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Locura por los libros. De ‘La tempestad de Próspero’ a ’Las bodas de Camacho’

Shakespeare y Cervantes están vivos porque sus personajes continúan entre nosotros. Analizamos dos destacadas producciones artísticas del siglo XX basadas en célebres escritos de aquellos que fijaron el castellano y el inglés como lenguas globales.

02 abr 2016 / 12:34 h - Actualizado: 29 mar 2016 / 17:55 h.
  • El actor sir John Gielgud defiende su papel en Prospero´s Books con solvencia. / El Correo
    El actor sir John Gielgud defiende su papel en Prospero´s Books con solvencia. / El Correo
  • Un momento de Prospero´s Books, película de Peter Greenaway. / El Correo
    Un momento de Prospero´s Books, película de Peter Greenaway. / El Correo
  • Cuadro principal de Las bodas de Camacho de Sert. / El Correo
    Cuadro principal de Las bodas de Camacho de Sert. / El Correo
  • Don Quijote según Gustave Doré. / El Correo
    Don Quijote según Gustave Doré. / El Correo
  • Ilustración de Gustave Doré. / El Correo
    Ilustración de Gustave Doré. / El Correo
  • Las ilustraciones de Gustave Doré para El Quijone son inolvidables. / El Correo
    Las ilustraciones de Gustave Doré para El Quijone son inolvidables. / El Correo

La trascendencia de las creaciones literarias se define por su permanencia en el tiempo, una constante reelaboración que las mantiene vivas; así como por la vigencia con la que penetran en la modernidad, ayudándola a superarse. Alonso Quijano y Próspero son dos personajes desterrados a causa de los libros, uno de la cordura, el otro de su trono de ficción. Su locura se origina en un lugar común, la biblioteca, donde convergen la lucidez y la extravagancia, la sabiduría y la perversión de la realidad. Es ese lugar hechizado en el que lo imaginario y la descripción del mundo se confunden entre las páginas de papel.

En 1991, el director británico Peter Greenaway estrenó su película Prospero´s Books, una versión de La tempestad, de William Shakespeare, en la que los libros del protagonista, desfilan componiendo un hilo conductor. Son obras supuestas, inspiradas en los escritos de Epicuro. Libros que desafían a dios, y pretenden compilar todos los saberes del mundo, como si con su sola mención el espectador pudiera imaginar esa librería que el legítimo duque de Milán prefería a su ducado, y que atesora en la isla de su destierro.

Shakespeare escribió La tempestad influido por los descubrimientos geográficos que se sucedían en la época, en los que competían ingleses y españoles. No es de extrañar pues que un naufragio, y un hombre recluido en una isla -que es al mismo tiempo un lugar de maravillas y encantamientos- sean los protagonistas de una dramaturgia que se separa de las consideradas como obras maestras del autor porque la elaboración del tema elegido, el cumplimiento de una venganza, carece de la complejidad psicológica que tienen Hamlet, Macbeth, o El mercader de Venecia, y se diluye al final en un inesperado perdón.

Los estudiosos quieren ver en el libreto una reflexión sobre el encuentro entre el colonizado y el colonizador, en cuyo trasfondo se encuentra la idea del conocimiento como una antorcha que ilumina el mundo y lo redime de la barbarie.

Greenaway utiliza para contar su historia los recursos que le han consagrado como un director de culto, y que lo diferencian del resto de cineastas de su generación: la mezcla de elementos propios de las artes escénicas con la más avanzada investigación audiovisual. La música minimalista, la danza contemporánea, la composición de ambientes dramáticos en los que enmarcar la extravagancia de las vestiduras y la transgresión de los desnudos, se insertan en un montaje como el de los videos musicales, con un ritmo dinámico, un solapamiento de planos e imágenes, y una narrativa articulada sobre los efectos visuales y la manipulación digital -con aportación de elementos gráficos- que crea una estética específica y reconocible. Todo ese lenguaje publicitario está al servicio de unos versos de poderosa sonoridad, que el actor sir John Gielgud escande con maestría.

Con su dirección, con la música de Michael Nyman, con la inmersión del bailarín Michel Clark en el rol de Calibán, Greenaway no intenta otra cosa que lo que hizo el dramaturgo con su texto original, causar en el espectador el impacto del encuentro con lo exótico.

Lo mismo que quiso Sert para Las bodas de Camacho.

Recordemos que el aparato nupcial del rico labrador fue -en palabras de Cervantes- extraordinario y nuevo. Para deslumbrar a su amada y a toda la región, el novio convirtió los esponsales en una demostración que sorprendiera al pueblo, y que convocó con las trompetas de la fama a nuestro Caballero de los Leones y a su atónito escudero. La Mancha se convierte así en una corte en fiestas donde hay de todo: danzas con espadas o cascabeles; flautas, tamborinos, salterios, albogues, panderos y sonajas; luminarias que encienden la noche para un gentío comparable al del Juicio Final; teatros, artificios, comida por montañas y bebida sin mesura. Lo que el escritor castellano nos transmitió con las palabras -lo que vio El Hidalgo- lo quiso convertir en imágenes el pintor catalán para sorprender con su desmesura a los habitantes de la capital del mundo.

