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Llegada desde el pasado

A caballo entre la superchería y la posesión, recordamos a una mujer que vivió con la consciencia de una reencarnación anterior. Una carga tan pesada que hubiera enloquecido a cualquier mortal. Una herencia gratificante y envenenada. Dorothy Louise Eady recordó ser Bentrehyt, sacerdotisa de la diosa Isis, tras sufrir un accidente en el que la dieron por muerta

23 jun 2018 / 08:44 h - Actualizado: 19 jun 2018 / 12:24 h.
  • Jeroglífico egipcio. / El Correo
    Jeroglífico egipcio. / El Correo
  • Dorothy Louise Eady -Omm Seti-. / El Correo
    Dorothy Louise Eady -Omm Seti-. / El Correo
  • Fotografía de Omm Sety junto a unos objetos personales. / El Correo
    Fotografía de Omm Sety junto a unos objetos personales. / El Correo

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Quizás fuera la extraña ensoñación que duró una vida, un íncubo, o la voluntad inconsciente de trascender el estrecho espacio que determinaba -para una muchacha de su clase- los prejuicios de la era eduardiana. O fue solo la locura divina. Pero tras su muerte, en 1981, un aire de misterio queda sobre la sombra de sus nombres que aún hoy nos inquieta y nos perturba.

Nació como Dorothy Louise Eady en 1904, en Inglaterra, sitio de Blackheath cerca de Greenwich, hija de un sastre, en un entorno familiar que conocemos burgués y feliz. Bajo el nombre de Brandon Dalmar, su padre ejercía eventualmente como mago e ilusionista en pequeños cabarets. Con cuatro años, la pequeña sufrió un accidente doméstico, la caída por las escaleras de la casa familiar, tras la que el doctor solo pudo certificar su muerte. Cuando regresó al cabo de una hora con una enfermera para lavar el cadáver se encontró –estupefacto- a la niña jugando inocentemente sobre el lecho mortuorio.

A este acontecimiento inquietante –extraordinario- se sucedió un extraño trastorno de conducta, al que los padres no dieron demasiada importancia, porque Dorothy crecía sana y feliz. Fueron las claves que, unidas, conducirían a la revelación que se producirá cuando contaba dieciséis años, y asumió la certeza absoluta de una vida anterior en todos sus dramáticos detalles.

Liberada por fin de la oscuridad del olvido, recordó haber sido en Egipto, tres mil doscientos años antes, Bentreshyt, sacerdotisa de la diosa Isis, en el templo erigido por el faraón Seti I en la ciudad sagrada de Abydos en honor de los dioses. Jamás intentó persuadir a nadie de su verdad, pero hizo de su vida un monumento que la proclama, y nos estremece por su contundencia.

Demostró con su larga existencia que no mentía.

Ya en la más temprana niñez, Dorothy soñaba recurrentemente con un gran edificio columnado, con un hermoso jardín de flores y de árboles frutales, y siempre, al salir de esta ensoñación, expresaba su deseo de regresar a casa. En su primera visita al Museo Británico quedó hechizada por las antigüedades de la sección egipcia y se lanzó a correr por las salas besando los pies de las estatuas. Cuando sus padres le indicaron que era el momento de salir, les respondió con una extraña voz, que parecía más la de una mujer adulta que la de la niña que era: «Dejadme... esta es mi gente».

A los siete años encontrando en una publicación una fotografía del templo de Seti en el Alto Egipto, anunció a su sorprendido padre que esa era su casa y que ahí es donde ella había vivido. La misma sensación de algo conocido -y olvidado posteriormente- la tuvo cuando vio por primera vez una fotografía de la piedra de Rosetta.

Ante un retrato de la momia de faraón les dijo a sus padres que era un hombre bueno, su solo y único amor. Sus progenitores atribuyeron estas extrañas revelaciones al accidente, y esperaron que su carácter se asentara, aunque las rarezas de la pequeña continuaron, así como su obsesión por el antiguo Egipto.

Con diez años, conoció en sus visitas habituales al Museo Británico a Sir E. A. Wallis Budge, conservador de la sección de Egipto y Asiria, que sorprendido por la viveza y el interés de la niña se convirtió en su mentor y la inició en el aprendizaje del lenguaje de la escritura jeroglífica, que ella aprendió rápidamente, como si fuera un idioma que hubiera dominado y desconocido después.

En 1918 el rey egipcio Seti, bajo la imagen de su momia en el museo de El Cairo, se le apareció en sueños, en una noche de pesadilla que recordaría siempre, porque en ella vio la mirada de «alguien que estuviera en el infierno y que encontrase súbitamente una vía de salida». Se inició una época de sueños repetidos que le oprimían el alma: se vio a sí misma como una jovencita egipcia en una sala enorme, vio mujeres y niñas, un hombre viejo con una lámpara que escudriñaba con ojos miopes. Había en la ensoñación una cámara subterránea rodeada por un canal de agua, y un suelo cubierto de piedras duras que brillaban en la oscuridad, ágata, cornalina y turquesa; en medio, un cuerpo tendido en un sarcófago. En la pesadilla unos hombres, vestidos como los sumos sacerdotes, que parecían asistir a algún tipo de celebración, se apercibieron de la presencia de esa niña -que era ella- mirándola desaprobadoramente. Uno de ellos intentó golpearla con su bastón ritual, lo que le hizo despertar conmocionada. Lo terrible de las visiones, y una incipiente tendencia al sonambulismo, llevaron a sus padres a hacerla visitar por los médicos sin ningún resultado.

Durante su adolescencia y su juventud Dorothy aguardó, porque no se sentía en su casa en Inglaterra, sino -como dice Moisés en la Biblia- «extraña en tierra extraña». Su oportunidad tuvo lugar a los veintisiete años cuando, trabajando en Londres para una publicación, conoció a un joven egipcio que estudiaba para maestro, Imam Abdel Meguid, con el que tras un año de intercambio de correspondencia se prometió en matrimonio. Tuvo un hijo con él y lo llamo Seti, asumiendo el nombre tradicional de Omm Seti –la madre de Seti-

Dedicó su vida a la arqueología, y nunca se separó del lugar de sus ancestros, Abydos. Previó el lugar donde se encontraban los restos del jardín del templo, e intuyó un túnel que las excavaciones demostrarían cierto. Fue la primera mujer que formó parte del Consejo Superior de Antigüedades de Egipto. Practicó el paganismo politeísta. Varias generaciones de estudiantes aprendieron de su boca las costumbres cotidianas de la antigüedad, gracias a las que pudieron aplicar las teorías estudiadas en los libros.

Su cuerpo yace para siempre enterrado en las arenas del desierto tebano.


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