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Memento Mori

15 sep 2018 / 07:58 h - Actualizado: 21 ago 2018 / 12:09 h.
  • Portada de ‘Memento Mori’. / El Correo
    Portada de ‘Memento Mori’. / El Correo

César Pérez Gellida insiste en su serie con buen resultado. Logra que el lector tenga que visitar de forma ineludible la zona gris del entorno, esos territorios en los que lo negro no deja pasar la luz. Buena entrega

En 2012, el prometedor publicista vallisoletano César Pérez Gellida, presentaba la que sería primera novela de toda una saga en la que la Policía de esa ciudad castellana iba detrás de diferentes asesinos múltiples de carácter psicopático y encantadores gracias a la ficción (ya se sabe que en la realidad funcionan mucho mejor los tontos); aquí se mueve como pez en el agua en los terrenos de la mitología, la poesía y la música -a este respecto va de endecasílabos hernandianos a canciones de pop independiente de los 90 de grupos y solistas como Placebo, Bunbury o Vetusta Morla- así como la piratería informática propia de los crackers, para urdir planes maquiavélicos no tanto en torno a De Quincey como del estudio, la fuerza de voluntad y la dedicación a estas disciplinas técnicas, para esconderse y encumbrar su ego.

De entre los muchos agentes así como un psicólogo, que se sitúan en el tablero de juego que es la ciudad, destacan Bragado, tras ser expulsado del Cuerpo, afortunadamente para el caso y desgraciadamente para él, pagándolo caro por parte de la prensa que acaba confundiéndolo con Augusto, el alto embaucador homicida protagonista, que se hace pasar en la Red por Orestes, siendo su principal partenaire en los hechos un Príapo invisible y difícil de determinar.

El otro Policía interesante y fundamental en la trama es Sancho, un policía que reconoce no ser esta su primera vocación; se considera poco docto en temas de letras, por lo que pide ayuda en el desciframiento de los poemas que el autor deja en la escena del crimen, a Martina, doctora en Filología Hispánica de origen argentino, que fuma tabaco liado y odia a Bunbury.

Son dos las víctimas (la última de ellas, Mercedes) que han aparecido cuando Martina, tras varios intentos de evitación, se presta a ayudarle, produciéndose una química especial, dado que todo el material también a él le suena. En este sentido, Valladolid, esa ciudad triste a otros ojos, aquí se vuelve si cabe más siniestra; su provincianismo recuerda además aquellos cuentos o novelas negras que parten de la premisa de un pueblo tranquilo donde parece que se ha parado el tiempo, cuando de repente... El carácter que desde fuera se da a la ciudad, de localidad seria y sentida, también hace que contemplemos a Augusto probablemente como un extranjero cosmopolita, incapaz de sentir descalzo el suelo que pisa, como sus habituales penitentes en Semana Santa.

Parece que cuando el asesino se encuentra con Violeta, una chica con tatuajes que la Policía le pone como cebo, él es incapaz de sospechar, pero bien sabe la Policía despertar en él la empatía a través de una canción que haga cojear su ego.

Prologada por Michael Robinson, estamos ante una novela negra más que de terror gótico, género éste más dado a efectismos en según qué autores. El drama por acumulación funciona si bien durante el desarrollo quizás se abunde demasiado en lo escabroso, lo que hace que reste a la hora de mostrar un sello personal en virtud del siempre aclamado número de páginas.

Calificación: Interesante.

Tipo de lector: Familiarizado con los perfiles del thriller.

Tipo de lectura: Amena.

Argumento: Se echa de menos algo de misterio.

Personajes: Curiosos.

¿Dónde leerla?: Junto a un tocadiscos en que suene la música del perfil de Augusto.

César Pérez Gellida continúa con su serie de novelas que transcurren en Valladolid y nos arrastran a lo más escabroso de una ciudad y una sociedad


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