domingo, 24 septiembre 2017
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‘La lluvia en el desierto’, un alivio para la travesía

¿Puede morir la poesía? Desde luego que no. Los seres vivos son los que mueren porque existen, pero la poesía no puede porque es. Esta es una de las ideas que maneja Concha García en un artículo que, además, nos acerca a la obra de un poeta desaparecido que dejó para nuestro deleite una obra importante, Eduardo García, y al ensayo ‘Atrapad la vida’ de Andréi Tarkovski

09 sep 2017 / 08:30 h - Actualizado: 08 sep 2017 / 17:46 h.
  • Portada de ‘La lluvia en el desierto’. / El Correo
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  • Portada de ‘Atrapad la vida’. / El Correo
    Portada de ‘Atrapad la vida’. / El Correo

Tengo entre las manos el libro La lluvia en el desierto, poesía completa de Eduardo García (1995-2016), editado por la Fundación José Manuel Lara, en la bella colección Vandalia. Eduardo falleció en 2016, con solo 50 años. Hay una fina línea, estelas de existencia, que con la muerte no desaparece. Sabemos que la poesía no muere, mueren libros enteros, poemas, textos; las causas del olvido son infinitas, pero la poesía no muere porque es. Morimos nosotros, y ese es el drama de la existencia.

La poesía es una ontología de la percepción apta para todos los que se hayan tomado el tiempo de comprenderla. En los últimos tiempos el nivel se ha rebajado tanto que cuesta encontrar un buen libro ente tanta hojarasca. Publicar un libro está al alcance de cualquiera que pueda pagar una edición. Cualquier cosa vale. Y no es así. Nunca lo fue. Eduardo García hizo una aportación valiosa con un ensayo editado en el año 2000: Escribir un poema. Consejos, merodeos, lecturas que ayudaron a formar al poeta y que regaló para un posible alter ego más joven, soñando que sería el otro, el mismo, como en una de las narraciones de Borges.

En Atrapad la vida, de Andréi Tarkovski (1932-1986) (ensayo muy recomendable que acaba de publicarse por primera vez en España en la editorial Errata Naturae), el director ruso rememora sus rodajes y desvela sueños y secretos, defiende la función del cine como correlato de la realidad, y no como una fábrica de producir personajes consumibles e imitables. No le gustaba el cine solo poético: lo poético corre el riesgo de ser cursi, inane. Lo poético debe trascender, digámoslo con una idea de Walter Benjamin, el aura del acontecimiento. Ya he dicho más de una vez que la poesía no debe entenderse sino comprenderse. Recordemos lo que dijo el director ruso al respecto: «Pero dado que la comprensión es un proceso, esto significa que es un movimiento progresivo. Este proceso, no puede, de ningún modo, significar el rebajamiento del artista al nivel del espectador». Elevar al espectador su capacidad receptiva, de eso se trata.

Y regreso a la obra poética de Eduardo García. La lluvia en el desierto recoge toda su producción poética que comenzó en 1995 con Las cartas marcadas, e incluye el prólogo que su autor pensaba para su poesía reunida, enriquecido con dos libros inéditos, y otros poemas no publicados. Siete libros cuyas tonalidades fueron cambiando con el tiempo.

Comenzó su poesía pareciéndose a los poemas que estaban de moda en los años 90, marcada por un tono cordial e irónico, juegos de palabras entre aforismos y sentencias, y un yo narrador que se centraba en lo anecdótico. Yo deseaba ser aquel que soy./ Ahora quisiera ser quien me soñaba./ Daría estos renglones sin dudarlo/ por recobrar las vidas que perdí. Gil de Biedma era un referente, también lo fue Ángel González.

Cuando conocí en Córdoba a Eduardo, hace ya muchos años, comprendí que él escribía como aparentaba ser; quiero decir que su jovialidad, alegría, capacidad para relacionarse, y una gran sensibilidad eran la marca de su escritura, al menos, la marca externa. En una entrevista que se puede encontrar en internet, hablaba de su desarraigo (nació en Brasil, vivió en Madrid y le dieron la plaza como profesor de Filosofía en Córdoba, en 1991), y de la dimensión moral del hombre comprometido con su tiempo. Escribir un poema para él carecía de fórmulas, descubría cosas a medida que las escribía. La escritura era una luz que no se interponía para deslumbrar, sino para guiar el sentido de las palabras en direcciones oníricas. Eduardo García no carecía de imaginación. «No sabía que tenía un jardín tropical poblando mi fantasía». Su impulso creador no estaba lastrado por el dolor, sino por el deseo.

Puedo salir al paso de este día/ sin temor, a la luz, dispuesto a todo. / y me crezco en el goce de estar vivo,/ derrochando mis fuerzas sin medida/ a la caza y captura del instante... (del poema Claroscuro).

Como él decía, su obra ensayística estaba escrita para que un joven la leyera y aprendiera, sin pasar por las penalidades de la experiencia íntima. Libros que el maestro dejó para sus lectores más jóvenes. Un juego de espejos que en sus versos, casi siempre endecasílabos, daban cuenta de una biografía que mostraba la otra cara de lo real, sin intentar acercarse a la unidad perdida: idea muy pertinente cuando dudas de todo y tratas de recomponer tus pliegues ontológicos. Los poemas dedicados a su infancia, cuando recuerda a su madre, son lúcidos y conmovedores: La firme voluntad de ser yo mismo./ El miedo a que el amor me haga infeliz./ La tierra que me aguarda silenciosa./ El niño que perdí y que a veces vuelve./ Los versos que una vez me dicta lenta, / La cama de hospital donde mi madre/ vuelve estúpidas todas esas cosas.

Me inclino a afirmar que la mejor poesía la encontramos en los últimos libros de Eduardo, cuando gana madurez poética en la proximidad justa y verdadera. En Bailando con la muerte, su último libro, la apuesta ya no es filosófica, ni se preocupa de hallazgos oníricos. Es la palabra desnuda ante el miedo, ante la certeza, quizás es el filón de su poesía que más interesa. Sin perder la ironía ni el deseo: ”. Un gran libro que no morirá.


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