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La convicción de una emprendedora

17 dic 2018 / 06:59 h - Actualizado: 17 dic 2018 / 11:11 h.
  • Matilde de Urrutia. / Fotografía de María Sanz
    Matilde de Urrutia. / Fotografía de María Sanz
  • En los talleres de Matilde de Urrutia se han cosido buena parte de los trajes que lucieron los mejores bailarines y bailarinas españoles. / Fotografía de María Sanz
    En los talleres de Matilde de Urrutia se han cosido buena parte de los trajes que lucieron los mejores bailarines y bailarinas españoles. / Fotografía de María Sanz

Matilde de Urrutia Matesanz es conocida en el mundo de la farándula madrileña desde hace decenas de años. En sus talleres se han cosido buena parte de los trajes que lucieron los mejores bailarines y bailarinas que se han subido a los escenarios de distintas ciudades españolas. Es raro que alguien que visita Madrid, conociendo el centro de la ciudad, no pase por delante del escaparate de la tienda de disfraces y trajes de danza conocida como ‘Maty’

Alrededor de las grandes producciones teatrales siempre encontramos una serie de personas que trabajan duro para que los proyectos se puedan hacer realidad. Es raro que nadie se pregunte quién ha cosido esos trajes tan hermosos que vemos sobre el escenario. Los que andamos alrededor, también, de esos escenarios para analizar lo que sucede sobre ellos, tenemos el privilegio de conocer a algunas de esas personas que, desde el anonimato, consiguen que la magia del teatro, de la danza o de la ópera, se impongan cada tarde que pasa.

Matilde de Urrutia ha dedicado su vida entera al negocio que puso en marcha hace ya muchos años. Comenzó haciendo algo que los jóvenes no saben ni siquiera que se pudiera hacer: cogía puntos a las medias de mujer. Compró su primera máquina cuando renunció a un viaje con su tío. En lugar de ese viaje, Matilde pidió a su familiar que le comprase esa máquina para poder montar su propio negocio. Cuando en 1953 conoció al que sería su esposo (tres meses de noviazgo fueron suficientes porque «antes teníamos poco que pensar, Gabriel. Si decíamos sí era sí».) aparecen algunas dificultades propias de la época. No todos en la familia de su esposo veían con buenos ojos eso de que la mujer trabajase fuera de casa. Sin embargo, Matilde y su esposo tuvieron claro que ella debía trabajar por su cuenta y que la familia no tenía gran cosa que decir al respecto. «Si no hubiera sido así me hubiera durado el matrimonio quince minutos. Yo era hija de separada. Y en esa época era rarísimo. Tenía muy claro que quería mantener intacta mi independencia. Mi marido me comprendió desde el primer momento. Era un hombre extraordinario», dice Matilde mientras juega con una servilleta de papel. Estamos tomando un café en el Café de Oriente de Madrid. Un privilegio el lugar y la compañía. Matilde sigue hablando, ahora con la mirada algo más perdida en el recuerdo: «Siempre digo que cuando murió mi marido murieron dos personas; la otra era yo que quedé muerta en vida; su muerte me ha costado veinte años de mi vida».

La convicción de una emprendedora
Matilde de Urrutia, en ‘Maty’, su mítica tienda de disfraces situada en el centro de madrid. / Fotografía de María Sanz

El negocio siempre fue cosa suya. Una mujer emprendedora en esa época era una rareza absoluta. Iba creciendo y, al mismo tiempo, ella iba buscando la mejor ubicación de los talleres y la tienda. Si el cliente se desplazaba, ella hacía el mismo movimiento.

Matilde tiene 88 años y habla con convicción. Le gusta cómo ha hecho las cosas en todos los ámbitos. Ha sido feliz trabajando y dando trabajo; ha sido feliz en su matrimonio; habla con orgullo de su familia. «Todo consiste en organizarse y en hacer las cosas bien. Mira, todos mis hijos se han criado tomando el pecho. Fui capaz de manejar el tiempo para poderlo hacer. También es cierto que tenía dos mujeres ayudando en casa. Pero nunca se me ocurrió renunciar a tener hijos por mantener el negocio y sacarlo adelante». Matilde habla de su madre con devoción. Como habla de su marido. «Mi madre fue muy liberal y me enseñó que se podía trabajar y ser madre. Ella era una mujer muy bien preparada. Logró trabajar en un puesto estupendo. Bordaba, cosía, leía... Una mujer separada en su época era una especie de monstruo extraño».

Le pregunto si cree, entonces, que la familia es la clave de todo. No duda ni un instante para afirmar con rotundidad. Le pregunto si eso es igual en el mundo actual. Duda. «Antes teníamos menos cosas, pero las apreciábamos mucho más. El esfuerzo que realizaba un padre calaba mucho en los hijos. Hoy somos más infelices porque ese esfuerzo y todo lo que ocurre a nuestro alrededor parece ser un derecho y nos hace estar exigiendo cada minuto. No se puede ser feliz cuando sientes que no se te da lo que crees que es tuyo. Y resulta que ahora pensamos que todo es nuestro».

Durante nuestra charla, hemos hablado de lo maravilloso que era el centro de Madrid. Los chavales podíamos merendar en la tienda del barrio porque, más tarde, iría nuestra madre o nuestro padre a pagar. Cualquier vecino estaba dispuesto a ayudar si era necesario. Madrid era un conjunto de barrios y no una masa amorfa como la actual. Hemos hablado de un negocio que ha logrado sobrevivir a la llegada de un mercado demoledor alterado por personas orientales que llegaron destrozando los precios (»A nosotros eso nos hizo trizas, Gabriel»). Hemos hablado de cómo ella se entregó a su marido por amor y no por ninguna otra cosa. Hemos hablado de lo divino y de lo humano.

Nos despedimos. Una de las nietas de Matilde, María, llega para rescatarla. Tengo la sensación de ver cómo de aleja parte de lo que ha sido Madrid, de lo que han sido los escenarios españoles, de lo que ha sido una época entera.


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