martes, 18 diciembre 2018
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Lawrence Durrell, o el quinteto de Aviñón

Fue un genio. Hoy podríamos denostarlo, condenándolo por algo que nunca se demostró: la acusación de incesto que lanzó su hija Sappho antes de ahorcarse, que le amargó los últimos años. Está de moda hacerlo pero no queremos. We don´t. Porque nos negamos a condenar creaciones situadas por encima de nosotros mismos. «La escuela de libertinaje». «Lolita». «Teresa soñando». «Muerte en Venecia». Nos oponemos a la censura. Cualquier tema cabe en una obra maestra y exorciza la auténtica maldad.

09 jun 2018 / 08:51 h - Actualizado: 06 jun 2018 / 20:33 h.
  • Lawrence Durrell. / El Correo
    Lawrence Durrell. / El Correo
  • Palais des Papes, Avignon. / El Correo
    Palais des Papes, Avignon. / El Correo
  • Avignon. / El Correo
    Avignon. / El Correo

EL PRÍNCIPE DE LAS TINIEBLAS: MONSIEUR

Si la identidad es la endeble sugerencia de coherencia con que nos hemos investido, como se afirma en la novela, Lawrence Durrell se apasiona en cimentar las de sus personajes, dándoles solidez, cohesionándolas, revistiéndolas a lo largo de cinco libros que componen un quinqunx, y lo hace como si los fuera lacando para definirlos, añadiéndoles nuevas capas de barniz, puliéndolos una y otra e innumerables veces, hasta que el lector puede percibir todos sus brillos nacarados y sus transparencias.

Y son muy atractivos: Akkad, promotor de una secta esotérica que se reúne en un oasis en el desierto egipcio. Sabine, misteriosa hechicera que vaga por el mundo. El trío compuesto por Piers, Sylvie, y Bruce, que ocupan la centralidad del libro con su poliédrica relación atrapada en un castillo provenzal; Blanford, y Sutcliffe, pareja de narradores intercambiables; además de la enigmática Pía de quien solo conoceremos el reflejo.

«Monsieur, o el príncipe de las tinieblas» es una reivindicación de lo hermético y lo gnóstico que viene de Alejandría y del Cuarteto, su prosa se bifurca en inconexos paraísos de fantasía en la Provenza, en el Nilo, en Venecia. Se ramifica y se esconde tras las máscaras del amor y de la extinción.

Son historias fragmentarias que se componen en un todo que no es absoluto.

Los cinco –de nuevo cinco- capítulos utilizan diferentes texturas y recursos, el resultado va desde la creación de atmósferas fabulosas donde algo inigualable sucede, a fragmentarios discursos difíciles de interpretar. El lenguaje y las ideas son siempre densos, oníricos.

ENTERRADO EN VIDA: LIVIA

Durrell crea mundos para que los lectores los habitemos, desazonados y ansiosos.

En Livia trata de la perennidad, de la desesperación, de la inasequibilidad del lenguaje, de la impenetrabilidad del arte, de la insipidez del amor humano.

Enterrado en vida en la literatura.

El relato comienza como una pieza para cuatro manos, un tour de force entre el escritor y una de sus criaturas, que componen -dándose la réplica- una polifonía que resuena con las voces múltiples y diferentes que hay en el interior de todos los seres humanos creados por un autor, que parece trabajar sobre la reencarnación y sus ecos lejanos, con una escritura voluptuosa.

Recordemos el título genérico del que forma parte, así que la ciudad de los papas se convierte en uno más de los personajes que desfilan por el libro, materializándose poco a poco hasta revelarse.

Livia tiene la profundidad de un acuario, porque los seres que alberga en su ambiente artificial no tienen futuro y su pasado es extemporáneo, se mueven –hermosos- con apariencia arbitraria, en rumbo hacia ninguna parte. Se muestran y se esconden en ángulos inesperados.

Cuando la novela termina nos damos cuenta de que Livia ha desaparecido de la trama, de que el segundo narrador –dopelganger- se ha diluido también hasta extinguirse. Esto, que podría tomarse como un defecto de composición, se disculpa porque es una muestra de que todo artificio ha sido barrido por el fluir de la escritura, dejándonos seres y situaciones excepcionales. O grotescos.

