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Los caminos que llevan a Meeropol

No sé cómo se van conformando las cosas, cómo coinciden en un momento los caminos. Alguien muestra una foto en internet (en Instagram, mi red social favorita) y hace mención a una canción de Billie Holiday y tu mente encuentra conexiones que sabías que existían, pero que has dejado aparcadas en un rincón, macerando durante años. Conexiones que te dirigen a una única persona, un hombre bueno en el mejor de los sentidos: Abel Meeropol.

15 sep 2018 / 09:00 h - Actualizado: 06 sep 2018 / 19:42 h.
  • Billie Holiday. / El Correo
    Billie Holiday. / El Correo
  • Abel y Anne Meeropol. / El Correo
    Abel y Anne Meeropol. / El Correo
  • Julius y Ethel Rosenberg. / El Correo
    Julius y Ethel Rosenberg. / El Correo
  • Silla eléctrica. / El Correo
    Silla eléctrica. / El Correo

De una conexión aleatoria (o no) nace esta historia, que aglutina canciones; linchamientos y racismo; juicios inquisitoriales a presuntos traidores a la patria (cuando en Estados Unidos se vivía una auténtica caza de brujas); huérfanos inesperados; libros; música y una forma de concebir el afecto y la solidaridad que va más allá de lo que cabría esperar.

Strange Fruits (Frutos Extraños en español) es conocida por ser una canción interpretada por Billie Holiday o Nina Simone (entre otras). Su letra comienza así «Southern trees bear strange fruit. Blood on the leaves and blood at the root. Black bodies swinging in the southern breeze. Strange fruit hanging from the poplar trees». Lo que traducido podría ser «Los árboles del Sur dan una fruta extraña. Sangre en las hojas y sangre en las raíces. Cuerpos negros balanceándose en la brisa del sur. Extraña fruta colgando de los álamos». Esta canción de 1939, denunciaba los linchamientos que las personas negras (de color si lo preferís) sufrían en el Sur de Estados Unidos. Linchamientos que en muchos casos eran auténticos espectáculos populares donde se reunían pequeños y mayores para observar las vejaciones, torturas y crueles muertes que sufrían sus vecinos por el mero hecho de tener un color de piel diferente. Algunos habían hecho frente a situaciones injustas y otros ni eso, otros tal vez habían mirado de alguna forma que se malinterpretó, o dejaron escapar alguna palabra que no sonó bien. Tal vez alguno quiso leer, o escribir, o ganar algo más de dinero para alimentar a su familia. Cualquier excusa era buena para organizar un linchamiento.

Antes de ser canción, Strange Fruits fue un poema escribo por Abel Meeropol, bajo el seudónimo de «Lewis Allan» (tomó el nombre de sus hijos, que no llegaron a nacer). Abel provenía de una familia de inmigrantes rusos judíos que se asentaron en el Bronx neyorquino. Fue maestro, poeta y también escribió algunas canciones que se hicieron famosas. La inspiración para este poema provenía de una fotografía publicada en un periódico, en la que Abel vio un hombre colgando de uno de aquellos árboles de muerte. La imagen lo apresó y le «obligó» a escribir el poema en 1937. También compuso la música, que finalmente llegó a Billie Holiday. La canción no gustó mucho a ciertos sectores sociales y Meeropol tuvo que testificar en un comité que investigaba el comunismo en los colegios públicos. Se ve que para posicionarse abiertamente contra el racismo en aquella época tenías que ser comunista y estar al servicio del Partido Comunista Americano. Meeropol era comunista (en aquel momento) pero no estaba al servicio de nadie. Lo dejaron tranquilo y continuó dando clases y componiendo música. En el año 1999, la revista Time declaró que la canción del siglo XX en Estados Unidos había sido Strange Fruits. Hasta ahí llega la historia de la canción, del linchamiento, del racismo y de una persona que no dudó en posicionarse veintitantos años antes de que el movimiento a favor de los derechos civiles se hiciera oír.

Ahora vamos a la historia de la traición, de la caza de brujas, de los enemigos públicos de una nación obsesionada con el comunismo. Debo advertir que transcurren unos quince años entre una y otra historia. Esta es la historia de los Rosemberg, que se ha plasmado en numerosos libros, mi favorito es El libro de Daniel de E.L. Doctorow, que de forma muy evidente está inspirada en su historia. Ether y Julius Rosemberg eran un matrimonio como otro cualquiera salvo por un pequeño detalle: eran comunistas y judíos. Los Rosemberg han sido los únicos civiles condenados por traición a la pena de muerte en la silla eléctrica, por unas acusaciones que con el tiempo se han demostrado carentes de rigor, basadas en declaraciones obtenidas bajo coacciones, buscando la culminación de un proceso inquisitorial que sirviese de escarnio y ejemplo para los que pretendiesen sacar la pata del redil. Julius era ingeniero eléctrico y Ethel era ama de casa y le habría gustado ser actriz y cantante.

