domingo, 17 diciembre 2017
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Nunca fuimos monstruos

07 oct 2017 / 08:28 h - Actualizado: 07 oct 2017 / 08:57 h.
  • Centauro en plena batalla. / El Correo
    Centauro en plena batalla. / El Correo
  • Perseo después de acabar con Medusa. / El Correo
    Perseo después de acabar con Medusa. / El Correo
  • Esfinge del Palacio dBelverede de Viena. / El Correo
    Esfinge del Palacio dBelverede de Viena. / El Correo

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La imaginación de los humanos ha sido rica. Ha creado héroes, dioses, villanos y monstruos. En la mitología griega no podían faltar estos seres, formados con pedazos caballo, serpientes, perros, leones. Todo lo que haga falta para atemorizar el corazón de nuestros congéneres, o para permitir que algún héroe tuviera la posibilidad de salvarnos ante tamaña amenaza. Este es un capítulo más del repaso que Anabel Rodríguez está haciendo a la mitología clásica

Mis hijas (gemelas) adoraban la película «Hércules» de Disney (una de las más injustamente olvidadas de la factoría), la veían una y otra vez cuando eran pequeñas. Las recuerdo con el biberón en mano, plantadas ante la tele y advirtiéndome de que «Hidda come Hécules» y no fallaba, pero no pasaba nada porque sabían que saldría victorioso, porque para eso era el protagonista. Pero ellas no dejaban de mirarlo. La mitología cuenta que la Hidra de Lerna era un monstruo acuático con infinidad de cabezas (dependiendo de la versión que leas puede tener tres, cinco, cien o mil cabezas). Si se cortaba una de sus cabezas aparecían dos nuevas, por lo que se hacía dificilísimo terminar con ella, pero el rey Euristeo encargó a Heracles (Hércules) que lo hiciera. Éste le pidió ayuda de su sobrino Yolao y juntos se fueron a buscar la Hidra. Cuando la encontraron, Heracles se encargaba de cortar cabezas, mientras Yolao cauterizaba las heridas para que no pudieran salir de nuevo. Y así fueron cayendo hasta que no quedó ninguna. Además nuestro héroe aprovechó la ocasión para quedarse con un poco de sangre venenosa de la Hidra, que posteriormente untaría a sus flechas y le servirían para matar con más facilidad a sus enemigos... bueno también a algunos amigos, porque accidentalmente mató a uno de los monstruos más queridos y admirados en la antigüedad: Quirón.

Quirón era un centauro, hijo de Cronos y de una ninfa. Suele atribuirse a estos seres mitad caballo, mitad humano, un terrible carácter; sin embargo, Quirón se convirtió en uno de los seres más sabios de la mitología. Al ser hijo de un dios estaba tocado por la inmortalidad. Dotado con unos conocimientos y una curiosidad extraordinarios, también tenía facultades para ser un buen tutor, conocía a sus alumnos y hacía que fueran brillantes en aquello que se propusieran. Algunos de sus alumnos más conocidos fueron Aquiles, Asclepio, Jasón, Teseo, Castor y Polux. Sus conocimientos eran de lo más variados y abarcaban tanto la lucha, como las artes o la medicina. El pobre Quirón tuvo la mala suerte de cruzarse un día con Heracles que traía cargadas sus flechas con el veneno de Hidra. De forma accidental (eso dijo Heracles en el atestado de la guardia civil del momento) disparó sobre Quirón, que no podía morir, pero sufría un terrible dolor por el veneno. Era un dolor tan fuerte que ninguno de los medios conocidos entonces podía calmarlo. Ni el propio Asclepio podía aliviar su dolor. Quiso la causalidad que se cruzase en su camino el titán Prometeo quien se ofreció a cambiarle su mortalidad. El centauro creyó que esa sería la única forma de terminar con su dolor y se avino al trato, pudo morir y así liberarse del dolor. Tras su muerte ascendió al cielo como la constelación Sagitario.

