martes, 21 noviembre 2017
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Ínaco, un río de lágrimas

No aceptes regalos de los dioses, no ofrezcas tus servicios a los dioses... Aléjate de los dioses, podía ser la conclusión a la que nos lleva la mitología en numerosas ocasiones. Esa era una premisa que tenía clara Prometeo, titán, perdedor y creador de hombres. Sin embargo fueron pocos los que pudieron resistirse a la seducción y el poder que emanaba de esos seres.

10 jun 2017 / 12:40 h - Actualizado: 08 jun 2017 / 20:29 h.
  • Poseidón. / El Correo
    Poseidón. / El Correo
  • Zeus. / El Correo
    Zeus. / El Correo
  • Hera. / El Correo
    Hera. / El Correo

Como ejemplo del cuidado que se debe tener con los dioses, nos viene muy bien la historia de Ínaco, que como veréis no trata de evitar la cólera divina. Lo que le sirvió de poco, por no decir que de nada. Ínaco era un titán, hijo del titán Océano y la titánide Tetis (no la ninfa Tetis que fue madre de Aquiles).

La historia de Ínaco es casi casi humana, es la historia de alguien cuyo máximo deseo es vivir en paz, en su tierra, con su familia. Lo que cualquiera podría desear. Casado con su hermanastra Melía, tuvieron tres hijos entre los que destacaba su hija Ío. Vivían en la Argólide que estaba recorrida por un enorme río. Un día tuvieron la mala (pésima) suerte de que hasta allí llegasen Hera y Poseidón con la intención de dirimir quien debería ser el dueño de la Argólide (que por otro lado pertenecía a Ínaco) y decidieron que el juez de esta disputa debía ser Ínaco (con uno de sus hijos y otros dos ríos menores). A mí me parece que son un poco venenosos, primitivos y malsanos y seguramente, Ínaco amedrentado pensaba lo mismo. Su mujer le aconsejó que se inhibiera, que hiciera lo posible por no entregar las tierras ni meterse en la estúpida disputa. Los dioses no traen nada bueno. Sin embargo no le hizo caso y actuó como juez para determinar a quién pertenecían sus tierras y su río, si a Poseidón o Hera. Como quiera que cuando era niño (se ve que los titanes también fueron niños) la esposa de Zeus le había acariciado la cabeza, decidió otorgarle a ella la Árgolida y todo lo que tenía. Poseidón se enfadó, que es lo que suele suceder en todos los juicios con los perdedores y en castigo al pobre Ínaco, secó su enorme y hermoso río. A pesar de la sequía que la voluntad caprichosa de Poseidón causó y el consiguiente endurecimiento en las condiciones de vida, Ínaco decidió continuar viviendo con su familia, como si tal cosa.

Pasado un tiempo regresó Hera y decidió que quería que Ínaco le hiciera un templo para venerarla y que además, la sacerdotisa de su culto debía ser Ío. Ni que decir tienen que Melía advirtió a su esposo y que él mismo tenía sus reservas acerca de que Ío debiera dedicar a su vida a ningún dios, pero de nuevo le volvió a poder el deseo de mantener la paz y la tranquilidad. A pesar de que amaba a su hija y quería lo mejor para ella, la consagró como sacerdotisa de Hera.

Como en toda historia mitológica griega, que se precie de serlo, no puede faltar Zeus, tratando de acostarse con la muchacha de turno, intentándola convencer para que tenga relaciones con él (en este caso a través de un sueño). La pobre Ío soñó que Zeus se presentaba ante ella y el día que la deseaba, quería yacer con ella. Para proteger a su hija acudió a los oráculos de Delfos y de Dodona, donde le aconsejaron que alejase a su hija de aquellas tierras. Su mujer le pidió que no hiciera caso al oráculo, que eran los dioses, manipuladores, los que hablaban por su boca, pero Ínaco ignoró una vez más a su mujer (creo que la tercera vez era como para que le hiciera caso). Envió a su hija lejos de ellos, donde la pobre Ío no encontró protección cuando Zeus quiso yacer con ella y la convirtió en vaca. Hera, sintiéndose traicionada (por enésima vez) por su marido y su propia sacerdotisa, ordenó que un tábano la persiguiese e incordiara el resto de su vida. Un tábano es un insecto parecido a una mosca pero más grande, con cuerpo grueso, ojos grandes y verdosos. Me inclino a pensar que fue una tábano hembra porque son las que se dedican a picar caballos, bueyes y supongo que vacas para alimentarse de su sangre, mientras que los machos se alimentan de las flores. Y ahí veis al pobre Ío recorriendo con forma de vaca medio mundo antiguo y un bicho picándole constantemente.