El inicio de procedimiento se encuentra en la filtración de determinados secretos nucleares que se habían producido en algunos lugares donde se sospechaba que existía apoyo al comunismo (o simpatizantes de izquierda). La detención del matrimonio fue causada por las declaraciones del hermano de Ethel que confesó haber pasado secretos a los soviéticos y acusó al matrimonio de espionaje. Se les acusó de revelar secretos de la bomba atómica y se les hizo responsable de numerosas bajas estadounidenses en la Guerra de Corea. El procedimiento fue una pantomima en la que sin contar con apenas pruebas fundadas se les condenó, en virtud de una Ley de 1917, a la pena de muerte, todo ello en el ambiente que se vivía durante la Guerra de Corea. El matrimonio copó los titulares de los periódicos un día tras otro durante varios meses. Su condena estaba cantada, sin embargo sorprende la dureza de la pena impuesta. En 19 de junio de 1953 el matrimonio fue ejecutado en la silla eléctrica. Julius murió de la primera descarga y Ethel necesitó, al menos, tres. Los Rosemberg dejaron dos hijos pequeños, dos apestados, como sus padres. Su familia no quiso (o no pudo) hacerse cargo. Los amigos y conocidos no querían que se les asociara de ninguna manera con los Rosemberg, con el comunismo o el espionaje. Los pequeños parecían condenados a pasar el resto de su infancia en orfanatos en los que su origen permitía presumir que no recibirían buen trato. Robert y Michael perdieron a sus padres víctimas de un sistema que buscaba brujas a las que culpar de sus problemas. ¿Acaso no fueron los Rosemberg víctimas de un linchamiento orquestado al amparo del Estado, de una manipulación del miedo llevado a las últimas consecuencias? En cierto sentido su muerte fue demasiado parecida a la de los hombres y mujeres que colgaron de los sangrientos árboles de la canción.

En 1966 el hermano de Ethel manifestó que había acusado falsamente a su hermana y cuñado presionado por el FBI. Incluso en 1995 ese organismo encontró evidencias de que Ethel no formaba parte de ningún entramado de espías, aunque fuera simpatizante comunista. Ni siquiera hay seguridad de que Julius lo fuera. La sociedad los convirtió en unos apestados, los enemigos públicos número uno (tal y como podéis comprobar en la mención que hace Sylvia Plath en su obra La campana de cristal).

Abel Meeropol y su mujer Ana conscientes de toda la situación realizaron algo que debió parecer una locura: adoptar a esos niños que tenían 10 y 6 años cuando sus padres fueron ajusticiados. Cuando todas las voces siguen una misma vía que condena, persiguen y señalan monstruos donde hay personas, es complicado alejarse y percibir la humanidad que se nos oculta. Mucho más difícil es hacerse cargo de unos niños que traen a sus espaldas una carga tan pesada. El mismo año 1953, en una fiesta de Navidad los Robert y Michael conocieron al matrimonio, que había seguido con zozobra su destino. En pocas semanas ya vivían juntos y se aferraron a esa nueva vida, con unos padres cariñosos. Ambos han destacado siempre el buen carácter de Abel y Ana, su dulzura y bondad.

Robert y Michael Meeropol son personas comprometidas que a pesar del amor que profesan por sus padres adoptivos han reivindicado el nombre de los Rosemberg en libros como We Are Your Sons: The Legacy of Ethel and Julius Rosenberg (1975) (Somos Vuestros Hijos: el Legado de Ethel y Julius Rosemberg) An Execution in the Family: One Son's Journey (2003) (Una Ejecución en la Familia: el Diario de un Hijo). Y aquí termina la historia de los traidores, de la Inquisición norteamericana que buscaba brujas y los niños que encontraron un hogar donde vivir.

Las fotografías, los poemas, las canciones y las novelas, forman un cuadro, transitan diversas carreteras que terminan por llevarnos a un punto común. Si yo fuera vosotros buscaría la escucharía la canción, leería el poema y dejaría que la presencia de Abel Meeropol entrase en vuestra vida, si quiera un momentito.


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