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«MÁRMOL (gótico sureño español)»

04 may 2019 / 08:40 h - Actualizado: 03 may 2019 / 22:03 h.
  • ‘Horrorizado, Melvin abrió los ojos y vio al taxista y a otro hombre inclinados sobre un cuerpo’. Imagen cortesía de @deVillamediana
    ‘Horrorizado, Melvin abrió los ojos y vio al taxista y a otro hombre inclinados sobre un cuerpo’. Imagen cortesía de @deVillamediana

Melvin Gordon había visto fantasmas desde que tenía uso de razón, quizá incluso desde antes, y ese don especial había cincelado el resto de peculiaridades que adornaban su personalidad.

Siempre fue un niño solitario, ya que era incapaz de disimular la cara de pasmo cada vez que veía un ente. El niño solitario dejó paso a un adolescente que podríamos considerar invisible. Intentaba pasar lo más desapercibido posible, jamás se aventuró a acercarse a una chica por miedo a hacer el más grande de los ridículos. Lo cierto es que las chicas se comportaban con respecto a él igual que el resto de personas, como si no existiera. Es más, durante un tiempo llegó a pensar que era así, que no existía, hasta que se lo planteó a su padre y éste le quitó la idea con un muy real, y doloroso, bofetón.

Su padre nunca soportó su presencia, el día que decidió abandonarlos Melvin no lo echó de menos. Tampoco es que su madre le hiciera mucho caso pero, al menos, parecía tolerar sus excentricidades. Estaba convencido de que ella también los veía y actuaba con la misma indiferencia que él. Y es que Melvin no tenía ni idea de qué querían sus fantasmas, nunca se molestó en preguntarles, no le interesaba saber la respuesta, no fuera que no le gustara.

El trabajo de guarda de seguridad le vino como anillo al dedo y tomó como una bendición el poder distinguir en las cámaras de vigilancia los visitantes de carne y hueso de los seres paranormales que se afanaban en llamar su atención continuamente.

El día que murió su madre toda su tranquila convivencia con los fantasmas se vio trastornada. Se multiplicaron por dos las apariciones. No solamente heredó el destartalado piso en que vivían y una más que sorpresiva cantidad de ahorros que su progenitora había mantenido en secreto en el banco, sino que todos los fantasmas que se le aparecían a ella habían pasado a engrosar los que le acompañaban a él.

Melvin Gordon tomó entonces una decisión que llevaba años rumiando, poner tierra de por medio. Quizá los fantasmas pertenecieran a aquel lugar y, si lo abandonaba, le dejaran en paz.

Hacía unos años había oído hablar sobre la belleza de las tierras del sur de España, con un clima soleado y alegre, tan distinto de las brumas de su ciudad natal. Era posible que la luz de Andalucía consiguiera espantar a los entes que le atormentaban.

En una web de compra venta de casas descubrió un pequeño pueblo de Almería donde se vendían a un más que asequible precio «hermosas villas de estilo andaluz con piscina y magníficos acabados de mármol de Macael». Por el precio, el dicho mármol debía ser de una calidad inferior a la del famoso mármol de Carrara, pero cualquier cosa sería mejor que la moqueta raída de su casa. Melvin echó cuentas y calculó que con sus ahorros y los de su madre no necesitaba siquiera deshacerse de su piso para comprar la villa. No es que tuviera especial interés en conservarlo, simplemente le espantaba la idea del trajín que supondría venderlo.

El día de su marcha le pareció mal no despedirse de su vecina de toda la vida, así que llamó a su piso antes de subir al taxi camino del aeropuerto. Vio su sombra bajo la puerta mientras se asomaba a la mirilla y, tras una breve espera, aquella mujer, que vivía en el piso de al lado de su familia desde antes que él naciera contestó:

—Lo siento, no abro a vendedores ni a mormones.

Melvin se encogió de hombros y pensó que allí nadie le iba a echar de menos, y que tampoco él echaría de menos a nadie. Así era todo más fácil.

En el aeropuerto, al pasar el control de embarque, sus fantasmas se apelotonaban al otro lado. Quizá no pudieran viajar sin pasaporte.

Una vez en España, el taxi que le llevaba a su nuevo hogar atravesó el pueblo solitario sin cruzarse con ningún alma. Ni viva, ni muerta.

—¿No hay vecinos? —preguntó Melvin al taxista en su español chapurreado.

—Buen hombre, son las cuatro de la tarde en pleno mes de julio, ¿quién quiere que haya en la calle?

