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Pasaporte a Belén

En el 35º Aniversario de su creación en el barrio de Los Remedios, el Belén Viviente de los Padres Blancos recupera su esencia más tradicional. Acompáñanos en este viaje a la Palestina del siglo I, para descubrir los entresijos de un clásico de la Navidad que resurge, cada año, como por arte de magia

28 dic 2018 / 20:08 h - Actualizado: 28 dic 2018 / 20:21 h.
  • Ensayo previo a las funciones de ‘Sucedió en Belén’. / Fotografía Antonio Puente Mayor
    Ensayo previo a las funciones de ‘Sucedió en Belén’. / Fotografía Antonio Puente Mayor

En Virgen de la Cinta 23 no se ubica ninguna terminal de aeropuerto; ni tan siquiera una estación de tren que, emulando las historias de Harry Potter, incluya un mágico andén para trasladarnos a otro mundo. Sin embargo, la verja metálica que protege sus dominios —la «puerta negra», vulgo Los Remedios— supone la antesala a un viaje fascinante que comienza cada 25 de diciembre al caer la tarde, y que se prolonga hasta la víspera de la Cabalgata de Reyes del 5 de enero. Diez días de risas, música, luces, emoción y muchísimo compañerismo que sirven para conmemorar el verdadero hito de la Navidad: el nacimiento de Jesús. Pero este periplo, al margen del potente resultado visual que disfrutan hasta quinientos espectadores en cada sesión, no se consigue únicamente con ilusión. En la trastienda de Sucedió en Belén, el montaje que cada año se instala en el polideportivo de los Padres Blancos para asombro de propios y extraños, ciento cincuenta almas se concentran para dar lo mejor de sí mismos. Una experiencia inenarrable que un servidor ha tenido el privilegio de observar de primera mano, y que ahora paso a relatarles.

Pasaporte a Belén
Los pequeños actores aguardan en el comedor del colegio. / Fotografía Antonio Puente Mayor

Cita a las cuatro

Antes de embarcar a la Palestina del siglo I, tanto los alumnos del colegio San José como los integrantes de su célebre Escuela de Teatro deben seguir un protocolo que comienza a las cuatro de la tarde en la citada puerta. Una vez franqueada, el ingente grupo se dirige al patio para aguardar su turno. Es en ese momento cuando los docentes, los monitores de las extraescolares y los padres y madres voluntarios, entran en acción a modo de agentes de aduana. Siguiendo el orden de una lista, cada pequeño es nombrado en voz alta para, a continuación, acceder al comedor del colegio, donde comienzan los preparativos. Esta es una de las fases más complejas y a la vez más divertidas para los niños, pues es el momento de recibir el atuendo que les permitirá sellar el pasaporte a Belén. Mientras una fila espera a recibir la túnica con la que acompañar su camiseta de cuello vuelto, leotardos y zapatillas color camel —todos los pequeños deben acudir desde casa con dichas prendas—, otra se dedica a colgar sus abrigos y mochilas de una percha. Pese al caos reinante, los coordinadores no pierden la calma. Es la antesala del milagro y se viene repitiendo durante décadas; por lo que no hay de qué preocuparse. «Necesito un velo», pide una cría con timidez a una de las madres colaboradoras. Esta le sonríe y le proporciona uno de color verde, mientras a su espalda un grupo de adolescentes lucen sus trajes de soldados romanos. En el Belén de los Padres Blancos, los Magos de Oriente pueden ser chicas, San José barbilampiño y Herodes menos sanguinario que en el Evangelio de San Mateo. De hecho, suele estar acompañado de su esposa e hijo así como de un nutrido grupo de bailarinas que ponen la nota de color a sus escenas.

Pasaporte a Belén
Una de las escenas de ‘Sucedió en Belén’. / Fotografía de Antonio Puente mayor

Guiños, sorpresas y nostalgia

Poco después de las cinco, la masa de actores y actrices se adentra en el túnel del tiempo, ubicado allende las cocinas, y aterrizan en el poblado que vio nacer al Mesías. Para recrearlo, durante las semanas previas, un nutrido grupo de jóvenes y adultos disponen cientos de tableros, estructuras de hierro, tarimas y columnas sobre la pista de deportes, con objeto de ir dando forma, poco a poco y con mimo, a la llamativa escenografía. Este año, y al coincidir con el 35º Aniversario del montaje, los responsables de Sucedió en Belén, Pío Bullón y Carmen Ortega, han decidido recuperar la esencia del mismo. Así, tras llamar la atención de los medios de comunicación con un emotivo guiño a Palmira —la idea de emular sus ruinas romanas surgió de la mente de José Lucas Chaves, ex director del ICAS-Ayuntamiento de Sevilla—, en esta edición de 2018 se homenajea a todos los artífices históricos del animado nacimiento. Esto se traduce en un conjunto de casas, portal y palacio similares a los que lucían antes de la remodelación del colegio. Muchas de esas piezas, por cierto, fueron realizadas por el recientemente fallecido Manolo Rodríguez, uno de los artistas que dieron forma a la Cabalgata del Ateneo. Aunque sin duda lo más llamativo es el audio, donde es posible escuchar a protagonistas de antaño, como el actor y director Fernando Fabiani —además de dirigir a la compañía Síndrome Clown cada Cuaresma interpreta a Pilatos en el Antiquarium— o el mismísimo padre Isaac García, docente, director, creador de la Escuela de Teatro San José SS.CC. y descubridor de estrellas como Antonio Dechent o Paz Vega. Junto a sus voces, rotundas y entrañables, los espectadores podrán disfrutar de otro importante guiño histórico en las figuras de Melchor, Gaspar y Baltasar. Y es que, en su primera aparición, estos surgen como simpáticas marionetas, recitando versos del Auto de los Reyes Magos al modo en que se hacía a finales de los años ochenta. Un detalle nostálgico que se complementa con un video de los treinta y cinco años de Sucedió en Belén, realizado con cientos de fotografías y recortes de prensa y ubicado en el inicio de la cola.

Pasaporte a Belén
Así se hace el Belén Viviente de los Padres Blancos. / Fotografía Antonio Puente Mayor

El Belén «indoor» más grande de España

Pero la historia no acaba aquí. Realizada la segunda función —los horarios de los pases se reparten entre las seis y las ocho y veinte de la tarde—, los jóvenes viajeros hacen una pausa para coger fuerzas. Es el turno de los colaboradores, que en su afán porque todo esté perfecto, han preparado bocadillos para merendar, cortándolos por la mitad para facilitarles la labor a los más pequeños. «Los hay de salchichón, chorizo y jamón de York», anuncia una chica joven. Estos se acompañan de refrescos de naranja, limón y cola, que hacen más agradable el tránsito por Galilea. Mientras los niños descansan, los monitores repasan cada pieza del atrezo —desde el martillo del herrero a las piezas de fruta que se venden en el mercado—. Todo debe estar a punto para bordar el resto de las sesiones, pues la fama de esta propuesta se extiende más allá de las fronteras de nuestra provincia, siendo, por méritos propios, el Belén indoor más grande de España. Llegadas las 19:40 horas, y con el público ansioso en las gradas, las notas de En un mercado persa, de Albert Keterbey, sacan de la ensoñación a los pequeños actores, convirtiendo su estatismo —«posición cero» en el argot del colegio— en un ir y venir por el pintoresco recinto. Es el turno del Profeta, del Ángel Gabriel, la Virgen María y su embarazada prima; pero también de aquellos personajes anónimos que, desde la inocencia más tierna, portan el testigo de los que les precedimos en el tiempo y la memoria.


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