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Las mejores películas del siglo XXI (XIV)

Nunca antes ningún director de cine se había atrevido a contar las cosas de un modo tan brutal, sin concesiones de ningún tipo y sin un ápice de esperanza. Béla Tarr mira el mundo, intenta comprender la existencia, hace una película y nos la coloca sobra la espalda como una carga de la que jamás nos podremos deshacer. El cine de este realizador húngaro es excepcional. Aunque no faltan los que se aburren como ostras mirando la pantalla

03 ene 2019 / 14:55 h - Actualizado: 03 ene 2019 / 15:20 h.
  • János Derzsi es el actor principal y encarna a su personaje de forma magistral. / El Correo
    János Derzsi es el actor principal y encarna a su personaje de forma magistral. / El Correo

La pobreza o la soledad son una desgracia. Claro que sí. Pero la peor de las desgracias es despertar cada día teniendo que repetir las rutinas a las que obligan esa pobreza o esa soledad. Se puede ser pobre, pero lo insoportable debe ser sentirse pobre, o solo, o condenado, cada día sin excepción. Si es verdad eso que decía Samuel Beckett (que en la vida de una persona no sucede absolutamente nada) la desgracia, como rutina o como meta, suena insoportable.

The Turin Horse (A Torinói Io, 2011) es una película firmada por Béla Tarr. Nos presenta un ambiente pre apocalíptico en un blanco y negro bellísimo (absolutamente necesario puesto que nada hay más gris que el fin del mundo) que intenta localizar las sombras, los pliegues de la luz, los brillos casi improbables que, si se buscan, se encuentran.

Se cuenta en la película la historia de un hombre, de su hija y del caballo que poseen. Arranca la cinta justo después de ocurrir esa anécdota protagonizada por el filósofo Nietzsche (03.01.1889) que se abalanzó sobre el cuello de un caballo desfallecido al que hostigaba su dueño sin piedad. Nietzsche rompió a llorar y dijo “Madre, soy tonto” (“Mutter ich bin dumm”). A partir de ese momento, la consciencia del filósofo se vio mermada durante los diez años que siguió con vida. Divide Tarr el relato en seis partes. Cada una de ellas corresponde a un día de los seis días que Dios utilizó para crear el universo. El séptimo descansó. Tarr desmonta el chiringuito divino con esas seis partes (30 planos secuencia). Y luego descansa, también. Prometió no volver a hacer cine. Dios y Tarr decidieron callar al acabar con sus creaciones. Porque callar es una forma de descansar.

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La realidad de la película es asimétrica. Falta un caballo en el tiro, la madre en la pareja, un ojo... / El Correo

The Turin Horse incluye una banda sonora bastante particular. Música de chelos repetitiva, casi obsesiva. Y se podría decir que el ruido del viento forma parte de esa música. El viento es un personaje más de la narración que llena de polvo y hojas muertas la escena.

El mundo se acaba porque ya nada tiene sentido. Y Tarr lo representa a su manera. Las reiteraciones de las rutinas de padre e hija, su pobreza, su falta de esperanza. Los personajes no se quejan. El caballo; utilizado tantas veces por realizadores como, por ejemplo, Tarkovski; está acabado, está medio muerto y ahora representa la falta de ánimo, de fuerzas. Ni se mueve, ni quiere comer. El fin del mundo no se puede detener. El pozo de agua ya está seco, no quedan ganas ni de comer. Y el espectador se encuentra en medio de todo este lío que no perdona a nadie.

La cámara de Tarr es extraordinaria. Si, por ejemplo, el caballo es encerrado en el establo, el realizador nos lo va a mostrar desde un encuadre exacto con el que podamos sentir cómo el animal queda a oscuras, solo, a las puertas de la muerte. Porque la muerte del equino representa la de todos y es necesario que el espectador la sienta como suya. Nos deja mirando la pantalla, las puertas del establo cerradas, todo el tiempo que sea necesario. Lo consigue, ya lo creo que lo consigue.

Las mejores películas del siglo XXI (XIV)
Béla Tarr se empeña en arrojarnos su forma de mirar sin compasión. / El Correo

János Derzsi (el padre) hace un papel monumental. Erika Bók (la hija) defiende el papel de forma impresionante. Ellos solos frente al final de todo. Unos gitanos durante unos segundos y un vecino durante unos minutos les acompañan. Son pocos los personajes, son pocos los objetos que vemos. Y, además, faltan las parejas. Un solo caballo tirando del carro; falta la madre-esposa; a él le faltan un brazo (no lo mueve) y un ojo (el otro es de cristal). La carcoma ha dejado de roer después de 40 años.

Los diálogos son escasos y muy precisos. El guion es simple aunque el realizador nos lo echa encima para sepultarnos. En la última escena todo se oscurece. Termina fundido a negro.

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Cartel de ‘The Turin Horse’ del realizador Béla Tarr. / El Correo

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