domingo, 09 diciembre 2018
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La resurrección de Mimì

‘La Bohème’ es una de esas óperas que siempre gustaron a casi todos y que quisieron cantar casi todos. Sin embargo es una ópera que se convierte en una trampa mortal porque es del gusto de casi todos y ha sido interpretada por casi todos. Y ese casi todos incluye a los aficionados de verdad y a los mejores cantantes de todos los tiempos. No valen experimentos, ni medias tintas. O la producción tiende a la perfección o el problema aparece a la primera de cambio

19 dic 2017 / 09:05 h - Actualizado: 18 dic 2017 / 22:45 h.
  • La soprano Carmen Romeu desarrolla bien el arco dramático de su personaje y es la cantante que alcanza mejor nivel vocal en esta producción. / © Javier del Real | Teatro Real
    La soprano Carmen Romeu desarrolla bien el arco dramático de su personaje y es la cantante que alcanza mejor nivel vocal en esta producción. / © Javier del Real | Teatro Real
  • La muerte de Mimì es todo un clásico de la ópera. / © Javier del Real | Teatro Real
    La muerte de Mimì es todo un clásico de la ópera. / © Javier del Real | Teatro Real
  • La producción que se presenta en el Teatro Real de Madrid invita a la reflexión sobre el papel del espectador en la ópera. / © Javier del Real | Teatro Real
    La producción que se presenta en el Teatro Real de Madrid invita a la reflexión sobre el papel del espectador en la ópera. / © Javier del Real | Teatro Real

Giacomo Puccini compuso algunas de las mejores óperas de todos los tiempos. Para muchos, después de Puccini la ópera dejó de serlo y se convirtió en otra cosa. Para otros, la música de Puccini era blanda, facilona y superficial. Unos defienden que Puccini no era verista (él mismo decía que estaba lejos de esa forma de entender la ópera). Otros dicen que era el jefe de la banda (el que escribe lo cree firmemente y lleva años defendiendo esa idea fracasando y triunfando a partes iguales en el intento). La Bohème es una de esas óperas extraordinarias que compuso Puccini. Una de las óperas que no fallan nunca en las taquillas. Pero La Bohème es una trampa terrible. La han interpretado los mejores cantantes de la historia y lo siguen haciendo. Gusta tanto a los aficionados (que han escuchado a esos cantantes de primer nivel interpretando esta ópera) que el grado de exigencia es enorme. No vale todo cuando se trata de La Bohème y las referencias son terroríficas. Es decir, los cantantes deben tener un nivel más que aceptable y la producción debe arrimarse a la esencia de lo que escribió Puccini y los libretistas Giuseppe Giacosa y Luigi Illica, que adaptaron la novela de Henri Murger Scènes de la vie de bohème por encargo del compositor que había quedado rendido ante un relato que cayó en sus manos fortuita y afortunadamente para la humanidad.

La tarde en Madrid ya no regala esa luz velazqueña tan mítica de la que tanto se ha hablado. Son rayos cenicientos los que intentan adornar el atardecer sin demasiado éxito. Pero el paseo por el centro de Madrid, hoy, es apasionante. Porque Mimì va a resucitar. Dos horas y media después volverá a morir en brazos de Rodolfo, pero eso no deja de ser una oportunidad para volver a la siguiente de las resurrecciones. En el Teatro Real de Madrid la expectación es grande. Con Puccini siempre pasa lo mismo.

La propuesta escénica de Richard Jones es más que interesante. Quiere que el espectador vea la ópera sin olvidar que observa una ficción que encierra todo un universo reconocible que trata de explicar. Nos deja ver lo que tiene de mentira una gran verdad que llamamos ópera. Y eso invita a la reflexión ya que nos hace sentir estar fuera y dentro al mismo tiempo de ese mundo de ficción. Vamos a ver cómo los elementos que ordenan la caja escénica se mueven de un lado a otro (los mueven los operarios sin taparse), como la grandeza de un escenario es compatible con la pequeñez del detalle que tiende hacia un claro minimalismo. Es curioso y no desvirtúa la esencia de La Bohème. El viaje nos lleva del artificio al teatro puro. Sin embargo, genera un problema a los cantantes. Las estructuras que se colocan y se retiran dependiendo del momento, sirven para proyectar el sonido notablemente hacia la platea o para dejar en tierra de nadie a los cantantes. Cuando faltan esas estructuras, los cantantes deben realizar un esfuerzo mucho mayor. Y esta ópera, que muchos creen fácil, no lo es. Requiere que la robustez en las voces se haga protagonista sin que se pierdan los matices puesto que estos construyen personajes y son fundamentales.

