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Don Quijote de la tele

Son muchas las veces que se ha intentado traducir, a lenguajes distintos del literario, la obra más importante de todos los tiempos. La novela El ingenioso hidalgo Don Quixote de la Mancha de Miguel de Cervantes Saavedra fue llevada a la pequeña pantalla aunque el proyecto no terminó de realizarse. De los dieciocho capítulos previstos se filmaron tan solo cinco. Fernando Rey y Alfredo Landa encarnaron a Don Quijote y a Sancho Panza, respectivamente. Una pena que no hubiera continuidad para este trabajo.

09 abr 2016 / 12:35 h - Actualizado: 23 mar 2016 / 13:29 h.
  • Fernando Rey y Alfredo Landa en un momento del rodaje. / El Correo
    Fernando Rey y Alfredo Landa en un momento del rodaje. / El Correo
  • Alfredo Landa encarnó a Sancho Panza. / El Correo
    Alfredo Landa encarnó a Sancho Panza. / El Correo
  • La ambientación fue sobresaliente en la serie de televisión. / El Correo
    La ambientación fue sobresaliente en la serie de televisión. / El Correo
  • Manuel Alexaindre, Aitana Sánchez Gijón y Fernando Rey, en un momento del rodaje. / El Correo
    Manuel Alexaindre, Aitana Sánchez Gijón y Fernando Rey, en un momento del rodaje. / El Correo
  • Fernando Rey ha sido el mejor Quijote de todos los tiempos. / El Correo
    Fernando Rey ha sido el mejor Quijote de todos los tiempos. / El Correo
  • Don Quijote en el atardecer manchego. / El Correo
    Don Quijote en el atardecer manchego. / El Correo
  • Carátula del DVD Las tres mellizas y Don Quijote. / El Correo
    Carátula del DVD Las tres mellizas y Don Quijote. / El Correo
  • Imagen de Sancho Panza. / El Correo
    Imagen de Sancho Panza. / El Correo

Si hay una novela española conocida desde hace siglos, en todo el mundo, esa es, desde luego, El ingenioso hidalgo Don Quixote de la Mancha. Una obra que ha sido llevada a otros lenguajes infinidad de veces, especialmente al del cine y el teatro, pasando por el ballet, el cómic o, más recientemente, el hip-hop. Que ha servido de inspiración a grandes genios, como Dalí o Picasso. Y de la que podemos encontrar multitud de versiones literarias, desde las más clásicas y respetuosas con las ediciones originales, hasta aquellas que tratan de acercarla al lector actual (como la de Andrés Trapiello), o al público infantil.

Irónicamente, y por distintos motivos, sigue sin existir una versión cinematográfica que pueda considerarse definitiva. Canónica. Hasta el punto de que Saramago afirmaba (y no es el único) que sencillamente, era una tarea imposible.

Bien porque su extensión, su complejidad, y la multitud de venturas y desventuras que suceden a los personajes; bien porque se trataba de adaptaciones libres, o por otros motivos, lo cierto es que no la hay. Como no han podido llegar a completarse las personalísimas versiones de Orson Welles, que estuvo décadas filmándola cuando podía – y cuyo material vio finalmente la luz gracias al rescate y montaje del mismo por Jess Franco-, o la más reciente de Terry Guilliam – a la que los infortunios parecen perseguir - que, a pesar del anuncio de Amazon de financiarla, debido al cáncer que padece John Hurt (su protagonista, esta séptima intentona de rodarla) es posible que no pueda llevarse a cabo tampoco este año.

La vez que más cerca ha estado de lograrse ha sido cuando, en 1989, impulsada por Pilar Miró (directora del ente en ese momento), la cadena de televisión pública decidió producir una adaptación, en 18 capítulos que comprendieran tanto la primera como la segunda parte, y en donde aparecieran, además, las historias intercaladas entre la trama principal. Estuvo cerca, como digo, porque tenía todo a su favor, de lo que buena prueba son los únicos cinco capítulos que llegaron a emitirse. Cinco capítulos magníficos, en los que uno se encuentra, desde el primer momento, inmerso en el mundo y los personajes creados por Cervantes. Es ese lugar de la Mancha, y estamos viendo a Don Quijote. Con la barbilla apoyada en las manos, y sin perder detalle. Tan bien hecha, y tan real, que parece que alguien hubiese viajado por el tiempo hasta allí, y lo hubiera filmado.

Para lograrlo, la elección de todo el equipo, tanto la parte técnica como al elenco de actores (conocidos y reconocidos todos, a cual más propio en su papel), fue cuidadosa, y, el acierto al lograrlo, determinante.

