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Dédalo, inventa bien y no mires para quién

La creatividad es uno de los mayores dones que tenemos. Las mentes de millones de seres humanos nos han llevado al lugar donde nos encontramos ahora, con sus luces y sus sombras, presentes desde el inicio de los tiempos. La mitología nos da algún que otro ejemplo de ello. El más conocido es Dédalo, aunque muchas veces sólo recordemos el mayor de sus fracasos: la caída de su hijo, Ícaro.

28 oct 2017 / 08:59 h - Actualizado: 27 oct 2017 / 08:09 h.
  • Dédalo e Ícaro. / El Correo
    Dédalo e Ícaro. / El Correo
  • Dédalo e Ícaro, obra de de Rebeca Matte Bello (Santiago de Chile 1875-París 1929) ubicada frente al Museo Nacional de Bellas Artes de Santiago de Chile. / El Correo
    Dédalo e Ícaro, obra de de Rebeca Matte Bello (Santiago de Chile 1875-París 1929) ubicada frente al Museo Nacional de Bellas Artes de Santiago de Chile. / El Correo

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Dédalo era ateniense. Se cuenta que era descendiente de reyes. Era un hombre extraordinariamente inteligente, un artista, ingeniero, artesano. Lo mismo te llenaba una plaza de estatuas que parecían personas (para regocijo de los políticos que contrataban sus servicios) que creaba tuberías y obras de mayor dificultad. La hermana de Dédalo le encargó que se hiciera cargo de la educación de su espabiladísimo hijo Pérdix y él abordó la tarea con entusiasmo, porque el muchacho tenía una inteligencia superdotada. Pérdix es considerado el inventor, entre otros instrumentos, de la sierra. Se dice que cuando iba paseando por la playa, vio un pescado que había sido devorado por las aves y pensó que si esas espinas fueran de hierro podría cortar infinidad de materiales con facilidad. Se puso manos a la obra y fabricó una sierra. También se le considera el creador del compás, uniendo dos trozos de hierro por un extremo con un remache y afilando sus extremos.

La mezcla de orgullo y satisfacción que sentía Dédalo, fue tornando a envidia cuando observó los logros de su sobrino. ¿La mejor forma de terminar con ese sentimiento? Terminar con el objeto de sus desvelos. Un día, cuando estaban juntos en la Acrópolis, lo empujó por un precipicio. Afortunadamente la diosa Palas Atenea estaba cerca (era gran admiradora de las personas inteligentes) y protegió al muchacho convirtiéndolo en una perdiz antes de que se estrellase contra el suelo. Esto no libró a Dédalo del castigo, fue juzgado en el Areópago y expulsado de Atenas.

Así fue como Dédalo dio con sus huesos en Creta, donde desenvuelve todo sus conocimientos como inventor y no precisamente en asuntos que resultasen positivos para el común de la humanidad. En realidad su finalidad era servir al tiránico rey Minos, aunque lo hizo de una forma que no sé si lo dejó satisfecho.

Su primera labor fue la construcción de Talos, una estatua de bronce dedicada a la defensa de la isla de Creta. El precursor de Mazinger Z estaba encargado de dar tres vueltas cada día a la isla, impidiendo entrar los extranjeros y salir a sus habitantes sin permiso. Cuando sorprendía a alguien haciendo lo que no debía, se metía en el fuego, se calentaba y abrazaba al pobre desgraciado hasta achicharrarlo. Me voy a callar no sea que a alguien le dé por aprovechar esta idea para defender fronteras, que los hay muy animales.

Pero Dédalo no sólo obedecía al rey Minos, también su esposa Pasifae le imponía tareas. Enamorada de un toro blanco a causa de una maldición que había hecho recaer sobre ella Poseidón (malditos dioses), le rogó que construyese algo que le permitiese yacer con el animal. Dédalo se puso a darle vueltas a la cabeza y construyó una vaca mecánica en la que se introdujo la reina y esperó a que acudiese el espectacular toro. El drama (o la fiesta) estaba servido, nueve meses después y supongo que a través de cesárea, Pasifae tuvo un niño toro, que la dejaba en evidencia ante su esposo y la corte. Lo llamaron Asterión, aunque ha sido más conocido por nosotros como el Minotauro.

