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Cine - Aladar

Ernst Lubitsch. Su huella en la comedia y elogio final

El ingenio de Ernst Lubitsch trascendió su obra y sus recursos humorísticos inspiraron la filmografía tanto de grandes realizadores del cine clásico, como Billy Wilder o Preston Sturges, como la de cineastas contemporáneos como Woody Allen o Nora Ephron. Su capacidad de contemplar la vida a través de un prisma relativizador de todos los males ha sido el ejemplo para muchas de las películas de los últimos tiempos, desde ‘La pícara puritana’ (1937) hasta ‘Malditos bastardos’ (2009)

06 jul 2015 / 10:45 h - Actualizado: 06 jul 2015 / 10:46 h.
  • Escena de la película ‘La octava mujer de Barba Azul’ en las que se observa a sus protagonistas principales.
    Escena de la película ‘La octava mujer de Barba Azul’ en las que se observa a sus protagonistas principales.
  • Escena de la película ‘La octava mujer de Barba Azul’ en las que se observa a sus protagonistas principales.
    Escena de la película ‘La octava mujer de Barba Azul’ en las que se observa a sus protagonistas principales.
  • Sobre estas líneas, Margaret Sullavan, Ernst Lubitsch y James Stewart en el rodaje de El bazar de las sorpresas.
    Sobre estas líneas, Margaret Sullavan, Ernst Lubitsch y James Stewart en el rodaje de El bazar de las sorpresas.
  • Lubitsch con Greta Garbo.
    Lubitsch con Greta Garbo.

El toque Lubitsch tenía distintas manifestaciones, desde la pura metáfora o elipsis visual hasta la reiteración de situaciones absurdas con giros inesperados a medida que se repetían. Era habitual que se remataran con un genial top the topper, que significa algo así como poner la guinda sobre lo mejor. Consiste en sacar el máximo partido a una situación cómica de forma que, cuando parece que ya se ha acabado, se logra la nota final para provocar la máxima hilaridad del espectador. En La octava mujer de Barba Azul, un millonario caprichoso quiere comprar sólo la parte superior de un pijama y su estrambótica petición genera una divertidísima crisis en la tienda. El dependiente pregunta qué debe hacer al jefe de sección y éste al responsable de la tienda. La culminación final se produce cuando éste llama al dueño. El mismo atiende enfadado al teléfono porque se encontraba durmiendo. Se indigna aun más ante la extraña solicitud y se niega a acceder a la misma. Cuando cuelga el teléfono, la cámara nos permite ver que no lleva los pantalones del pijama...

Dados sus comienzos en el cine mudo, Lubitsch empezó dominando el gag visual, que incorporó luego a sus películas sonoras. Dentro de éstas, podemos encontrar escenas silenciosas cargadas de insinuación, como los planos de puertas cerradas tras las cuales se adivina un encuentro amoroso o se destapa un triángulo. El realizador fue sumando el humor verbal, para acentuar el divertimento. Así, orquestaba escenas en las que lo que veíamos y escuchábamos se iban entrelazando para provocar nuestra creciente diversión.

Recordemos un par de ejemplos. En Ninotchka comprendemos que Greta Garbo ha sucumbido a los atractivos del capitalismo, cuando saca del cajón el sombrero sofisticado que le provocaba reacciones despectivas secuencias atrás. En El bazar de las sorpresas, un empleado sale corriendo cada vez que el jefe pide a sus subordinados que le digan sin miedo la verdad. Cuando se repite la situación, el director enfoca unos pies huyendo por las escaleras y nosotros deducimos de quien se trata. La sucesión de giros sutiles hacía que contemplar las películas de este cineasta resultara un verdadero placer.

La comedia americana

Una de las acepciones del concepto yiddish chutzpah hace referencia a una faceta de la idiosincrasia del pueblo judío, consistente en una combinación de insolencia, descaro, frescura, coraje y atrevimiento. Todas esas notas caracterizaban el cine de Lubitsch y desde la perspectiva actual podemos apreciar en la evolución de la comedia norteamericana cómo realizadores coetáneos y posteriores al mítico teutón buscaron encontrarlas. Y no es casual que muchos de los inspirados fueran al igual que él brillantes judíos dotados de chutzpah.

Así, Billy Wilder fue el discípulo estrella del admirado cineasta. Trabajaron juntos en dos ocasiones (La octava mujer de Barba Azul y en Ninotchka) cuando Wilder era un guionista que aún no había dado el salto a la dirección. A partir de ese momento, el mantra que le guió fue: «¿Cómo lo hubiera hecho Lubitsch?», y de hecho tenía un letrero con ese texto en su oficina. Las comedias que más denotan la influencia del maestro son probablemente Medianoche (que Wilder no dirigió pero cuyo guión coescribió), Sabrina y Ariane. En ellas, hay romances basados en la impostura, un París encantado, picardía, imprescindibles secundarios... Sin embargo, hay otras películas de este privilegiado alumno en que encontramos más sutilmente la huella del berlinés. Así, la escena casi muda en la que Jack Lemmon averigua en El apartamento que Shirley MacLaine mantiene un romance con su jefe (gracias a una polvera con el espejo roto) nos recuerda la forma en la que los personajes de Lubitsch ataban cabos a través de los objetos, ya fueran ceniceros o cinturones.

