lunes, 16 septiembre 2019
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Entre nieblas

12 jul 2019 / 23:12 h - Actualizado: 14 jul 2019 / 16:43 h.
  • ‘Una extraña sensación de dejà vu me invadió en ese instante. Pasé el resto de la mañana con una neblina en mi cerebro más densa que la que ya se iba despejando en la calle’./ Imagen cortesía de @deVillamediana
    ‘Una extraña sensación de dejà vu me invadió en ese instante. Pasé el resto de la mañana con una neblina en mi cerebro más densa que la que ya se iba despejando en la calle’./ Imagen cortesía de @deVillamediana

Aquel jueves de otoño amaneció entre brumas. Aterida de frío me arrebujé en mi abrigo y apresuré el paso hacia el coche, que tenía aparcado a tres calles de mi portal. La niebla acariciaba las sombras de los pocos transeúntes que, como yo, habían madrugado, dándoles un aspecto fantasmagórico. Podía oír las hojas crujiendo bajo las suelas de goma de mis zapatos marcando un ritmo marcial que acompasé, inconscientemente, al crujir de mi mochila, que se bamboleaba a mi espalda. Una madre con dos niños de la mano se apresuraba camino del aula matinal del colegio y el último camión de la basura enfiló por la cuesta.

Tiritando, arranqué el coche y puse a tope la calefacción para limpiar el vaho que cubría el parabrisas, ayudé a limpiar la parte del conductor con mi mano enguantada, consiguiendo un borrón informe justo frente a mis ojos. Encendí la radio y busqué el interruptor de las luces antiniebla, cuya situación, invariablemente, había vuelto a olvidar. La pareja de locutores del programa matinal que solía acompañarme en mi trayecto al trabajo bromeaba como cada mañana. De pronto, interrumpieron la emisión para dar un avance informativo de urgencia.

Esta mañana, sobre las ocho en punto, se ha producido una colisión sin heridos entre un utilitario y un camión de basura en la intersección de las calles García Lorca y Lugo. Recomendamos rutas alternativas debido a la interrupción de la circulación en sentido Plaza de Montes

Eso era justo unas calles más adelante, tendría que haber sucedido hacía un minuto o dos. Pensé que no se veía ningún atasco de momento, así que decidí arriesgarme por ese camino ya que, de otro modo, tendría que dar un gran rodeo. Aminoré la velocidad y avancé forzando la vista a través de la niebla y la mancha borrosa de mi parabrisas. Justo cuando llegaba al cruce la madre con los dos niños salió por sorpresa de detrás de un contenedor por mi izquierda. Di un frenazo y giré el volante en sentido contrario, sin darme cuenta de que, desde la otra esquina, llegaba el camión de la basura. Afortunadamente, el golpe no fue muy fuerte, ya que ambos circulábamos con lentitud. Me resigné a llegar tarde al trabajo y, mientras rellenaba el parte amistoso, llamé a mi compañera para avisar de mi tardanza.

Media hora más tarde, con un arañazo verde en la puerta del copiloto de mi flamante coche, y la certeza de que el seguro me iba a subir la prima de manera inminente, reflexioné sobre la casualidad de dos accidentes similares tan cerca y el mismo día.

No había hecho más que entrar en la oficina cuando el móvil me avisó de la llegada de un mail de mi jefe. “Necesito que bajes urgentemente al almacén, Castro se ha lesionado el dedo gordo del pie izquierdo al cargar un palé y tienes que acompañarlo a la mutua”. Me apresuré escaleras abajo y, como una exhalación, entré en el almacén donde Castro estaba cargando un palé en la carretilla con toda normalidad.

_ ¿Qué broma es esta? _ grité

En aquel momento el pobre Castro, que no me había visto entrar, perdió el equilibrio, dejando caer el pesado palé sobre el dedo gordo de su pie izquierdo. Una extraña sensación de dejà vu me invadió en ese instante.

Pasé el resto de la mañana con una neblina en mi cerebro más densa que la que ya se iba despejando en la calle. A la hora de la comida decidí bajar a la cafetería de la esquina a pedir un pincho de tortilla, porque, la verdad, no tenía mucha hambre. Mientras la camarera me cobraba en la barra recibí un mensaje de la secretaria de dirección.

_ Niña, si vas a la cafetería, no pidas el pincho de tortilla, acabo de comerme uno y ha sido inmediato, me ha sentado fatal.

Retiré el plato de la que iba a ser mi comida y, al alzar la vista, vi en la mesa de enfrente a la secretaria de dirección dando buena cuenta de un suculento bocadillo... de tortilla. No estaba para aguantar las bromas de aquella estúpida y, además, un taladrante dolor se estaba asentando en mis sienes como resultado de aquella pesadilla de día. Ofendida, me levanté de la mesa y me dirigí a la salida de la cafetería. No había hecho más que llegar a la calle cuando la secretaria me adelantó a toda carrera hacia el sórdido callejón donde los dueños de la cafetería tenían los cubos de basura, allí la encontré echando hasta la primera papilla.

A la jaqueca se unió entonces un temblor incontrolable, aquello eran ya demasiadas casualidades. Alegando no encontrarme bien, lo cual era totalmente cierto, volví al refugio de mi casa, rezando porque acabara aquel funesto día. El portero me saludo con ganas de charla, algo que era habitual en él.

_ Buenas tardes, veo que llega antes de tiempo hoy. ¿No se ha cruzado con los bomberos? ¡Menuda movida hemos tenido! Sus vecinos del cuarto se han quedado encerrados en el ascensor y han tenido que venir a sacarlos. Si ya lo llevo diciendo yo desde hace años, que ahí pone que se suban cuatro como máximo, y ellos, de tanto hartarse de bollos, son como cuatro cada uno.

Con las carcajadas del buen hombre resonando aún me dispuse a escalar los cuatro pisos hasta mi hogar. Sin aliento, aún temblando y con un dolor de cabeza infernal, llegué justo a tiempo de ver como mis orondos vecinos se subían al ascensor saludándome con la mano.

Me metí en la cama después de deglutir dos ibuprofenos y, justo antes de dormirme, pude oír el sonido de las sirenas de bomberos acercándose a mi calle. Di gracias al cielo porque aquel día hubiera acabado.

A la mañana siguiente el radio despertador se activó, como siempre, a las 7 en punto y la habitual voz del locutor del noticiero se abrió camino en mis sueños:

Buenos días. Otro día de niebla en la capital. Comenzamos las noticias con un parte de última hora...”

Apagué de un golpe la radio y decidí usar un aburrido tono despertador desde entonces.


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