jueves, 20 septiembre 2018
00:55
, última actualización

Justicia, venganza y catarsis en la serie Black Mirror

Pamplona, julio de 2016, cinco hombres violan a una joven de dieciocho años. A las pocas horas, el vídeo de los actos circula por Internet. Podría ser el inicio de uno de los capítulos de ‘Black Mirror’ (Charlie Brooker, 2011), pero no lo es. La pesadilla distópica que retrata la famosa serie británica parece estar, cada día, más alejada de la ciencia ficción. Todo lo que antes parecía improbable ahora forma parte de lo cotidiano.

23 jun 2018 / 08:53 h - Actualizado: 26 jun 2018 / 09:25 h.
  • El uso del desarrollo tecnológico se acerca más a los escenarios distópicos de Orwell o Huxley que a la extensión del ideal democrático. / El Correo
    El uso del desarrollo tecnológico se acerca más a los escenarios distópicos de Orwell o Huxley que a la extensión del ideal democrático. / El Correo
  • La lapidación de la protagonista es el modelo de la oclocracia. / El Correo
    La lapidación de la protagonista es el modelo de la oclocracia. / El Correo
  • Màxim Huerta. / El Correo
    Màxim Huerta. / El Correo
  • Cartel de la serie ‘Black Mirror’. / El Correo
    Cartel de la serie ‘Black Mirror’. / El Correo

En los últimos años, los dispositivos tecnológicos que median las interacciones humanas se han convertido en los protagonistas de la comunicación y han proporcionado a las masas no solo un medio, sino un arma de poder con la que ejercer la justicia popular. Esto es lo que retrata White Bear, el segundo episodio de la segunda temporada de Black Mirror.

La historia coloca al espectador del lado de la protagonista, una mujer que huye de sus perseguidores mientras una masa apática se dedica a grabar su tortura con los teléfonos móviles. Ella no entiende por qué quieren matarla ni, lo que es más grave, por qué, de entre todos esos testigos, nadie la ayuda. El misterio se resuelve al final del capítulo: el proceso que sufre es su castigo por ser cómplice del asesinato de una niña, a la que grabó mientras su prometido asesinaba.

Es el ojo por ojo en su versión más extrema y moderna, inscrito en una puesta en escena que señala la artificialidad de la sociedad actual, en la que todo se basa en el espectáculo. El ciudadano-espectador se convierte en justiciero gracias a las nuevas tecnologías, que actúan como arma de doble filo.

Algo similar se ha podido comprobar en España en los últimos tiempos. El caso de La Manada, con el que se abría este artículo, ha ejemplificado esa revolución social a través de las redes. Tras conocerse la sentencia del caso, saltaron todas las alarmas en el mundo virtual. En tan solo cuestión de horas, cientos de concentraciones en contra de la decisión judicial se organizaron por todo el país. Como resultado, tanto la víctima como la fiscalía anunciaron que recurrirían la sentencia. La capacidad de los jueces fue puesta en duda, así como la actuación del ministro de Justicia.

En esta ocasión, puede decirse que la reacción social ha propiciado un empuje hacia el avance y el progreso legal, pero no siempre es ese el resultado. En esta nueva forma de telerrealidad, la violencia forma parte del entretenimiento colectivo y, muchas veces, lo que mueve a la ciudadanía no es la búsqueda de la justicia, sino proyectar su agresividad en quienes obran de forma cuestionable.

Así, no es difícil encontrar cantidad de ejemplos actuales de linchamiento popular a través de Internet, como ocurrió con la influencer Dulceida durante su viaje a Ciudad del Cabo o con uno de los guionistas de la serie Allí abajo, a causa de un chiste sobre los andaluces. Amenazas de muerte e insultos conviven con las críticas de forma habitual en la mecánica de interacción en las redes, en las que cualquier persona hace gala de una autoridad moral que legitima su reproche a la figura de turno.

