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Jasón y Medea. Bad Romance

03 feb 2018 / 08:20 h - Actualizado: 02 feb 2018 / 10:31 h.
  • ‘Jasón y Medea en el Templo de Jupiter’; obra de Jean-François de Troy. / Museo Nacional Thyssen-Bornemisza
    ‘Jasón y Medea en el Templo de Jupiter’; obra de Jean-François de Troy. / Museo Nacional Thyssen-Bornemisza
  • Jason und Medea. / Christian Daniel Rauch
    Jason und Medea. / Christian Daniel Rauch

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Al leer este artículo sería interesante escuchar la canción de Lady Gaga «Bad Romance». Efectivamente, nos encontramos ante un romance (si es que puede llamarse así) malo, pésimo. La mitología griega está plagada de ellos y es que los héroes funcionaban bien como héroes, pero como maridos, esposos y amantes, dejaban mucho que desear. Una de las historias más terribles es la de Jasón y Medea (aunque Teseo y Ariadna no se quedaban atrás y Heracles y sus esposas... Mejor dejarlo).

Jasón era hijo del Esón, rey de Yolco que había sido asesinado por su hermanastro, Pelías, ansioso por hacerse con el poder. Su madre, que estaba embarazada, desconfió del nuevo rey (con buen criterio) y decidió hacer lo posible para que su hijo sobreviviese. Para hacerlo acudió a un método muy efectivo: fingió que su hijo había nacido muerto. Enterró una piedra en su lugar, lo lloró y organizó un sepelio en su honor, mientras lo enviaba con Quirón, el centauro, que se había convertido en uno de los grandes preceptores de la antigüedad. Entre sus alumnos: Peleo (padre de Aquiles), Telamón (padre de Ayax), Castor y Pólux, Orfeo, Laertes (padre de Odiseo)...

Fue allí donde Jasón comenzó a formarse, si bien sus cualidades no eran muy positivas: mentiroso, cobardica, chulo, fanfarrón, bocazas... Tenía un encanto personal y una amabilidad que provocaba que su profesor y sus compañeros le perdonasen cualquier cosa. Una vez que pasaron los años de escuela, lo enviaron a conocer mundo y Jasón tuvo la genial idea de ir al reino de Yolco, para reivindicar el trono. Ahí es nada.

Pelías había sido advertido por un oráculo de que un hombre joven sin una sandalia le arrebataría el poder y la vida. Los oráculos deben ser un runrún constante en la cabeza, una de esas cosas a las que no le das mucha importancia, pero ahí están, flotando en tu mente, hasta que te das con ellos de narices. Jasón iba de camino a su hogar cuando encontró a una anciana que no podía cruzar un riachuelo y le pidió que la ayudase. Y él, que era un tipo muy amable, cogió a la mujer sobre sus hombros y la llevó al otro lado, perdiendo una sandalia en el camino. Y es que la anciana (como suele pasar en este tipo de relatos) no era una mujer cualquiera, sino Hera, la esposa de Zeus, que pretendía, por un lado poner a prueba el carácter de Jasón y, por otro, vengarse de Pelías. Y, así, Jasón llegó medio descalzo y fue reconocido por el asesino de su padre que, en lugar de hacer lo mismo con él, decidió imponerle una misión imposible de cumplir. Le dijo que le cedería el trono si le traía el Vellocino de Oro que se encontraba en el Jardín de las Hespérides, en la Cólquide, o lo que viene a ser lo mismo: donde Zeus perdió la chancla (¿también Zeus?... Pues venía como anillo al dedo para decir que tenía que irse muy, muy lejos).

Jasón aceptó el reto fue en busca de sus amigos para embarcarlos en semejante aventura. Los jóvenes aprendices de héroes aceptaron encantados. ¿Por qué se hicieron llamar los argonautas? Porque el constructor del barco que había de llevarles hasta la Cólquide, se llamaba Argos. No es que fuese un gran armador de barcos y hasta que Atenea no le ayudó colocando en el nervio central de la nave una encina sagrada, no logró echarla al agua sin riesgo.

Tras innumerables aventuras llegaron a la Cólquide, reino gobernado por Eetes, que no estaba dispuesto a dejarles llevarse ni el Vellocino de Oro, ni absolutamente nada. Preferiría verlos muertos, y aunque lo más efectivo habría sido matar a los argonautas allí mismo, decidió ponerles una prueba (los reyes estaban muy aburridos). Les entregaría el Vellocino si lograban uncir dos toros sagrados que exhalaban fuego por la boca. Con ellos debía arar un campo y sembrar dientes de dragón de los que surgirían feroces guerreros con los que tendría que luchar o morir. Los argonautas, con Jasón a la cabeza, se vinieron abajo. Afortunadamente, estaban siendo protegidos por Hera y Atenea que decidieron enredar a Afrodita, capaz de hundir en el amor más fangoso a cualquiera que se le pusiera por delante. Y eso fue lo que sucedió.