A la salida del pueblo se desviaron a la derecha por un polvoriento camino que estaba flanqueado por fastuosas villas a ambos lados.

—Esta es la suya, Villa Angustias.

A Melvin le pareció que el taxista se reía por lo bajo mientras la daba el cambio. Acto seguido se fue en dirección al pueblo levantando una polvareda tal que le dejó cubierto de arriba abajo.

Desde que había aterrizado ninguno de sus habituales acompañantes del otro lado había hecho acto de aparición. Hacía mucho que no se sentía tan relajado y feliz como cuando atravesó el umbral de su nueva casa.

El jardín era amplio y soleado. Una enorme, y vacía, piscina con relucientes escaleras del famoso mármol reinaba en el centro, coronada con cuatro macetones vacíos del mismo material. Un porche de blancas columnas prometía la tan necesaria sombra que Melvin ansiaba en aquel momento más que nada. Enfiló por un caminillo de piedra hacia la casa y se regocijó al ver una hermosa y blanca fuente con forma de ninfa desnuda delante de la fachada. El insufrible calor hacía que el brillante horizonte se viera entre ondulados vapores. Pensó que con aquel clima cualquier ente incorpóreo se evaporaría, eso le hizo tranquilizarse. Las cigarras gritaban a coro formando una algarabía que Melvin no pensaba encontrar en su solitario rincón de retiro

Abrió la puerta principal y lo vio. Por primera vez en su vida soltó un desgarrador grito al ver un fantasma, más por pena y desesperación que por miedo. Segundos después, cuando sus ojos, deslumbrados por la cegadora claridad del exterior, se acostumbraron a la penumbra de la casa, los gritos tornaron en carcajadas al descubrir que el fantasma no era sino él mismo, cubierto del polvo del camino, reflejado en un enorme espejo que adornaba el recibidor.

Aun riéndose de sí mismo, recorrió la hermosa casa donde el mármol blanco y refrescante reinaba en todas las estancias, tanto en el suelo, como en la balaustrada de las escaleras, en los baños, en la cocina en cuya encimera vio un papel con recomendaciones escritas en inglés de traductor google. Entre otras cosas, hablaba de las actuales restricciones de agua por la sequía. Estaba totalmente prohibido llenar la piscina, regar plantas o poner en funcionamiento fuentes. Vaya. Aquello podía ser un inconveniente, pero Melvin lo dio por bueno con tal de vivir en paz al fin.

Durmió como un bendito por primera vez en su vida.

Relajado, descansado y feliz salió a recorrer la villa a la mañana siguiente. La noche había refrescado relativamente el ambiente y tan solo un agradable calorcillo acompañó su paseo. Hasta las cigarras estaban silenciosas. Las únicas plantas que habían crecido en su parcela eran unas zarzas, ya resecas, que se dispuso a arrancar, y una chumbera.

Se dispuso a enfilar el camino hacia el pueblo a eso de las doce del mediodía. Seguía sin creerse que sus fantasmas no le hubieran seguido hasta allí. Pensó que, quizá debía haber llevado una botella con agua, pero ya estaba a más de mitad del trayecto, así que siguió caminando. Vaya, qué calor, por Dios, la próxima vez iría al pueblo a primera hora de la mañana. Sintió un pequeño mareo y se sentó en una piedra secarse el sudor.

Continuó al poco rato su caminar y, al volver la vista atrás los vio. Estaban allí, todos ellos, siguiéndole por el camino. Horrorizado, echó a correr hacia el pueblo y, cuando ya distinguía las primeras casas encaladas, vislumbró otros entes nuevos que se acercaban en dirección a él.

Estaba cercado por ambos lados, así que se arrodilló en el suelo y se tapó los ojos. Entonces ocurrió lo inexplicable, lo que nunca había ocurrido: los oyó.

—¡Válgame el Señor! ¿Qué hace este hombre aquí tirado?

—¡Es el guiri que traje ayer a Villa Angustias! ¿Respira?

—No, está frito.

—Verás cuando le digamos al alcalde que tiene que repatriar otro por un golpe de calor.

—¡Que se aguante! La culpa es suya y de su ambición de montar otra Marbella en este desierto.

Horrorizado, Melvin abrió los ojos y vio al taxista y a otro hombre inclinados sobre un cuerpo. Del otro lado del camino su madre le hacía señas.

—¿Vienes ya o qué? ¡Que no tenemos todo el día!


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