lunes, 24 septiembre 2018
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Que Dios nos perdone: El mundo gris

Los relatos sobre policías, asesinos, putas, malos de todos los colores, pringados o trileros, parece no tener fin. Cuando todo parece estar contado, un realizador se saca de la manga una película que gusta, que conmueve, que remueve, que nos hace entender las cosas desde una perspectiva distinta. Y eso, precisamente eso, es la esencia del cine

30 jun 2018 / 08:30 h - Actualizado: 29 jun 2018 / 09:53 h.
  • Antonio de la Torre y Roberto Álamo protagonizan la película. / El Correo
    Antonio de la Torre y Roberto Álamo protagonizan la película. / El Correo
  • El personaje que encarna Antonio de la Torre encierra muchas dificultades y roza la frontera de lo verosímil. / El Correo
    El personaje que encarna Antonio de la Torre encierra muchas dificultades y roza la frontera de lo verosímil. / El Correo
  • La policía contada desde la policía como nunca antes se había conseguido hacer. Eso es ‘Que Dios nos perdone’. / El Correo
    La policía contada desde la policía como nunca antes se había conseguido hacer. Eso es ‘Que Dios nos perdone’. / El Correo
  • Cartel de a película. / El Correo
    Cartel de a película. / El Correo

El cine debe entretener; debe mostrar un universo de ficción que nos permita entender lo que sucede en la pantalla y, así, comprender lo que nos sucede cada día; debe experimentar con sus propios códigos para no anclarse a territorios ya conocidos y explotados en exceso. El cine debe ser esa parte del arte que el ser humano es capaz de integrar en su propia experiencia con todas las consecuencias.

Hay películas que dejan un regusto amargo, una presión en la boca del estómago que nos hace sentir nerviosos, desazonados. Pero algunas de ellas no dejaríamos de verlas por nada del mundo. Una es Que Dios nos perdone del realizador Rodrigo Sorogoyen, también guionista del trabajo junto a Isabel Peña.

Cine español. Sobrio. Elemental en su planteamiento y profundo en su ejecución. Una excelente película de cine que crece desde la primera secuencia y no deja de hacerlo hasta los créditos finales.

La película es un thriller en el que se manejan los elementos más clásicos del género policiaco. Un policía violento, rudo, problemático, pero que esconde un lado tan humano como el de cualquier otra persona. Otro policía inteligente, minucioso, tan atormentado por su relación con la madre que es capaz de entender a un asesino que bien pudiera haber sido él mismo. Un asesino retorcido, escurridizo, aparentemente normal aunque esconde una maldad insólita. El entorno, como un personaje más, al acecho, haciendo que los malos puedan serlo y los buenos tengan que ser malos también. A decir verdad, tal vez esto sea lo más flojo de la película puesto que se podía haber explotado más y mejor una ciudad como Madrid tomado por los jóvenes que querían asistir a la visita del Papa y por los que protestaban y que pasaron a protagonizar el 15M.

Técnicamente, la película es impecable. Eso sí, no aporta nada nuevo al cine. Lo que sucede es que lo que se hace se hace muy bien. Elegante puesta en escena. Tan elegante como gélida. Muy bien el vestuario, muy bien la peluquería, muy bien el maquillaje. Iluminación y sonido estupendos. La cámara de Sorogoyen se mueve con elegancia, sin molestar, sin sobresaltos, y dejando que los personajes vayan construyéndose y construyendo un universo fascinante. Porque nunca antes se había contado a la policía desde la propia policía y con tanto acierto.

La trama de Que Dios nos perdone es muy divertida. A pesar de lo gris del entorno, de lo gris de los personajes, de lo gris del mundo entero, es muy divertida. Y necesita de unos personajes robustos, bien dibujados y de cierta profundidad.

Antonio de la Torre encarna a un personaje difícil. Y lo hace más que bien puesto que las características de ese policía rozan la frontera que separa lo creíble de lo que no lo es. El oficio de este actor es sólido como una roca y nunca falla. El director de cine que no saque petróleo de Antonio de la Torre debe pensar que algo de su trabajo no funciona en absoluto. Por su parte, Roberto Álamo está magnífico, creíble a más no poder. Es el que más aporta a la verosimilitud del relato. Un papelazo de este hombre que va a más en cada película que hace. El resto de papeles son más cortos y son resueltos con solvencia por los actores y actrices que forman el reparto. Destaca Javier Pereira, delgadísimo, dando vida al villano.

Gustan los diálogos de Que Dios nos perdone porque se encuentran muy cercanos a lo literario aunque se quedan en el territorio cinematográfico. Bien diseñados, bien resueltos. Gustan los giros argumentales porque están justificados y encajan perfectamente en el conjunto. Gusta la película porque es buen cine y cumple con lo que espera el espectador.

Una cosa más. ¿Por qué no se indagó más en el mundo religioso? Una pena porque esa era una posible subtrama con cosas que contar.


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