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El olor de la mendacidad

El Teatro Lope de Vega de Sevilla se rindió ante la versión de Una gata sobre el tejado de zinc caliente propuesta por Amelia Ochandiano. Un ejercicio emocionante y repleto de verdad donde la homosexualidad se manifiesta como uno de sus temas principales, aunque no el único. Juan Diego, Begoña Maestre, Andreas Muñoz y otros tantos actores se dieron la mano para recordarnos que Tennessee Williams es, además del autor de Un tranvía llamado deseo, uno de los grandes retratistas de la psicología humana de la historia

04 nov 2017 / 08:04 h - Actualizado: 30 oct 2017 / 23:16 h.
  • Begoña Maestre y Alicia Sánchez. / Foto cortesía de Zebra Producciones
    Begoña Maestre y Alicia Sánchez. / Foto cortesía de Zebra Producciones
  • Juan Diego y José Luis Patiño, / Foto cortesía de Zebra Producciones
    Juan Diego y José Luis Patiño, / Foto cortesía de Zebra Producciones
  • Andreas Muñoz y Juan Diego. / Foto cortesía de Zebra Producciones
    Andreas Muñoz y Juan Diego. / Foto cortesía de Zebra Producciones
  • Juan Diego. / Foto cortesía de Zebra Producciones
    Juan Diego. / Foto cortesía de Zebra Producciones
  • Cartel de ‘Una gata sobre un tejado de zinc caliente’. / El Correo
    Cartel de ‘Una gata sobre un tejado de zinc caliente’. / El Correo

Thomas Larnier Williams vino al mundo para demostrar que las carencias físicas y psíquicas no tienen por qué interponerse entre el anhelo del éxito y su consecución. Muy al contrario, y pese a su escasa estatura, insuficiencias cardiovasculares, claustrofobia e hipocondría —amén de su reconocida homosexualidad, alcoholismo y drogadicción— hoy su nombre figura con letras doradas en la lista de los mejores dramaturgos de todos los tiempos. El secreto de sus logros habría que buscarlos en su revolucionaria capacidad para «airear los armarios, áticos y sótanos del comportamiento humano» sin ningún tipo de cortapisas, algo que le permitió conectar con un público acostumbrado a las comedias ligeras y la candidez de los musicales. Nacido en Columbus, Misisipi, en 1911, el autor de La noche de la iguana adoptó el nombre de Tennessee tras su paso por la universidad (así le llamaban sus compañeros por su marcado acento sureño), y aunque ya poseía alguna experiencia como escritor novel, fue en esa época estudiantil cuando comenzó a interesarse por el teatro. De hecho su primera incursión data de 1935, aunque no será hasta diez años más tarde cuando su carrera comience a despegar definitivamente. El estreno en Broadway de El zoo de cristal, un retrato descarnado de su propia familia, le valió el Premio del Círculo de Críticos Teatrales de Nueva York, convirtiéndolo en uno de los autores a tener en cuenta. Dos años después alumbraría Un tranvía llamado deseo (1947), considerada como la mejor obra escrita en los Estados Unidos, y que lo elevó definitivamente al olimpo. Dicho título le permitió obtener su primer Premio Pulitzer así como acceder a la meca del cine, donde Williams confirmaría su talento con De repente, el último verano, Dulce pájaro de juventud y, muy especialmente, La gata sobre el tejado de zinc.

La conexión con el público

Pocos autores han sabido dar fe del fracaso del sueño americano como Tennessee Williams. Si acaso su contemporáneo Arthur Miller, con quien compartió temas y formas y junto al cual reinó en la cartelera americana de posguerra durante veinte años. Ambos eran capaces de construir personajes repletos de imperfecciones cuyos sueños rotos se evidenciaban en la profundidad de los argumentos y en la crudeza de sus diálogos, lo que sin duda los hacía especialmente humanos y cercanos para el público. Unas figuras a las que el pasado siempre suele perseguir y que remiten a la prosa de Faulkner y D. H. Lawrence. Porque si algo se hace patente en la vida y obra de Tennessee Williams es su rechazo a la mentira, «pese a que el mundo en el que había sido educado no tolerase otra cosa», como bien explica Antonio Álamo. Su vida, repleta de pensiones, hoteles, habitaciones alquiladas y amores fugaces fue «una perpetua lucha contra la locura y la muerte». Batalla que a sus 71 años terminaría por perder, arrojándolo a un océano de barbitúricos en forma de suicidio.