La bestezuela resultó ser caníbal y después de ver que no había forma de que dejase de zampar cretenses, Minos recurrió al inventor y le urgió una solución. Dédalo construyó un laberinto del que no podría salir ni el monstruo, ni tampoco los tributos humanos que le fueran entregados para ser devorados. Los problemas están para ser resueltos, debió pensar Dédalo. Así, durante varios años los súbditos de Creta (entre ellos la propia Atenas) entregaron a hombre y mujeres jóvenes para que fueran devorados por el monstruoso hijo de Pasifae. Así fue hasta que llegó Teseo, uno de los héroes míticos por excelencia. Ariadna, hija de Minos, se enamoró de él, con la misma intensidad que su madre lo había hecho del toro blanco y logró que Dédalo los ayudase, porque fue idea del inventor entregar una bobina de hilo a la princesa y que esta se la diera a su vez a Teseo, cuya misión fue todo un éxito.

Minos se encolerizó cuando el héroe ateniense mató a su hijastro y escapó con su hija. En su mente estaba muy claro quién era el responsable de todo aquello. Mandó detener a Dédalo y a su hijo Ícaro (al parecer lo había tenido con una esclava de palacio) y encerrarlos en el laberinto. Aunque parezca mentira Dédalo no recordaba los mapas de la construcción (o tal vez pensó que luego tendría que encontrarse con Talos) y después de observar a los pájaros decidió recoger todas las plumas que pudo, las unió con cera y construyó dos pares de alas, para escapar. Aleccionó a su hijo Ícaro para que no volase ni muy bajo, ni muy cerca del Sol. Si volaban bajo las nubes podían mojarse y no servirían de nada y si hacían lo contrario la cera podía derretirse. ¿Le hizo caso su hijo? Los que sois padres de adolescentes sabéis que no, ni de broma. Debería haberle dicho "vuela todo lo alto que puedas y un poco más”, pero así nos habrían privado de una de las historias mitológicas más conocidas. Ícaro voló alto, sus alas se derritieron y cayó muriendo en el instante. En algunas historias se dice que cuando se estrelló contra el suelo una perdiz pasó a su lado con una sonrisa burlona.

Dédalo continuó su viaje hasta llegar a Sicilia, se quitó las alas y las puso en un altar en honor del dios Apolo. Inmediatamente encontró a otro rey al que prestar sus servicios, Cócalo, que estaba encantado con su nuevo trabajador.

Minos enfurecido ideó una estratagema para localizar a Dédalo y llevarlo consigo. Fue reino por reino y ofreciendo una suculenta recompensa a quien pudiera enhebrar completamente una caracola espiral. Sabía que sólo el inventor ateniense podía hacerlo. Llegó a Sicilia y planteó la incógnita a Cócalo, que logró solucionarlo gracias a Dédalo, que estaba oculto entre la multitud. Al ver el resultado, el rey cretense supo que había encontrado al hombre que buscaba y exigió que le entregasen a su prisionero. Cócalo pareció avenirse amablemente esta peculiar solicitud de extradición. Le pidió que se relajase y disfrutase de un baño antes de abandonar Sicilia. Accedió el cretense y cuando estaba en la bañera echaron agua hirviendo (en otros relatos dicen que brea) y lo mataron. Varía también la versión sobre cómo llegó el agua hirviendo a la bañera, mientras unos dicen que fueron las hijas del rey, otros apuestan porque Dédalo ideó un sistema de tuberías que coció al rey. ¿Con qué solución te quedas?

Los inventos del ateniense no siempre dieron el resultado buscado o tal vez no buscaba resultados, sino solucionar problemas, aunque terminase por crear otros. Y si lo pensamos ¿qué es la vida sino una continua creación y resolución de despropósitos? Tal vez todos somos un poco Dédalo.


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