Wilder no fue el único que quiso emular su sutil y sugerente toque. Los juegos de puertas tan propios del realizador alemán para insinuar encuentros o triángulos amorosos se utilizaron por ejemplo en La pícara puritana (Leo McCarey, 1937) o Las tres noches de Eva (Preston Sturges, 1941). Si nos adentramos en los 50, en Vacaciones en Roma (William Wyler, 1953), una Audrey Hepburn somnolienta despotrica de sus historiados camisones de princesa y expresa su anhelo de dormir sólo con la parte de arriba de un pijama. ¡Alusión evidente a la primera secuencia de La octava mujer de Barba Azul! ¿Y qué me dicen de la elipsis lubitschiana en Tú y yo (1957) de Leo McCarey, cuando tenemos que imaginar al ver en la escalera del barco la evolución de los pies de Cary Grant y Deborah Kerr, que su romance comienza?

También su legado es evidente a partir de los 60 en un realizador que dedicó parte de su filmografía a intentar homenajear a los mejores directores de la comedia clásica: Blake Edwards. Podemos reconocer numerosos toques en Desayuno con diamantes (1961). Recuerden a la frívola protagonista encarnada por Audrey Hepburn provocando sin darse cuenta un conato de incendio con su cigarrillo, que ella misma apaga inconscientemente al volcar el whisky de un invitado. También podemos apreciar el efervescente humor mudo y en espiral de El guateque (1968). Blake Edwards reconoció además que ¿Victor o Victoria? (1982), farsa de equívocos ambientada en Berlín, fue su personal brindis al director alemán.

También autores contemporáneos han bebido de las fuentes de Lubitsch e intentado repetir su chispa. El eterno Woody Allen ha reconocido su huella desde sus primeras obras. ¿Recuerdan en Annie Hall (1977) cuando Alvy afirma que quería hacer a una chica lo que Eisenhower había estado haciendo con el país? ¡Es casi un calco del momento en que un nazi afirma que un actor hacía con Shakespeare «lo que nosotros con Polonia» en Ser o no ser! De esta última intentó hacer un remake Mel Brooks en 1983, que resultó diez minutos más larga (pero ¡ay! cien carcajadas menos graciosa...). No acaba ahí la influencia de esta genial sátira de Lubitsch en la que una troupe de actores polacos se disfrazan de nazis. Fue uno de los clásicos que inspiraron Malditos bastardos (2009) de Quentin Tarantino, en la que un grupo de militares aliados se infiltra entre los oficiales alemanes en plena segunda guerra mundial.

La ingeniosa Nora Ephron dirigió un soso remake de El bazar de las sorpresas (Tienes un e-mail, 1998) pero antes bordó el guión de la excelente Cuando Harry encontró a Sally (que dirigió Rob Rainer en 1989). ¿No se pueden imaginar a Lubitsch inspirando el momento culminante en el que una señora pide al camarero lo mismo que Meg Ryan en el restaurante? Y otra comedia genial, Atrapado en el tiempo (Harold Ramis, 1993), se basa en la reiteración de una misma situación con sutiles variaciones para provocar un crescendo humorístico. ¡Precisamente una de las manifestaciones del milagroso toque Lubitsch!

Elogio final

Más allá de la huella que Lubitsch dejó en la filmografía de otros, la sensación que experimentamos al ver su obra es la de admiración ante una mente brillante que celebraba la vida y el componente lúdico de la misma, que se reía de la futilidad de las convenciones sociales y de la arrogancia de clasismos o extremismos, pero que contemplaba con ternura y con irónica indulgencia las flaquezas propias de la condición humana.

Su capacidad de contemplar la vida a través de ese prisma relativizador de todos los males que es el humor, le llevaba a aceptar y a apreciar a los personajes de sus películas por muy vanidosos, tramposos o gruñones que pudieran llegar a ser. Incluso cuando este berlinés retrataba la maldad (como los nazis de Ser o no ser), sentíamos que la encontraba risible porque la consideraba una estúpida manifestación de la soberbia que puede arruinar a nuestra complicada especie. Pese a su carácter complejo, controlador y perfeccionista, era un ser único, tan lleno de jovialidad, entusiasmo, vitalidad, humanidad, brillantez y encanto que generó verdadera lealtad en sus amigos y colaboradores. De hecho, cuando murió, su secretaria de toda la vida gastó sus ahorros en comprar su tumba junto a la de su jefe. ¿Puede haber mejor evidencia del afecto que era capaz de suscitar?


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