Eetes tenía una hija llamada Medea, que era conocida por sus poderes mágicos, aunque no le sirvieron de nada cuando una flecha de Eros (enviado por Afrodita) le atravesó el corazón. Así, quedó ligada con un amor ciego e incondicional a Jasón y decidió abandonar padre, hermanos y reino, para ayudar y proteger a su amado. Sólo le pidió una cosa: que le jurase amor eterno. Por supuesto que él lo hizo y habría jurado lo que hiciera falta para lograr algo de ayuda. Medea le proporcionó el material que le permitiría ungir a los toros y una piedra (posiblemente un imán) que atraería a los guerreros que surgieran de los dientes del dragón y haría que luchasen entre sí. Jasón culminó con éxito su misión para desesperación de Eates que se negó a entregar el vellocino. Medea entró en juego otra vez, llevó a Jasón al Jardín de las Hespérides y mientras dormía al dragón (o serpiente) que custodiaba el Vellocino, él lo robo y huyeron juntos en el «Argos».

Eetes no podía consentirlo, se había quedado sin tesoro y sin hija (que también era un tesoro), decidido a atraparlos y recuperar lo suyo, emprendió una persecución. Embarcó a uno de sus hijos, que tomó la delantera. Viendo que los iban a atrapar, Medea ordenó que se detuvieran para parlamentar con su hermano, que confiado y creyendo que había sido secuestrada, accedió a hablar. El pobre fue atacado a traición por Jasón y Medea que lo hicieron pedacitos y tiraron sus trozos por la borda, esperando que su padre se detuviera a recoger los pedazos para enterrarlos. La persecución continuó, llegaron a la isla de Córcirá donde, para no ser atrapados mintieron. Dijeron que el rey no consentía su amor (ni una mención al vellocino ni al asesinato). Los gobernantes, compadecidos de los jóvenes amantes, les dijeron que si la chica era virgen nada podían hacer y debían devolvérsela a su padre, así que lo mejor era yacer juntos y como matrimonio solicitar su protección. Dicho y hecho, pero las mentiras tienen las patas cortas y cuando los gobernantes fueron informados de lo que había sucedido los expulsaron.

Por fin llegaron a Yolco y como Pelías no quería dejar el trono voluntariamente, Medea (que sentía un amor irracional por Jasón) engañó a las hijas del rey, las convenció de que con un sortilegio podía hacerlo joven de nuevo. El sortilegio consistía en despedazarlo y echarlo en un caldero del que saldría como nuevo. No intentéis hacerlo en casa, no funciona. Jasón pudo hacerse con el trono que ansiaba y aunque debería decir que fueron felices y tal, no fue así. Al héroe le entró la mala conciencia (a buenas horas) y no soportaba ver a su entregada esposa, con la que había tenido varios hijos. Decidieron iniciar un viaje, por si la relación mejoraba y recalaron en Corinto, donde Jasón se enamoró de la hija del rey y dijo a Medea que la abandonaba por aquella chica joven, que no mataba a gente y era un poco ingenua y tontona. Le pidió que lo liberase de su promesa y ella pareció asentir. La rabia y la ira la consumían. Sin embargo, puso su mejor cara y a través de sus hijos envió un hermoso vestido a la novia para su boda. El vestido estaba impregnado de sangre de centauro, que era tan tóxica que provocaba que quien se untase con ella saliera ardiendo y así sucedió: la novia y su padre (que fue a socorrerla) ardieron hasta la muerte. Aunque Eurípides (en el siglo V antes de Cristo) modificó la historia atribuyendo a Medea el asesinato de sus hijos, otras tradiciones dicen que los dejó en Corinto donde fueron asesinados por la plebe: pobres niños. Ella escapó volando y llegó hasta Atenas donde inició una nueva vida con otro esposo, pero no sabemos si llegó a liberarse del todo del encantamiento de Afrodita.

Jasón deprimido, pasó el resto de sus días cerca del «Argos» o de lo que quedaba de él, recordando tiempos mejores. Finalmente el nervio central de la nave, aquella encina sagrada colocada por Atenea, cayó sobre su cabeza y lo mató.

Mortales, huid de las grandes pasiones, de la ceguera, educaos en la mesura y nunca hagáis promesas que no podáis cumplir, porque sinceramente qué tiene que ver el amor con todo esto. Lo de Jasón y Medea fue una historia posesiva, iracunda y terrible.


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