jueves, 23 noviembre 2017
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‘Historia de una monja’: Zinnemann nos descubre la resistencia de Audrey Hepburn

Antes de ‘Historia de una monja’, Audrey Hepburn había dado vida a jóvenes ingenuas, encantadoras y elegantes, convirtiéndose en la reina de la comedia romántica de la década de los 50. En este magnífico drama, Fred Zinnemann intuyó que bajo esa aparente alegría había vetas de sufrimiento y le dio la oportunidad de abordar un complejo personaje de agitada vida interior en la que fue la mejor interpretación de su carrera.

09 sep 2017 / 08:59 h - Actualizado: 07 sep 2017 / 00:23 h.
  • Cartel de ‘Historia de una monja’. / El Correo
    Cartel de ‘Historia de una monja’. / El Correo
  • Zinnemann buceó para descubrir bajo las facciones risueñas de la actriz inesperadas vetas de sufrimiento. / El Correo
    Zinnemann buceó para descubrir bajo las facciones risueñas de la actriz inesperadas vetas de sufrimiento. / El Correo
  • Audrey Hepburn logró el mejor papel de su carrera. / El Correo
    Audrey Hepburn logró el mejor papel de su carrera. / El Correo
  • Zinnemann estaba convencido de la superioridad del individuo sobre las instituciones. / El Correo
    Zinnemann estaba convencido de la superioridad del individuo sobre las instituciones. / El Correo
  • La imagen que perdura de ‘Historia de una monja’ es la de la protagonista, una interpretación extraordinaria. / El Correo
    La imagen que perdura de ‘Historia de una monja’ es la de la protagonista, una interpretación extraordinaria. / El Correo

Fred Zinnemann fue uno de los numerosos judíos centroeuropeos de gran talento que aterrizaron en Hollywood en la época dorada. En la obra de este suave, pero tenaz austriaco, apreciamos que le interesó tratar la resistencia en dos acepciones. Tanto en cuanto fortaleza del individuo que trata de preservar su integridad frente a la presión social o de las instituciones para amoldarle a determinados patrones, como el fenómeno histórico de la Resistencia frente al invasor nazi durante la II Guerra Mundial.

En Historia de una monja (The Nun's Story, 1959) el director aunó ambas temáticas, narrándonos los avatares de una religiosa belga, la hermana Lucas, que en un periodo entre la década de los veinte y los comienzos de la II Guerra, vive entre Bélgica y el Congo Belga. Su vocación por la atención a los enfermos supera con creces su compromiso con los ritos eclesiásticos. Por ello, se debate desesperadamente a lo largo del metraje, tratando de conciliar las exigencias de su conciencia con el voto de obediencia, hasta que dicha lucha culmina cuando debe decidir si permanecer neutral ante la invasión nazi, como le demandan sus superiores, o unirse a la Resistencia.

La novela en que se basó la película, inspirada a su vez en una mujer real que finalmente decidió volver a la vida secular, abordaba una cuestión delicada para la década de los 50. La productora Warner Brothers contrató a Zinnemann porque tenía justa fama de tratar con honestidad combinada con diplomacia materiales controvertidos. Así, años antes, había llevado al cine De aquí a la eternidad, otra popular novela que retrataba con escasa amabilidad la institución castrense americana, y lo había hecho con tal ecuanimidad, que el mismo ejército se avino a prestarle instalaciones militares para ambientar el rodaje. De igual manera, en Historia de una monja, su aproximación al relato fue tan respetuosa y tan alejada de burdos maniqueísmos, que logró obtener el beneplácito de la Iglesia católica y su apoyo a lo largo del rodaje. Y ello pese a que el factor catalizador del abandono de la congregación por parte de la protagonista fuera su incapacidad para acatar la neutralidad exigida a los religiosos por la jerarquía eclesiástica durante la guerra, después de la muerte de su padre a manos de los nazis.

