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Japón literario

Apenas un trío de editoriales españolas –Siruela, Atalanta, Alianza- mantienen colecciones de literatura japonesa, acercándonos con ellas a sus figuras claves y a través de los textos a unos mundos simétricos a los occidentales

01 feb 2019 / 15:44 h - Actualizado: 01 feb 2019 / 16:11 h.
  • A pesar de la estética radicalmente distinta, occidente y oriente se parecen en lo esencial. / El Correo
    A pesar de la estética radicalmente distinta, occidente y oriente se parecen en lo esencial. / El Correo

Mishima Yukio. EL PABELLÓN DE ORO

Los temas, los personajes, los decorados, el fondo espiritual, el relato histórico, todo lo que compone esta novela resulta consecuente con la ideología -y con la muerte- del literato japonés, que se quedó en el umbral del Premio Nobel.

Mentes torturadas por el sufrimiento, la traición, el desamor, el desarraigo; un país en guerra, un nacionalismo aplastado por la ocupación, el budismo zen, la venganza, la destrucción de la belleza, el atentado contra las raíces mismas de la vida. La corrupción, la disipación, el miedo. La sublimación.

Un ser asocial, en concurso con otros parecidos a él, con los que coincide en el camino de la vida, familiares, amigos, maestros.

Mishima realiza la biopsia de una mente psicópata y cruel, situándose cerca y retratando un mundo en contra. Aun así todo lo que se describe en la novela demuestra belleza y distinción según los más arraigados cánones de la cultura milenaria del país del sol naciente: armonía, serenidad, espiritualidad, panteísmo, tradición.

El pabellón de oro es un libro extraño, marginal, se resuelve y cobra sentido cuando su protagonista toma la decisión trascendental que justifica su vida. Es una disección del fanatismo, y de ahí su actualidad, para recuperar la mente del criminal, sea este pirómano, violador o yihadista. Su primera persona es perturbadora.

La imagen de El Pabellón de Oro, en Kioto, su brillo, la armonía de su estructura, el poder de su reflejo, los ciclos de la naturaleza, el agua, el cielo, el aire, el fuego, son los resortes que van componiendo la narración como si fueran las ondas en un estanque, una vez sumergida la piedra lanzada sobre su espejo.

Imagen de una imagen, reverberación, consecuencia, resultado de una acción finalizada que se mantiene activa con un ritmo desesperadamente más lento que lo que desearían los sentidos humanos. Imparable. Implacable.

Batir de las alas de una mariposa en el otro lado del mundo que ocasiona aquí un conflicto, una reflexión. Batir de las alas en un tiempo que modifica el presente. Literatura. Poética.

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Tōkaidōchū Hizakurige. / El Correo

Shonagon Sei. EL LIBRO DE LA ALMOHADA

Se denominaba El libro de la almohada a un cuaderno de anotaciones que se escondía en el cabecero de la cama y que servía para anotar experiencias y reflexiones del día, o de la vida, o para escribir poemas. O para recordarlos. Su mismo nombre nos lleva a algo íntimo, reflexivo y nocturno.

El de Seo Shonagon ha llegado a nosotros desde el siglo X japonés, cuando la herencia del clasicismo chino era más fuerte.

Jorge Luis Borges y María Kodama seleccionaron sus mejores fragmentos y los vertieron al español.

Se trata de escenas galantes, anécdotas, listados de cosas hermosas o aborrecibles, algo de un refinamiento al que quizás no se ha llegado en Occidente nunca. Es la elegancia de la sencillez. La honestidad de escribir para uno mismo sin necesidad de justificarse. El texto está recorrido por los códigos de los colores, de las flores, de las vestiduras y las cosas apropiadas en cada momento. Traspasado por las estaciones, por la alternancia del día y de la noche, por las nubes de lluvia y el rocío de los amaneceres, por citas amorosas.

La escritora parece poner en prosa un mundo poético, todo lo contrario a lo que es habitual para nosotros occidentales, de ahí el encantamiento que produce.

