jueves, 15 noviembre 2018
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Once escenas favoritas

El cine es recuerdo. Son muchas las escenas que quedan grabadas en la retina y regresan para hacernos sentir, a pesar del paso del tiempo, lo mismo, con la misma intensidad

30 oct 2018 / 22:28 h - Actualizado: 30 oct 2018 / 23:06 h.
  • Fotograma de ‘Casablanca’. / El Correo
    Fotograma de ‘Casablanca’. / El Correo
  • Fotograma de ‘Match Point’. / El Correo
    Fotograma de ‘Match Point’. / El Correo
  • Don Corleone y Bonasera. / El Correo
    Don Corleone y Bonasera. / El Correo
  • Mia Wallace y Vincent Vega, personajes de ‘Pulp Fiction’. / El Correo
    Mia Wallace y Vincent Vega, personajes de ‘Pulp Fiction’. / El Correo
  • Fotograma de ‘Fargo’. / El Correo
    Fotograma de ‘Fargo’. / El Correo
  • Scarlett Johansson en ‘Lost in traslation’. / El Correo
    Scarlett Johansson en ‘Lost in traslation’. / El Correo
  • Escena de ‘La buena estrella’. / El Correo
    Escena de ‘La buena estrella’. / El Correo
  • Fotograma de ‘American Beauty’. / El Correo
    Fotograma de ‘American Beauty’. / El Correo
  • Fotograma de ‘Los santos inocentes’. / El Correo
    Fotograma de ‘Los santos inocentes’. / El Correo

Hay quien sostiene que la película Casablanca se rodó sin guión y que durante todo ese tiempo, nadie conocía con exactitud cuál sería su desenlace final. Sin embargo, parece que esta afirmación no es más que un mito, y que Julius J. y Philip G. Epstein y Howard Koch, escribieron el guión a partir de un texto teatral titulado «Everybody Comes to Rick’s» y fuertemente condicionados por la necesidad de suavizar el perfil de algunos de los personajes de la obra, evitar la censura -que no hubiera aceptado una protagonista femenina que abandona a su marido-, y dar con un final menos áspero que el que ponía fin a la pieza teatral. Sea como fuere, la última brumosa escena de la película y la famosa frase pronunciada por Rick Blaine (Humphrey Bogart), «Louis, pienso que este es el comienzo de una bonita amistad», forman parte, casi diría que desde siempre, de esas secuencias imborrables en mi memoria, quizá porque además de ser muy bella, tiene la virtud de aligerar la tristeza del espectador tras la despedida de la pareja protagonista.

En Match Point, de Woody Allen, resulta sobrecogedor el momento en el que la cámara se recrea en la imagen ralentizada del anillo suspendido en el aire que gira, gira y finalmente cae, de forma que no solo cierra el círculo de la metáfora tenística que da título a la película, sino que proporciona al espectador una clave gráfica y eficacísima del desenlace, haciendo inesperadamente visible esa delgadísima línea que traza la suerte -de forma implacable y en ocasiones, injusta- entre el éxito y el fracaso, ya se trate de la actividad deportiva o del resto de acontecimientos de nuestra existencia.

Contando con el soporte magnífico de la novela de Mario Puzo, en El padrino y El Padrino II vi trasplantadas a la pantalla de forma magistral las mismas imágenes que rondaban por mi cabeza al tiempo de leer la novela, pues libro y cintas logran en este caso el prodigio poco habitual de no desmerecerse mutuamente. En el difícil trance de elegir una sola escena me quedo con la secuencia de El padrino en la que Don Vito Corleone recibe en su despacho al funerario Bonasera. El ambiente que se respira en la estancia y el diálogo entre ambos personajes es francamente sobresaliente, y por tanto, muy difícil de olvidar.

En Pulp Fiction, escrita y dirigida por Quentin Tarantino, cuesta elegir una sola secuencia. El divertidísimo baile de Mia Wallace (Uma Thurman) y Vincent Vega (John Travolta) –este último felizmente recuperado para la interpretación y la danza-, la escena en el interior del coche, cuando Vincent se pregunta «¿Le he pegado un tiro a Marvin en la cara?» o la secuencia en la que inyectan insulina directamente en el corazón a Mia son, por paradójico que resulte, auténticos soplos de aire fresco en los que la sabia mezcla de tensión, descreimiento y humor cristalizan en una receta difícilmente superable.

También Fargo, de los hermanos Coen, está plagada de escenas para el recuerdo. Entre todas, prefiero aquellas que muestran la vida personal y familiar de la embarazadísima agente de policía Marge Gunderson (Frances McDormand). Particularmente encantadores en su sencillez y autenticidad resultan los breves diálogos que mantiene con su esposo al regresar al hogar.

Está también entre mis favoritas la escena del karaoke de Lost in Traslation, quizá porque refleja a la perfección ese momento en el que la juerga nocturna comienza a desfasar, los cuerpos caen desmadejados sobre los asientos del bar y Charlotte (Scarlett Johansson), traspasada completamente la barrera del sentido del ridículo, se lanza a desafinar con su peluca rosa en la cabeza mientras Bob Harris (Bill Murray) la observa con una mezcla de paternalismo y arrobo absolutamente enternecedores. A esas alturas de la noche, todo lo que ella hace le parece fascinante, y siente que la ama con la intensidad de un colegial. Como en la vida misma.

Maravillosas e igualmente inolvidables resultan las luces filtradas a través de las ventanas de la casa de Rafael (Antonio Resines) en La buena estrella, de Ricardo Franco. Pocas veces se ha retratado en el cine la luz de un verdadero hogar con tanta eficacia y belleza. Y difícil encontrar miradas tan turbadoras e inquietantes como las que Carlos Saura logró captar en el rostro de la niña Ana (Ana Torrent) en Cría cuervos, entre otras y muy especialmente en aquella escena en la que las tres hermanas bailan con la canción «Porque te vas» de Jeanette, interrumpidas tan solo por el contrapunto de la presencia abrupta y breve de Paulina (Mónica Randal), que acentúa la intensidad de una escena magníficamente construida y que el director parece querer repetir –plagiándose un poco a sí mismo- en El séptimo día, donde de nuevo las niñas de Saura bailan, esta vez con algo menos de frescura.

Cerca del final, hay una escena en American Beauty en la que dos de los personajes observan la proyección de un vídeo que ha captado la belleza del mundo en una bolsa de plástico que baila conmigo como un niño que me pidiera jugar. El monólogo del joven que acompaña a la imagen en movimiento y los acordes de la inolvidable, triste, hipnótica partitura que escuchamos a lo largo de buena parte de la cinta, construyen una escena única, un instante que puede convertirse en un pequeñísimo paréntesis en la vida de cualquiera y que, por eso mismo, resulta muy difícil de olvidar.

El momento en el que el Señorito Iván (Juan Diego) bate con su escopeta a la Milana Bonita de Azarías (Francisco Rabal) en Los Santos inocentes, de Mario Camus, hábilmente reforzada con los acordes ásperos y repetitivos de un fondo musical capaz de hacer sangre en los tímpanos, componen un momento duro y brillante de nuestro cine en el que el espectador, aun sin conocer la novela de Miguel Delibes, augura la tragedia con la misma certeza con la que se identifica el sabor de la hiel en el cielo del paladar.

Podría recordar muchos más momentos tan mágicos como los descritos. Hay otros que aun no han sido filmados, pero se filmarán. Es un auténtico bálsamo tener la certeza de que será así.


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