La pieza fundamental de la obra es la interpretación de Audrey Hepburn, maravillosamente dirigida por Zinnemann. Esta sensible actriz compartía muchas cosas con la hermana Lucas. Ambas eran belgas que padecieron la opresión nazi y que sufrieron la pérdida de su progenitor. Ambas eran gentiles, respetuosas y llenas de dignidad. También eran mujeres frágiles en apariencia, pero dotadas de una voluntad férrea. A diferencia del personaje, Hepburn no era religiosa, pero proporcionó al personaje una espiritualidad que se alimentaba de su empatía, sus buenas intenciones y su interés por sus semejantes. El realizador buceó bajo las facciones risueñas de la actriz y radiografió con la cámara la delicadeza y el sufrimiento que anidaban en los pliegues de su alma. Por eso, lo que recordamos años después de ver la película es sobre todo su imagen, con su expresivo rostro triangular enmarcado por la toca, sus grandes ojos oscuros y esa sonrisa melancólica que parecía ocultar vetas de profunda tristeza.

También los secundarios estuvieron excepcionales. Zinnemann siempre supo aplicar amabilidad y tesón para obtener interpretaciones comprometidas de todos los actores. Peter Finch encarnó al cirujano volcado en su labor en el Congo Belga, que admira profundamente las extraordinarios cualidades como enfermera y como ser humano de la protagonista y que está platónicamente enamorado de ella. Trabajar juntos es gratificante para ambos porque viven con idéntica entrega la vocación de curar a los enfermos. Pero este doctor es también el personaje que más angustia le provoca a la joven porque le hace ser consciente de que, a diferencia de otras monjas, ella no transmite serenidad sino zozobra. Incisivamente, el médico le pone en evidencia que todo en ella grita su agotadora lucha interior entre lo que desea ser y lo que es. Finch era un hombre interesante y un actor excelente, capaz de transmitir un amplio espectro de emociones con la profundidad de su mirada y con gestos aparentemente pequeños.

Un papel corto pero muy importante fue el del padre de la hermana Lucas, encarnado por Dean Jagger, cuyo trabajo como brillante cirujano es la principal causa de la vocación de su hija. Compartió con Hepburn algunos de los momentos más conmovedores de la obra, como aquel en que, antes de ingresar en el convento, ella le dice que hará todo lo posible para que él esté orgulloso de ella y él responde: «No quiero estar orgulloso de ti. Quiero que seas feliz».

Zinnemann hubiera deseado rodar la película diferenciando entre los años en Europa en blanco y negro y el periodo en el Congo Belga en color. Su idea era transmitirnos el evidente contraste entre la experiencia de la protagonista en ambos continentes: años de mayor frustración en el primer mundo frente a una etapa de cierta realización personal en el tercero. Pese a que el estudio le obligó al director a realizar en Technicolor todo el metraje, a través de la excelente fotografía, decorados e iluminación, logró retratar claramente el contraste entre las dos etapas. Los exteriores e interiores rodados en Europa son apagados, solemnes, sobrios y recuerdan en ocasiones a cuadros de los pintores clásicos flamencos. Por el contrario, las secuencias rodadas en el Congo resultan vibrantes de colorido y vitalidad: la exuberante vegetación, las caudalosas aguas del río, las llamativas vestimentas de los nativos y las sonrisas luminosas de los niños acompañan el estado de ánimo de la hermana Lucas, algo más feliz en este periodo de su vida.

El realizador era un hombre cultivado, con opiniones meditadas sobre la vida que le habían llevado a la convicción de la superioridad del individuo sobre las instituciones. Pero una característica de Zinnemann era que no pretendía llevarnos a su terreno, manipulando nuestras emociones para lograr que sintonizáramos con su punto de vista. Nos dejaba libertad y en Historia de una monja nos dio una buena muestra de ello. Como judío cuya familia murió en campos de concentración, le debió doler particularmente la posición de la Iglesia católica ante el III Reich. Por ello, probablemente a él le llenaba de satisfacción que la hermana Lucas decidiera abandonar los hábitos para integrarse en la Resistencia. En ese sentido, lo más fácil para él hubiera sido aceptar la propuesta del compositor y autor de la banda sonora, Franz Waxman, de acompañar con unas notas triunfales el momento en que la protagonista abandona el convento. Sin embargo, optó por una escena muda, de manera que cada uno de nosotros decidiera sin condicionantes si alegrarse o disgustarse por la decisión de la religiosa. Esa opción no indica fría neutralidad, como algunos críticos achacaron a Zinnemann, sino una muestra de respeto por la inteligencia y criterio del espectador. Y en un mundo donde el adoctrinamiento es tan común, debemos agradecer ese gesto.


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