La dirección fue encargada a Manuel Gutiérrez Aragón, cineasta que no había trabajado nunca para televisión, el cual hizo un magnífico trabajo, y quien se encargó, además, de reescribir los guiones, basándose en el Don Quijote de Cervantes. Lo cierto es que el trabajo de adaptación se había encargado a nada menos que Camilo José Cela (que cobró por ello 50 millones de pesetas, algo muy criticado en su momento), quien figura en los títulos como guionista, pero cuyos guiones, en opinión del director (Conversaciones con Manuel Gutiérrez Aragón, Augusto M. Torres, Editorial Fundamento), no servían para trabajar con ellos. El productor fue Emiliano Piedra, quien lo vio como un regalo, después de los años dedicados a producir el inacabado Quijote de Welles, y que volcó en ella todo su entusiasmo y conocimiento. La fotografía corrió a cargo del premiado director de fotografía sevillano Teo Escamilla. El vestuario, de Miguel Narro. La música, de Lalo Schifrin. La ambientación, de Gerardo Vera. Y merecen mención especial el director de producción (Emiliano Otegui), diseñador del espectacular decorado utilizado para el rodaje en exteriores, y Félix Murcia, como director de arte, que realiza un trabajo excelente, tan necesario siempre, pero especialmente, en las recreaciones históricas. Lámparas de aceite, escudillas, maderas de roble viejas, cristal auténtico -o, al menos, lo parece, que es de lo que se trata- en las ventanas (refleja de forma distinta al vidrio); y libros, libros por todas partes. Libros que, en el caso de El Quijote, más que objetos, son casi sujetos, y de los que el protagonista aparece rodeado, siempre con alguno en la mano, por lo que tienen una gran presencia. Todos antiguos, auténticos, de la época, o hermosas réplicas de los mismos. Encuadernaciones de pergamino y papel de trapos. Que, como lo de los cristales, o la de cualquiera de los detalles que aparecen en la escena (salvo que sean manifiestamente inapropiados), es más que probable que no hubiéramos percibido como erróneos, pero cuyo cuidado es lo que hace posible esa traslación por parte de los espectadores.

En cuanto a los actores, no cabe duda. El único que estaba claro dentro del proyecto, antes de incluso encargárselo a Gutiérrez Aragón, es Alfredo Landa como Sancho Panza. Porque estaba claro que era el perfecto acompañante para Don Quijote, fuera quien fuera. Que finalmente, y tras muchas dudas, fue Fernando Rey, quien no sólo lo interpretó lo suficientemente bien como para ser creíble, sino que se convirtió en la auténtica encarnación del mismo. Manuel Alexaindre, Emma Penella, José Luis López Vázquez, Aitana Sánchez Gijón, Nuria Gallardo, Héctor Alterio..., todos quienes participan son figuras de la escena, y del cine. Un elenco envidiable. Como decía, lo tenía todo. A pesar de lo cual, de los premios recibidos, del éxito de audiencia, y de todo, hubo un factor que no podía ser manejado desde el equipo: la financiación por parte de TVE. A pesar del compromiso de quienes sucedieron a Pilar Miró al frente, la crisis que atravesaba el organismo hizo que el proyecto se fuera postergando tanto, que, aunque hubieran querido acabarlo, hubiera sido imposible, por el fallecimiento primeramente de Emiliano Piedra, sin haber llegado a ver estrenada la serie y, ya en 1994, el de Fernando Rey. La segunda parte no llegó a hacerse nunca (la retomó Gutiérrez Aragón para el cine, con Juan Luis Galiardo y Carlos Iglesias), a pesar de estar escritos varios de los guiones, de haberse decidido que la dirigiría Mario Camus, y de estar barajando, incluso, la posibilidad de que Marcelo Mastroiani continuase allí donde Fernando Rey ya no podía. Una verdadera lástima. Esos cinco únicos capítulos, son una joya.

Cervantes para niños visto por ellos mismos

(Jimena tiene 6 años. Y medio. Es la autora de este texto).

Las tres mellizas y Don Quijote de la Mancha

Me ha gustado mucho, porque es una película bonita y graciosa. Don Quijote es divertido, porque siempre está con bromas divertidas (bueno, yo creo que son bromas), porque todo el rato confunde algo con que en realidad no es, y no ve un pepino. O sea, le pones un pepino delante, y ve un arpa. Sancho Panza es gordo y simpático. Parece que está lleno de gases. Sancho Panza no cree en todo el mundo. Las tres mellizas son graciosas, y también quieren ayudar a Don Quijote, por mucho que Sancho Panza dijera que le falta un tornillo. La bruja Aburrida me ha parecido aburrida, lista, y abusona de su poder.

Las tres mellizas han aterrizado en el cuento, y Don Quijote se enfada. Entonces han ido a buscar su armadura para recompensarle. Una de las niñas ha mirado en el desván, otra va a coger chatarra, y se ha encontrado con Sancho Panza. Sancho Panza le dice que a Don Quijote le falta un tornillo. Teresa se sube al sofá (en el libro se sube a un taburete) para nombrarle caballero. Por lo visto, la bruja Aburrida les espía y él la ve como Dulcinea. Se van todos en burro o caballo. Don Quijote no ve un pepino, y confunde a las cabras con un ejército, y a la bruja Aburrida con Dulcinea tocando el arpa, aunque es una sandía. Ha confundido una sandía con un pañuelo bordado por Dulcinea, y lo ha puesto en la lanza. Me imagino que diría: ¿Por qué te comes tu arpa?. También confunde a molinos con gigantes, y las aspas con sus brazos. Don Quijote se ha caído del aspa, pero las tres mellizas siguen como una hora dando vueltas en las aspas porque lo están pasando bien. Emprenden otra vez el viaje, y llegan a un sitio a dormir y a comer. La bruja Aburrida no aguanta más. Don quijote le ha dicho algo bonito, y se ha puesto colorada. La bruja se ha quitado el gorro y se lo ha dado a Sancho Panza para que huyera como Dulcinea en una moto. Don Quijote le ha confundido con Dulcinea y le ha pedido un beso. Sancho Panza se va de la moto. Luego se van todos a casa.

Yo la recomendaría para todo el mundo, pero más para niños, por lo divertido, que a un adulto no le parecería tan gracioso.


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