También hubo quien no nació así, con una forma monstruosa, sino que fue convertida en un terrible monstruo por los caprichosos dioses, por ejemplo Medusa, que era una de las Górgonas. Al principio eran tres hermanas bellísimas: Medusa, Esteno y Euríale. Las dos últimas eran inmortales; la más joven y hermosa de ellas, Medusa, no. Ella así lo pensaba y en un momento de indiscreción llegó a decir que era tan hermosa (o más ) que Atenea, lo que provocó la ira de la diosa (y menos mal que esta no era de las más vengativas) que convirtió a las tres hermanas en monstruos. Sus hermosos cabellos rizados (permitidme que me los imagine así) se convirtieron en serpientes, su cuerpo en algo parecido a un caballo. En otras versiones dicen que era sacerdotisa de Atenea y fue violada por Poseidón, lo que enfureció a la diosa, que la convirtió en un monstruo. En cualquier caso, Medusa pasó de ser una chica preciosa a un monstruo que, sólo con mirarte te dejaba de piedra (literalmente). Fue Perseo el héroe encargado de terminar con ella. La enfrentó a un escudo liso (prácticamente un espejo) en el que el engendro se miró y sufrió el destino que había dado a otros. El héroe le cortó la cabeza sin mirarla y la metió en un zurrón para protegerse, porque la mirada de Medusa seguía manteniendo intactos sus poderes. Al parecer, cuando le cortó la cabeza, también liberó a su cuerpo y la parte de caballo que había en ella se convirtió en Pegaso, uno de los animales míticos más conocidos de todos los tiempos.

Qué decir de la Esfinge, ese ser que vaga de mitología en mitología y puedes encontrar en Grecia, Egipto y, por supuesto, en obras de fantasía más actuales como «La Historia interminable». La esfinge llegó a ser considerada por algunos como un ser vivo real, así Plinio el Viejo afirmaba que vivían en zonas remotas de África (concretamente de Etiopía) y tenían un pelaje pardo rojizo. Era un monstruo con rostro y busto de mujer, patas de león, cuerpo de perro, cola de dragón y alas de pájaro. Los que hayáis visitado al Museo Nacional de Arqueología habréis tenido la suerte de ver alguna representación que custodia sus puertas. No eran una criaturas muy amables, sino que fastidiaban a los vecinos destrozando sus cosechas y ciudades. Hay quien dijo que fue la malvada Hera la que envió una a la ciudad de Tebas, pero ya se sabe que hay dioses que tienen una facilidad tremenda para ser señalados culpables de todos los males de la humanidad. Lo cierto es que, una vez instalada se dedicó a hostigar, que era lo que le gustaba. Pero también le gustaba jugar y llegó a un acuerdo con los tebanos y les dijo que si encontraban a un valiente que resolviese sus enigmas se iría para siempre, pero si no lo averiguaba devoraría a los voluntarios. La adivinanza consistía en averiguar qué animal estaba provisto de voz y tenía cuatro, tres y dos patas a lo largo de su vida. La respuesta la sabéis vosotros y también Edipo, que resolvió el misterio (somos los humanos). Hay versiones que añaden que él mismo dio muerte a la Esfinge, mientras que otros aseguran que huyó a un desierto en el que fue petrificada y Momo, el dios del sarcasmo, se ríe todavía de ella. A Edipo lo premiaron concediéndole la mano de la reina de Tebas, que resultó ser su madre y que tantos quebraderos de cabeza y complejos ha dado a la psiquiatría.

No podía quedarse en el tintero el Minotauro, ese ser mitad hombre mitad toro, concebido por la reina de Creta, Pasifae, y un toro blanco. La mujer sufrió un maleficio de Poseidón, que provocó su enamoramiento del toro y un salvaje deseo sexual hacia el mismo. Dédalo (inventor sin par) facilitó la cópula creando una vaca de madera hueca por dentro y no me preguntéis como lo hicieron, pero a los pocos meses nacía el Minotauro, dejando en evidencia los deseos de su madre. Para colmo de males tenía un carácter violento y le gustaba comer carne humana . Minos acudió a su inventor de cabecera para que le solucionase el problema (el que Dédalo había ayudado a crear). Construyeron un laberinto para darle cobijo al engendro y allí comenzaron a llegar jóvenes de muchas ciudades de Grecia, para ser devorados. Así ocurrió hasta que llegó un joven ateniense que no se arredraba por nada. Se llamaba Teseo y no dudó en servirse el hilo que le facilitó la hija de Minos, Ariadna, para matar a su hermanastro. Pero esa es otra historia, que también tiene su punto monstruoso y que os contaré otro día (sólo si os apetece).

Continuamos creando monstruos porque nuestra imaginación sigue viva, es poderosa y cuenta con medios para expresarse como no ha habido antes. Sin embargo, no puedo evitar pensar si nuestros monstruos, no son una revisión de lo que se creó hace más de dos mil años.


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