Ya no había paz para el pobre Ínaco ni para su mujer, que le reprochaba constantemente su falta de carácter. Se acercó al cauce del río y comenzó a llorar desconsoladamente. Fue entonces cuando apareció un ser diminuto, arrugado y de aspecto femenino que comenzó a azuzarlo contra los dioses. Era la diosa de la discordia, Éride. La verdad es que la labor de este ser era sencilla después de todo lo que Ínaco había sufrido (pérdida de sus tierras, río, hija...), lo mínimo que podía hacer era enfadarse y maldecir a los dioses. Para ser alguien que sólo pretendía llevar una vida sencilla y pacífica, no podía haber obtenido peor resultado. Éride, que necesitaba del descontento y las rencillas, del rencor y el odio, no dejó de instar a Ínaco para que maldijera a los dioses, causantes de todos sus males. Por su boca salían todo tipo de improperios, insultos, maldiciones y blasfemias y así Éride iba mejorando su aspecto, mostrándose más grande, hermosa. El odio había prendido en el alma de nuestro protagonista, que no dudó en recorrer Grecia poniendo a caer de un burro (como por otra parte merecían) a esos dioses pérfidos, caprichosos y lascivos.

Cansado de servir a Éride, de insultar a diestro y siniestro, le dijo que si quería que continuara hablando mal del resto de dioses tenía que devolverle a su hija. La diosa mintió, porque forma parte de su trabajo como sembradora de cizaña el mentir, y le dijo que así sería, pero que era necesario que maldijese a alguien más: a su propia descendencia... Después de mucho pensar que no podía hacer eso a su hija, ni a los hijos de sus hijos, llegaron a un acuerdo. Podría maldecir a algunos descendientes a los que no conocería, los de la quinta generación. No sabía quienes serían ni le interesaba mucho y además se trataba de recuperar a su hija ¿no? Así, para tratar de recuperar la compañía de Ío, su padre maldijo a la quinta generación de sus descendientes (que serían las Danaides).

Zeus, cansado de maldiciones, envió a una furia (Tisífone) a deshacer las maldiciones que Ínaco había lanzado sobre ellos. Tejió una cuerda que ató al corazón de Ínaco, oprimiéndolo y destrozándolo. Ya fue demasiado para él y terminó por lanzarse al cauce de su río seco, ese río que había quedado seco por culpa de una estúpida disputa entre Poseidón y Hera. Se convirtió en ese río seco y allí quedó, cruzando la Argólida sin nada que ofrecer.

La pobre Ío, que no había podido detenerse ni un momento ante la persistencia del tábano, llegó al lecho seco del río, que ahora era su padre muerto. Se detuvo un instante. Ambos se reconocieron, con la pezuña escribió todo lo que le había sucedido y el río seco que era Ínaco comenzó a llorar, a expulsar su dolor y tristeza por sí mismo y por su hija. Esas lágrimas llenaron el lecho del río y lo convirtieron en uno con entidad propia. Su agua no era potable, pues eran las lágrimas de este pobre titán las que conformaban su cauce. Padre e hija volvieron a separarse. Ío continuó deambulando hasta llegar a Egipto, donde recuperó su forma humana y tuvo un hijo (con Zeus por supuesto). Ella se convirtió en Isis y su hijo en Apis y bajo esos nombres fueron adorados.

Ínaco encontró la paz en sus lágrimas y en el río que amaba y en el que él mismo se había convertido. Recordad, si un dios viene a pedir un favor u os ofrece algo, no les hagáis ni caso. Recordad al pobre y pacífico Ínaco, su dolor y su llanto y dadles una patada en sus olímpicas posaderas.


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