Los cantantes que se subieron al escenario no son malos. Ni mucho menos. Al contrario manejan timbres y colores muy bonitos, muy agradables; técnicamente están muy bien preparados. Pero les falta algo de fuerza. No sólo por ese problema con un escenario que se alarga en su fondo muchos más metros de lo normal; además, la orquestación obliga a elevar el tono de forma especial (Paolo Carignani introducía los metales con cierto ímpetu y esos fueron los momentos en los que las carencias se dejaron notar con mayor intensidad). Sería injusto decir que Yolanda Auyanet (Mimì) es una mala cantante porque no lo es. Ni Carmen Romeu (Musetta) lo es. Además, desarrollan el arco dramático de sus personajes con cierta solvencia. Piero Pretti, un tenor instalado claramente en la tradición italiana, se esfuerza y logra momentos agradables. No se puede decir nada que no sea esto. Pero tampoco que es la mejor Bohème que ha pasado por aquí o se ha interpretado por allí. Eso no.

El Coro Titular del Teatro Real, como de costumbre, muy bien. No luce tanto como en otras ocasiones porque nada luce tanto como en otras ocasiones, pero no fallan. Como de costumbre. Los Pequeños cantores de la ORCAM, estupendos. Da gusto ver y escuchar a unos niños y niñas tan pequeños interpretando a sus personajes y cantando tan bien como lo hacen.

El director musical, sin grandes alharacas, con una exquisita corrección, sin buscar experimentos innecesarios e intentando arropar a unos cantantes que lo necesitaban, hace su trabajo pasando más desapercibido que otra cosa.

Y es que esta es una producción que pasará y no dejará gran huella entre los aficionados. No por sus carencias. No. El problema cuando hablamos de La Bohème es que la obligación de llegar a la excelencia pesa en exceso, a unos y a otros, en el escenario y en el patio de butacas.

Mimì volverá a resucitar durante un par de horas y media. Ya veremos en esa ocasión cómo sale la cosa. De momento, toca esperar.

Escenas de la vida bohemia

Henry Murger escribió sus Escenas de la vida bohemia sin saber que ese libro sería el que inspiraría a Puccini para escribir una de las óperas más famosa, más representada y querida por el público, de todos los tiempos: La Bohème.

Murger fue entregando los diferentes capítulos o escenas, durante cinco años, en el diario francés El Corsario. Tal y como dejó escrito el propio autor, Escenas de la vida bohemia no es una novela, es un libro en el que se recopilan distintos textos y la pretensión era trazar los contornos de un estilo de vida de un tipo de personas que habían hecho del desorden una forma de entender el mundo y una necesidad para poder sobrevivir en un mundo hostil para toda corriente artística que no representara los gustos más ‘oficiales’. Murger quiso despojar a los artistas más malditos de la época de esa carga que les hacía parecer casi malhechores.

El libro de Henry Murger es entretenido aunque no se puede considerar nada del otro mundo en sentido literario. El costumbrismo, el perfil de unos personajes entrañables; una relaciones sanas, sin rastro de egoísmos y asentadas sobre la amistad y el amor verdaderos o sobre la superficialidad más absoluta considerada buena vara de medir (el arco dramático de los personajes da para mucho), son los pilares narrativos con los que trabaja Murger.

Los aficionados a la ópera reconocerán con facilidad a todos los personajes que aparecen en las páginas de este libro porque coinciden con los de La Bohème. Y las situaciones que se representan, casi siempre, también son reconocibles. Los aficionados a la literatura se encontrarán con una serie de relatos sin grandes pretensiones aunque divertidos. Y los que quieran entender qué era eso de ‘la bohemia’ pueden intentarlo con este libro. Al fin y al cabo, aunque el sesgo es claro, Murger estuvo en el centro de ese huracán y, como él, muchos vieron en esa forma de vivir una razón sólida para no tomarse la vida en serio salvo en el terreno de las artes. El resto era para muchos pura anécdota.


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