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Los rostros del personaje

14 oct 2018 / 10:48 h - Actualizado: 14 oct 2018 / 11:03 h.
  • Fancisco Gálvez. / Fotografía cortesía de http://poesiadefranciscogalvez.com
    Fancisco Gálvez. / Fotografía cortesía de http://poesiadefranciscogalvez.com
  • Portada de ‘Los rostros del personaje’. / El Correo
    Portada de ‘Los rostros del personaje’. / El Correo

‘Los rostros del personaje’ (Editorial Pretextos) del poeta cordobés Francisco Gálvez (1945), aúna los libros de poesía publicados entre 1994 y 2016. ‘Tránsito’ (1994), ‘El hilo roto’ (2001), ‘El Paseante’ (2005) , ‘Asuntos internos’ (2006) y el ‘Oro fundido’ (2015).

Cada libro contenido en Los rostros del personaje es una propuesta diferente de lenguaje con el que estaremos más o menos sensibles. La razón por la que un poema llegue a gustarnos se nutre de algunos componentes que hagan sentir afinidad y extrañamiento.

La sensación de tiempo, constante en cada uno de los poemarios, es la música de fondo que los recorre. No es el tiempo melancólico ni detenido en sentimientos o paisajes, ya lo explica a la perfección Vicente Luis Mora en el prólogo, sino el tiempo compartido, el de la infancia, mítico y casi irreal, la distancia y la mente inventan los guiones lejanos, no así las sensaciones que nos llegan límpidas, recién estrenadas, la poesía hace posible que algo de aquello quede capturado en la escritura y sea devuelto como un precioso tesoro.

La obra poética de Francisco Gálvez se ha ido construyendo a lo largo de más de cuarenta años. Comenzó editando revistas tan importantes como Antorcha de Paja, fue director del Aula de Poesía de Córdoba y en la actualidad co-director de La Manzana poética, entre otras actividades relacionadas con el mundo de la cultura.

Quizás, por una cuestión generacional, en Córdoba su poesía quedó en un escenario a media luz. Brillaba demasiado el grupo Cántico y posteriormente la poesía más joven, así como la escrita por algunas mujeres. La poesía en Córdoba no carece de autores relevantes en el panorama literario español, algunos han pisado con levedad el suelo de los premios y homenajes, como es el caso de Gálvez, un hombre generoso que también ha levantado el listón poético de otros autores mediante el Aula de Poesía que el mismo dirige. No ha sido lo suficientemente reconocida esta obra que lentamente afianza su lugar sin necesidad de compartir grupo ni tendencia.

El personaje que transita estos poemas, como muy bien aparece en el título, va cambiando de máscaras; son aquellas que el propio paso del tiempo se encarga de anteponer a las anteriores, o todo lo contrario, las va colocando sin un orden temporal aunque el tema central de su obra sea la conciencia del paso del tiempo. Provocando algunos poemas una detención en cierta manera saludable, vamos avanzando en la lectura de los mismos a medida que los destellos producen un efecto placentero debido a su aguda mirada, como un exquisito contemplador, nos acerca a los ciclos de la muerte y de la vida, en esa idea de circularidad más propia de la poesía oriental.

Los sucesivos sujetos están siempre solos, el recuerdo no se transmite mediante anécdotas –acaso en El contestador y el Oro fundido, cambia la mirada y abarca más superficies donde la ironía es notable. En algunos poemas, sobre todo los de los primeros libros, un eco guilleniano acude a recordar al maestro vallisoletano: «Todo huye, nada permanece/ todo regresa y ya es distinto/ en la luz gira, por la luz transita/ y sólo un reflejo nos dice/ que el mundo es semejante/ y las sensaciones distintas/ que el vértigo ya ocupa otro destino/ y la pasión nos habla de este instante».

El observador sabe que todo lo que mira se «mantiene», aunque sea en su vaivén, sería fácil pensar que el poema acabará apuntalándose sobre lo sagrado o religioso para abrir al significado hacia el misterio, hacia aquello que no se sabe con certeza. Francisco Galvez, sin embargo, con un sentir bergsoniano, nos recuerda que nada se repite, aunque sean parecidos los instantes.

El paseante sintetiza esta poesía que mira a los lados desde las afueras del yo: «Salir de mi/ ir hacia los otros/ amanece y el aire aún es limpio/ sencillamente fresco./ Conforme avanza el sol/ se deja notar más/ no interviene en mi camino/ pero está ahí, entre mis pasos!»

Ninguno de sus libros tiene la misma temática porque el tema siempre es la vida y esta va cambiando. Observador y reflexivo, sabe cómo modular su voz, la voz de las máscaras, que cada tiempo nuevo se solapa con los anteriores.

Artes y oficios (2006)

Entre el arte y el oficio

pasa la vida.

Es dibujo a carbón

línea de sueños

donde se aprende

a conquistar lo que somos.


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