LAS PRÁCTICAS SOLITARIAS: CONSTANCE

Entonces comienza la guerra, y participamos en ella desde puntos de vista a los que pocas veces nos había llevado la literatura, y nunca en confluencia: la burocracia ineficaz del espionaje, el muelle colchón de la neutralidad o el lecho de faquir de la cooperación con el enemigo, los escrúpulos confesionales de un oficial alemán católico, la ocupación, la amenaza, el sexo, los encuentros y desencuentros entre personas que habían convivido en la engañosa paz previa, y que intentan continuar con sus vidas a pesar de todo y de todos.

Algo nos incita a continuar leyendo. Durrell es un creador de atmósferas muy particulares, cosmopolitas, refinadas, pero también íntimas. El tono justo de elegancia y exclusividad para narrar unos momentos difíciles, marcando sus aristas más inesperadas, porque lo que comparte ese cogollo de privilegiados a los que presenta como actores -ese grupo equívoco y mundano- no es lo que esperaríamos de ese tiempo de guerra, pero tampoco podemos dudar de su veracidad.

Un relato «delicioso, sugestivo y vigorizante» más propio del cine que de la literatura.

Constance ocupa el lugar de un ser sintiente en medio del torbellino bélico, es la terapeuta, la hechicera, el chamán, porque el psicoanálisis ocupa un lugar destacado, obrando quizás como correlato en este libro.

Aviñón es el centro del mundo, el onphalos, donde convergen los caminos y los recuerdos, donde se funden el pasado y el futuro en un presente que no existe, porque solamente espera, latente. Donde se solapan los acontecimientos que sostienen las relaciones humanas con su engañosa volubilidad.

La muerte, la enfermedad, la ausencia, el deseo, el daño intencionado o accidental, la traición y –finalmente- la venganza, son las claves de la novela. Las prácticas solitarias.

El testamento de Pedro el Grande, el tesoro de los Cátaros, y el «Protocolo de los sabios de Sion», ponen el marco histórico, conspirativo, que provocó una catástrofe real.

EL DOMINIO DE LAS PASIONES: SEBASTIÁN

Es una sensación de éste lector comenzar con cierta confusión cada novela del escritor británico -nacido en la ciudad india de Jalandahar- mal que pese a quien declara haber leído previamente otras varias obras del autor. Los personajes se manifiestan borrosos en sus presentaciones, como si al escritor le resultara difícil materializar a estos espíritus convocados ante su audiencia. Pero una vez que se centra en uno de ellos, y que los capítulos comienzan su sucesión, esos seres estallan con el esplendor de unos caracteres únicos.

Toda la quíntuple obra analiza y desarrolla la extraña familiaridad que crea la amistad a lo largo del tiempo, de manera que, cuando se profundiza en ella, va creándose la sensación de que en realidad es un solo libro, del que el ojo crítico podría desterrar los capítulos más metafísicos y circunstanciales -aunque le aporten un trasfondo trascendental- para centrarlo en las vidas.

Durrell construye todas sus obras –Cuarteto de Alejandría, el díptico de Tunc y Nunquam, éste quincunx- mediante la presencia de lo exótico en su sentido más profundo y menos artificial: la puesta en escena, los tipos, el contexto histórico, marcan la escritura del cosmopolita literato con un sello de distinción.

Y se agradece esa capacidad de profundizar en sus hermosos mundos con una sucesión de historias que se mezclan, se continúan, y se consolidan, componiendo una obra firme y decididamente personal.

EL RELATO DEL ASESINO: QUINX

Después de cuatro novelas, de una misma historia que las engloba todas, el creador parece llegar al final agotado y disperso. Llega a la casilla postrera de ese laberinto lingüístico en donde todos y todas encontrarán su lugar sin necesidad de darse codazos, y nos quedamos un poco decepcionados por la resolución.

«Quinx, o el relato del asesino» se inicia con pensamientos deslavazados, un poco a la manera de un cajón de sastre en donde se ensartan algunos hilos argumentales que vuelven a unir a los personajes principales de la saga en su querida Aviñón. Mientras tanto la guerra ha terminado, y viven todos en la cierta confusión de una liberación definitiva. Como siempre le ocurre al escritor sus historias toman vuelo cuando se centra en los personajes y deja de divagar.

Por boca de sus criaturas metaliterarias alcanzamos su teoría de la novela, que deja de ser lineal –como los tiempos- y donde los actores tienden a fundirse unos con otros en los mismos espacios vitales.

El desenlace, no obstante, queda suspendido como el puente del Gard y oscurecido como sus túneles misteriosos.


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