En White Bear, la lapidación de la protagonista es el modelo de la oclocracia, el gobierno de la muchedumbre, de un pueblo que tiene en sus manos la vida de una delincuente a la que castigan sin remordimientos porque consideran que se lo merece. Una sociedad de derecho pediría, en cambio, dejar el caso en manos del poder judicial, el único capacitado para administrar verdadera justicia según las leyes -modificables- que la propia sociedad se ha otorgado.

Sin embargo, vemos que esta no es una opción en el capítulo, en el que el objetivo no es hacer justicia, al contrario, lo que se busca es ejercer venganza y entretener al pueblo a costa del sufrimiento de otros. Con su comportamiento, los testigos de la persecución se convierten en aquello mismo que rechazan y están condenando. La protagonista no puede recordar lo sucedido de una tortura a otra, por lo que la repetición continua del mismo simulacro solo es útil como catarsis de los espectadores.

Lo que se hace patente en la ficción es la recreación, el disfrute por la desgracia y el sufrimiento ajeno. En este episodio, lo que más miedo causa no es la tecnología en sí, sino la transformación de los seres humanos debido al uso de los dispositivos. Pero los ciudadanos que aparecen no son del todo pasivos pues, aunque se limitan a consumir una realidad orquestada, también son creadores de ese contenido, lo que les convierte en prosumidores.

Hoy en día vemos vestigios de esta actitud en la extensión del papel de «perro guardián», tradicionalmente ejercido por la prensa, a los usuarios digitales -que no ciudadanos- que practican su vigilancia en las redes sociales. El rescate de tuits pasados de personalidades de importancia se ha convertido ya en actividad casi obligatoria para determinar la valía de un individuo. El conocido «Ser malos!» del actual presidente del gobierno y otros cientos de comentarios más o menos desafortunados, han dejado patente la importancia de las plataformas digitales como arma en el mundo moderno.

La conexión con Black Mirror estriba en que la realidad se ha convertido en un reality show donde lo que ocurre en el mundo virtual determina los sucesos del mundo factual. Por ejemplo, en las últimas semanas, la presión ejercida por las redes ha propiciado la dimisión del ministro de Cultura y Deporte, después de que un periódico digital destapase un fraude fiscal que cometió hace años.

Y, como en Black Mirror, desde hace unos meses, plataformas como Twitter también han servido para canalizar la indignación social ante diversos crímenes. Los casos de Gabriel Cruz, Diana Quer, Mari Luz Cortés o Marta del Castillo, han servido para extraer un descontento con la legislación y exigir un cambio que no queda claro si está movido por la necesidad de justicia o la sed de venganza.

Quizá sea este el asunto más destacado y cercano a la ficción analizada. Mientras las masas piden las cabezas de quienes han infringido la ley, los catedráticos de derecho penal y penitenciario aseguran que lo que se pide no es justicia, sino tomar represalias. Así lo demuestra el caso de Larry Nassar en Estados Unidos, cuando, en uno de los juicios, el padre de una de las víctimas pedía cinco minutos a solas con el acusado. Si hubiese tenido esa oportunidad, probablemente, lo habría matado con sus propias manos.

No hay duda de que el desarrollo tecnológico ha aportado grandes avances, en especial en el ámbito de las comunicaciones, pero tampoco se puede negar que, a veces, su uso se acerca más a los escenarios distópicos de Orwell o Huxley que a la extensión del ideal democrático. Por ello, es muy necesario reflexionar sobre el papel de estas tecnologías, la importancia que les otorgamos y su capacidad para moldear el comportamiento social. No se trata de ser tecnófobos, pero sí de plantearnos hasta dónde estamos dispuestos a entregarnos a los dispositivos, a convertirnos en seres cercanos a los cíborgs, en definitiva, a perder aquello que nos hace humanos.


Versión impresa y hemeroteca de El Correo
  • 1
Entrevistas - Personajes por Andalucía
Todos los vídeos de Semana Santa 2016