano o Fernando Iwasaki. Una aventura que logró prolongarse durante veintisiete números sin ningún tipo de subvención o financiación pública, y que tristemente concluyó en 2009. No obstante, a esas alturas Balanzá ya estaba suficientemente preparado para dar el gran salto. Tras la buena acogida de Crímenes Triviales, una colección de relatos publicada por J. J. Nicolás, dio a luz su primer gran proyecto, Los asesinos lentos. Esta novela negra, poco o nada ortodoxa, le valió el prestigioso premio Café Gijón en 2009 así como el reconocimiento de la crítica. Tras ella llegaronLa noche hambrientayRecado de un muerto, ambas publicadas por Siruela y etiquetadas como ‘thrillers psicológicos’, pese a su factura inclasificable. Con ellas el autor levantino confirmó su capacidad de alumbrar obras sugerentes no exentas de calidad y, sobre todo, profundamente originales.

Retrato de un antihéroe

Los dioses carnívoros, su última apuesta, surge tras cuatro años de silencio, y en sus 248 páginas, de un alto poder visual, los lectores podrán encontrar las principales preocupaciones del autor, en gran parte encarnadas por el protagonista, Damián Ferrer. Este hombre de mediana edad, víctima de la crisis económica y de su propia crisis existencial, es el trasunto de toda una generación de españoles —en este caso los nacidos entre los años 60 y 70—, pero también la de cientos de personas pertenecientes a otras épocas (pues las grandes preocupaciones no entienden de edad). Padre de una chica adolescente, divorciado y con un modesto empleo como conserje, su anodina existencia experimentará un giro radical tras presenciar un insólito asesinato en el metro. A partir de entonces, su anhelo de calma se verá truncado, precipitándolo sin querer hacia una espiral de miedo y confusión tan subrepticia como absorbente. Dicho proceso, narrado con sencillez y oficio, nos permite imbuirnos en la trama desde el primer párrafo, invitándonos a acompañar al personaje —un perfecto antihéroe de nuestro tiempo— en su particular descenso a los infiernos.

Tres novelas en una

Decía Patricia Highsmith a propósito del género negro: «Nuestro arte consiste en captar la atención del lector contándole algo divertido o que merezca la pena que se le dediquen unos cuantos minutos o unas cuantas horas». Y aunque esta novela no se corresponde exactamente con dicho género —Rafael Balanzá es uno de esos creadores que huyen de las etiquetas—, bien podríamos aplicarle el ‘decálogo del buen suspense’ de la autora de Extraños en un tren. En ese sentido la propuesta tiene su origen en un hecho cotidiano, está bien construida y ambientada, no es demasiado extensa y posee el ritmo adecuado; asimismo cuenta con un enganche sorpresivo desde el arranque y un clímax bastante a la altura. En resumen, un texto bien cocinado y mejor servido con el que el lector gozará tanto o más que el propio autor. Dicho esto, y más allá de la intriga que vertebra el argumento —cuyo desarrollo nos recuerda al mejor Alfred Hitchcock, pero también a Truffaut, Scorsese o Polanski—, Los dioses carnívoros es una oda al amor de media tarde, aquel en que dos individuos desengañados vuelven a ilusionarse y a apostar por una relación más allá del romanticismo. En ese sentido, Rafael Balanzá nos muestra el lado más sensible de sus personajes —y también el más vulnerable—, logrando equilibrar la balanza de un modo acertado y necesario. Dichos pasajes, de un lirismo posmoderno apabullante, suponen, en cierto modo, una vía de escape para el lector, atrapado en la misma red de araña que el protagonista, permitiéndole empatizar con él en los tramos más decisivos de su tragedia. Pero si hay un tema destacable en Los dioses carnívoros ese es sin duda el rencor. Un rencor ancestral, despiadado e inmarcesible que, de tan poderoso, envuelve la amplia totalidad de los capítulos. Algo que el autor consigue sacudiendo las entrañas del drama —hasta rozar lo terrorífico— e ilustrándolas con citas históricas en las que el odio se erige como soberano. Así, en paralelo a la ficción, podemos hallar figuras de la talla del emperador Cómodo, el reformador Lutero o el filósofo Voltaire, por no hablar de paradigmas universales de la malevolencia como Salomé, Yago y el Sanedrín que juzgó a Jesucristo. De este modo podemos afirmar que Balanzá nos ofrece tres novelas en una, y que estas, a su vez, son un complejo ensayo sobre las emociones humanas, tan eficaz como entretenido.


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