José María Sert pintó Las bodas de Camacho para el comedor de gala del hotel Waldorf Astoria de Nueva York, donde se instalaron en 1931. La fortuna, añadida al afán de algunos iluminados, como Francisco Fernández Ordoñez que era presidente del Banco Exterior de España en los años setenta, consiguieron lo improbable: que después de atravesar el Atlántico en ambas direcciones los lienzos recalaran finalmente en España; hoy están en la Fundación Banco de Santander.

El artista quiso transmitir en los quince paneles que forman la obra la imagen mítica de una nación dominada por la fiesta -por las fiestas- más que buscar una fidelidad literal al relato cervantino, así que vestidos con trajes regionales los personajes evolucionan formando alegres grupos de trapecistas, de danzarines, de forzudos. Aquí se ve a los castellers elevándose hacia el cielo, allá encontramos músicos con guitarras y mandolinas. Unos funambulistas evolucionan en la cuerda floja. Los mozos, en un rincón, duermen la siesta. Hay toros desbocados que irrumpen embistiendo, una gitana echando la buenaventura, o una fanfarria, o un astrólogo. Las pinturas están realizadas en una grisalla de negro y oro sobre pan de plata, y animadas con los detalles rojo sangre de colgaduras, parasoles, casacas y entoldados. Todo es mágico y glorioso.

El cuadro principal recoge, en una composición en vórtice, la llegada de don Quijote y Sancho a las bodas memorables. En lo alto de un rellano, el anfitrión y su novia Quiteria saludan a los ilustres invitados ajenos a la aventura que les espera, en un tour de force conseguido con los escorzos de los rumiantes, con el agolpamiento de la multitud en escaleras que se ramifican, con el grupo de paisanos que rodean a Rocinante obligándole a subir en el primer plano. La gran envergadura de los paneles, sobre todo del grande que tiene más de veintisiete metros cuadrados, explica el efecto asombroso que produce su visión, a la que colabora la riqueza de los materiales.

El encargo de William Waldorf supuso para el artista la cifra más alta pagada nunca hasta entonces, ciento cincuenta mil dólares, que supondrían hoy alrededor de quince millones de euros. Concebido como una obra global, Sert diseñó también el mobiliario y la decoración de la sala buscando un efecto de lujo apabullante, el cielo raso estaba lacado en oro e iluminado por un emparrillado de reflectores. Los comensales se sentaban en sillas y canapés de color vino entre cortinajes gris plateado. El conjunto supuso la mejor presentación que la cultura española pudo tener en los Estados Unidos -después de la Visión de España de Sorolla que permanece en la Hispanic Society- y los millonarios se peleaban por cenar en la fulgurante sala de banquetes.

José María Sert fue comparado en su tiempo con Miguel Ángel, su labor excedió con mucho la pintura, que no es más que el resultado final de la cuidadosa selección del tema, la articulación adecuada del conjunto, la elección de la técnica precisa, la dirección de un trabajo colectivo –que se realizaba en su taller de París- y de la instalación in situ, así como la documentación histórica, y la investigación de los estudios anatómicos en movimiento.

Un Quijote dorado

Ninguna reflexión sobre la huella de la novela de Cervantes sería completa sin una mención a la figura de Gustave Doré. Nacido en 1832 en Estrasburgo, muerto en París cincuenta y un años después, fue un artista plástico que alcanzó la fama como dibujante y grabador. Sus ilustraciones para El Quijote (1863) no solo han puesto al mito en imágenes inolvidables, sino que también han construido una escenografía de España como un lugar inquietante, con un paisaje de un dramatismo agreste y feroz, en el que cualquier fantasía se puede convertir en realidad.

La revelación de este imaginario es fruto de un viaje a España que el artista cumplió en compañía de Jean-Charles Daiviller, en el que ambos quedaron impactados con la maravilla de Granada, poniendo su atención sobre todo en la sociedad y las costumbres, en busca de lo auténtico, de algo diferente del constructo romántico de los Irving, Merimé, Robert, y Gautier.

Muy pocos artistas penetrarían con tanto acierto en el espíritu de don Quijote como éste, que le dotó de una fisonomía reconocible, interpretando la melancolía de su lucha inútil contra un mundo hostil. Nadie hibridó tan bien la triste figura con el correlato del accidente topográfico.

No hubo –curiosamente- ninguna edición española contemporánea de L’ingénieux hidalgo Don Quichotte de La Manche de Doré, que documentó también L´Espagne en el que su camarada Daivillier relata el periplo que recorrieron juntos.


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