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H. G. Wells en el gueto de Varsovia

Báltica Editorial trae a las librerías «El arca del tiempo», la novela del multipremiado escritor polaco Marcin Szczygielski. Una visión particularísima del Holocausto, pensada para las nuevas generaciones

13 may 2019 / 22:12 h - Actualizado: 14 may 2019 / 14:11 h.
  • Gueto de Varsovia. / Fotografía Archivo Yad Vashem
    Gueto de Varsovia. / Fotografía Archivo Yad Vashem

Capital de la renacida Polonia desde 1919, Varsovia contaba con más de un millón de habitantes en 1939, siendo una de las ciudades más populosas de Europa. En ella residían 375.000 judíos, casi un 30% de la población total, cuya importancia social y económica era mucho mayor. Tras la invasión del país por las tropas de Hitler y la capitulación de la ciudad, la discriminación de esta comunidad no se hizo esperar. Las primeras medidas obligaban a los judíos a llevar el brazalete con la estrella de David y les arrebataba sus negocios y comercios; las escuelas semitas fueron cerradas y hombres y mujeres obligados al trabajo forzado. Al mismo tiempo se creó un Judenrat o Consejo Judío, única organización de autogobierno permitida por los nazis, encargada de gestionar los asuntos de la comunidad judía. Pero la cosa no acabó aquí. Decididos a establecer un «Nuevo Orden» en Europa, los alemanes separaron a los judíos del resto de la población por medio de guetos. Estos estaban situados habitualmente en un distrito urbano pobre, en el cual los judíos se veían forzados a vivir detrás de vallas, muros o alambradas de púas. El de Varsovia vio la luz entre octubre y noviembre de 1940, con un tamaño aproximado de 405 hectáreas, unas tres veces el parque madrileño del Retiro. Jaim Aarón Kaplan lo describe de este modo en su obra La vida cotidiana en el gueto de Varsovia: «Es imposible describir el grado de hacinamiento producido. Si miras desde algún balcón las calles del gueto, se ve un mar de cabezas humanas, olas de miles de personas que van y vienen, todos vestidos de la misma manera, no especialmente elegante, llevando en el rostro una marca de tristeza judía, que no se nos borra desde el día que nos convirtieron en polvo...».

H. G. Wells en el gueto de Varsovia
Marcin Szczygielski. / El Correo

Premiada en Austria y Alemania

En este clima opresivo y de absoluta falta de recursos —la ración de comida se redujo a una décima parte de lo necesario— cuesta imaginar el día a día de un niño de nueve años. Mucho más para las nuevas generaciones, cuya visión del Holocausto se reduce al cine o los documentales. ¿Recuerdan La vida es bella, del director italiano Roberto Benigni? Dicho título logró el aplauso unánime de la crítica y el público en prácticamente todos los países donde se proyectó a lo largo de 1999, logrando conmovernos a lo largo de sus 116 minutos. En ella, Guido Orefice, un judío italiano dueño de una librería, debía emplear su fértil imaginación para proteger a su pequeño hijo Giosuè de los horrores de un campo de concentración. Tal vez no sepan que dicha historia estaba parcialmente basada en la experiencia real de Rubino Romeo Salmoni, judío superviviente del Holocausto. Pues bien, Marcin Szczygielski, escritor y periodista polaco con más de treinta premios a sus espaldas, va incluso más allá y sitúa el foco en Rafal, un pequeño de 9 años que vive con su abuelo en el gueto de Varsovia. Un niño cuya situación es igual de dramática y al que conoceremos muy de cerca gracias a su narración en primera persona. ¿Cuál es la principal diferencia entre este personaje y el ingeniado por Benigni para su maravillosa película? Básicamente su independencia. Mientras Giosuè camina de la mano de su padre durante prácticamente toda la trama de La vida es bella, Rafal debe buscarse la vida por sí mismo, con la ayuda puntual de otras personas, debido a una serie de acontecimientos que trascurren a su alrededor. Un proceso en el que cobra gran importancia la lectura de una obra cumbre de la literatura fantástica, La máquina del tiempo, de H. G. Wells.

Un retrato vívido de la Polonia ocupada

Y, ¿cómo surge la idea de escribir una obra tan dura y a la vez tan fascinante? Según Szczygielski, autor de El arca del tiempo, «se me ocurrió gracias a Stefania Grodzieñska, una bailarina y actriz cómica polaca que vivió en el gueto de Varsovia. Fue ella la que me contó la historia de un niño judío, a quien intentaron sin éxito aclarar el pelo para que «se pareciera» a un niño ario. Stefania ayudaba a los niños en el gueto y tenía que sacar fuera de los muros del barrio precisamente a ese chico pelirrojo y llevarlo a un escondite en la parte aria de la ciudad. En el libro la llamé Stella y su viaje con Rafal por la Varsovia ocupada es la transcripción casi literal de lo que había vivido. Otras aventuras de Rafal descritas en el libro son el resultado de mi imaginación, aunque inspiradas por los relatos que hicieron los niños del gueto ya después de la guerra». Concebida como una novela para jóvenes, aunque de lectura provechosa para los adultos, El arca del tiempo (Báltica Editorial) sobresale en su retrato vívido de la Polonia ocupada; no en vano, Marcin Szczygielski ha realizado un importante trabajo de documentación para lograr trasladar al lector a una ciudad que, si bien fue víctima directa de la barbarie, trató de continuar con su cotidianeidad de la forma más honrosa posible. De este modo, quienes se adentren en las 255 páginas de la novela, bien traducida por Katarzyna Olszewska Sonnenberg y que, inevitablemente, remite a obras como La casa de la buena estrella, La ladrona de libros o El niño con el pijama de rayas, descubrirán la importancia de la literatura para evadirse del horror, de la solidaridad en tiempos difíciles o de la capacidad de resistencia del ser humano.

H. G. Wells en el gueto de Varsovia
Portada de ‘El arca del tiempo’. / El Correo

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