Problemas con la censura

A cat on a hot tin roof se estrenó como obra teatral en 1954 bajo la dirección de Elia Kazan, director de origen griego y cofundador del Actor’s Studio, del que saldrían leyendas como Marlon Brando, Montgomery Clift o Paul Newman. A pesar de la admiración que le profesaba Williams, años más tarde afirmaría que su adicción al alcohol y las drogas surgió durante su adaptación, debido a la frustración que le provocó la censura. Al ser la homosexualidad un tema tabú y algo casi desconocido para la plebe —entre la burguesía bohemia y los círculos artísticos estaba medianamente permitida, aunque con discreción—, cuando preguntaban a Williams sobre cuál era su obra preferida, él siempre respondía: «la versión editorial de Una gata sobre el tejado de zinc caliente». Tanto fue así que una vez tuvo en sus manos el Premio de la Crítica se dio el gusto de publicar ambas versiones, la suya original y la que le obligaron a representar. No hemos de olvidar que a primeros de los cincuenta la censura era una realidad no solo en Norteamérica sino también al otro lado del charco. Como muestra hemos de decir que a la versión cinematográfica de La gata la censura española le eliminó el ‘hot’ del título original, dejando a la protagonista sobre un tejado de indeterminada temperatura.

La visión de Amelia Ochandiano

Sostenida sobre tres pilares fundamentales —el propio título, la vigencia de su mensaje y la presencia de Juan Diego—, la visión de Amelia Ochandiano de Una gata sobre el tejado de zinc caliente es un ajuste de cuentas con el público español del siglo XXI. Y decimos bien, ‘del siglo XXI’, porque la última gran adaptación la puso en marcha Mario Gas en 1995, con Aitana Sánchez Gijón y Carmelo Gómez como protagonistas. Dicho ajuste de cuentas tiene que ver precisamente con el asunto antes mencionado, el de las diferentes versiones, y especialmente con el referente en nuestro país, la película homónima de 1958. A estas alturas ya nadie duda que la ‘gata’ de Williams posee el rostro de Elizabeth Taylor para la práctica totalidad de los españoles, al igual que Paul Newman es el perfecto Brick. Lo cual por un lado es positivo —los arquetipos han trascendido a la propia obra— pero también negativo, pues han sido muy pocos los interesados en explorar el libreto original. Cabe decir que, como novedad, la propuesta de Ochandiano aleja toda tentativa de comparación optando por dos intérpretes de enorme oficio, pero cuya misión es servir de vehículo al texto original, auténtico protagonista de la función. A nuestro entender, ese es uno de los grandes aciertos junto a la elección de Juan Diego como patriarca de la familia.

Juan Diego como paradigma

A algunos espectadores podría resultarles curioso que, tras anunciarlo en letras grandes en su cartel, el actor andaluz apenas intervenga en un tercio de la representación. Sin embargo, a los que amamos el teatro y conocemos la trayectoria de Juan Diego, ese tiempo resulta más que suficiente para adquirir una entrada y acudir a verlo. Y es que además de regalarnos un ingente repertorio de recursos dramáticos, su complejo Abuelo amenaza la fascinación que la pareja de Brick y Maggie han ejercido sobre los espectadores de los últimos cincuenta años, lográndolo a base de acritud, hondura y veracidad. Dicho personaje cae mal, profundamente mal, ya desde su primera entrada, pero al mismo tiempo se eleva como fiscal y herramienta ineludible para extraer toda la esencia del drama. A su lado Andreas Muñoz alcanza su cota más alta como el hijo alcoholizado y acosado por los fantasmas del pasado, permitiéndole escalar al mismo podio que Begoña Maestre. Esta, cuya presencia es la traslación de la carnalidad clásica a los gustos posmodernos, obtiene su rédito en los momentos de mayor confrontación, demostrando que su Biznaga de Plata en el Festival de Málaga de 2011 no es fruto de la casualidad. Mención aparte merecen José Luis Patiño —su encarnación del hijo mayor es precisa y conmovedora—, una solvente y hasta hilarante Marta Molina y la veterana Alicia Sánchez, cuya trayectoria en cine, teatro y televisión la capacitan de sobra para dar la réplica a Juan Diego. En el aspecto técnico hemos de destacar la sobria pero elegante escenografía de Ricardo Sánchez Cuerda, bien potenciada por la iluminación de Felipe Ramos —el uso del ciclorama es de una exquisitez asombrosa—, y el vestuario en líneas clásicas de María Luisa Engel. En suma, Una gata sobre el tejado de zinc caliente de Zebra Producciones es la adaptación definitiva para descubrir al verdadero Tennessee Williams, aquel joven tímido y enfermizo que hubo de refugiarse en el teatro para huir de la mentira que rodeaba su vida. Una mendacidad ancestral que en el montaje de Ochandiano incluso puede olerse.


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