Porque lo poético es el tiempo por sí mismo, y no el Gabinete de Adivinación del Ministerio de Asuntos del Centro que lo mide, que sería lo prosaico.

Shonagon escribe desde el mundo de hadas de la corte imperial, ajena a las calamidades de las clases trabajadoras, esclavas, simplemente porque si no hubiera vivido en ese privilegio no hubiera podido detenerse a observar, ni hubiera estado preparada para describir esa naturaleza de detalles de asombrosa belleza, ya que “la plebe era insensible a la belleza de la nieve”, por ejemplo.

El libro es también una crónica de cómo era la vida en la corte, sobre sus festividades, ritos, la manera de viajar y de relacionarse.

Yasutaka Tsutsui. LO QUE VIO LA CRIADA. OCHO CUENTOS PSÍQUICOS

Es curioso que, siendo tan buena arma, no existan más narradores con poderes telepáticos en la Historia de la literatura. La criada es tan consciente de ese don que le marca la vida. Esto permite al narrador una clase novedosa de omnisciencia, influida por la filosofía oriental. Así que con ese pretexto, Nanase es capaz de asistir a los conflictos familiares de las casas en las que va trabajando desde el principio y en directo, procurando no intervenir, intentando cortar el flujo de esa conciencia que percibe cuando le resulta demasiado agresivo.

Asistimos, como nos explican las reseñas, a una disección de la sociedad japonesa, y a la biopsia de sus claves como sociedad: la empatía, la compasión, la fuerza colectiva, las tradiciones familiares, la elegancia, la simplicidad, la realización minuciosa del trabajo y la honestidad.

Nada de lo que se cuenta es demasiado kawai, ni esa niñera entrometida, ni todos esos palurdos, machistas, tiranos, resentidos, infieles, lascivos y sucios, cuyas fachadas son impecables.

Al traducirlos, estos cuentos lavan la ropa sucia y la tienden a la vista de todos. La parte cultural que aprendemos es esa diferencia que encontraríamos si algo parecido se atisbara en nuestro país, por ejemplo, o que similitudes habría. Donde se situaría el rango de tolerancia.

El autor se permite la narración omnisciente con un recurso modulado e inteligente con el que construye ocho piezas de resistencia.

Lo que vio la criada, no es mucho menos de lo que ven las personas de servicio en muchas casas, quizás no de manera tan concentrada, pero si, con perspicacia, a lo largo del tiempo de convivencia. Pero muy pocos la han contado desde ahí.

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Hishikawa Moronobu. Serie ‘Yoshiwara no tei’, el vestíbulo de un burdel. 1680. / El Correo

Junichiro Tanizaki. EL ELOGIO DE LA SOMBRA

Esto es una reflexión, en la que el lamento de un anciano por una época que desaparece se convierte en una crítica de la modernidad a ultranza y una comparación del modo de vida japonés con el occidental. Junichiro Tanizaki piensa sobre la belleza de la sombra como madre de la estética, la decoración y el paisajismo orientales.

Lo más importante es la mirada sobre los pequeños detalles de los objetos y las cosas de la vida cotidiana, algo profundamente arraigado en su cultura.

Junichiro no parece conocer demasiado bien las complejidades del mundo occidental porque lo reduce a un tópico de referencias, pero a cambio nos revela retazos decisivos del suyo, para que completemos con más informaciones nuestra percepción.

El refinamiento, descarnado incluso, del arte nipón se destaca como el aliento de una época más antigua, que se enfrenta al desarrollo industrial y a la mecanización del siglo XX. Una lucha entre la luz de la modernidad y la sombra del pasado.

Víctima de su propia retórica, el escritor se suicida, metafóricamente, al final del ensayo, consciente de su aislamiento como individuo, de rémora para el progreso.

El elogio de la sombra amplía nuestro conocimiento de Japón por la vía alternativa del ensayo.


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