martes, 27 junio 2017
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‘Retorno a la belleza. Obras maestras del arte italiano de entreguerras’

Hasta el siguiente 4 de junio, la Fundación MAPFRE situada en el madrileño Paseo de Recoletos acoge la tercera exposición en orden cronológico exhaustivo de, sobre todo, pintura italiana de inicios del siglo XX. Un motivo de estudio y consiguiente profundización en unos esquemas donde el clasicismo y las vanguardias a veces no eran amigos bien avenidos. Defensa de la tradición, pero a su vez reinvención de la misma. Exposición muy recomendable.

13 may 2017 / 12:26 h - Actualizado: 07 may 2017 / 23:14 h.
  • ‘Retorno a la belleza. Obras maestras del arte italiano de entreguerras’
    Mario Sironi L’architetto [El arquitecto], 1922-1923 Óleo sobre lienzo, 87 × 75 cm Colección particular. / © Mario Sironi, VEGAP, Madrid, 2017
  • ‘Retorno a la belleza. Obras maestras del arte italiano de entreguerras’
    Felice Casorati Ritratto di Renato Gualino [Retrato de Renato Gualino], 1923-1924 Óleo sobre tablero de contrachapado, 97 × 74,5 cm Istituto Matteucci, Viareggio. / © Felice Casorati, VEGAP, Madrid, 2017
  • ‘Retorno a la belleza. Obras maestras del arte italiano de entreguerras’
    Cagnaccio di San Pietro La partenza [La partida], 1936 Óleo sobre lienzo, 118 × 96,3 cm Cortesía de Galleria Gomiero, Milán/Padua. / © VEGAP, Madrid, 2017
  • ‘Retorno a la belleza. Obras maestras del arte italiano de entreguerras’
    Antonio Donghi Donne per le scale [Mujeres en la escalera], 1929 Óleo sobre lienzo, 146 × 100 cm Banca Monte dei Paschi di Siena. / © VEGAP, Madrid, 2017
  • ‘Retorno a la belleza. Obras maestras del arte italiano de entreguerras’
    Pompeo Borra Riposo [Descanso], 1933 Óleo sobre lienzo, 105,5 × 126 cm Mart, Museo di Arte Moderna e Contemporanea di Trento e Rovereto, Colección VAF-Stiftung MART 8769, VAF 2111. / © VEGAP, Madrid, 2017

Esta sugerente exposición organizada por MAPFRE es la tercera parte de toda una muestra de arte italiano moderno (si por tal aún consideramos el siglo XX en pintura). Tras la dedicada a Macchiaioli en 2013 y la «Del divisionismo al futurismo» ya reseñada en estas páginas, se vuelve, como en Francia, a un clasicismo donde la idea de las vanguardias está ya totalmente asumida, provocando en algunos casos admiración y en muchos otros, rechazo. Nos gustaría que la historia de las ideas estéticas no estuviese tan ligada como en este caso a lo político (dictadura de Benito Mussolini) desde ese futurismo que obligaría, al menos mentalmente, a la necesidad del viaje al exterior con la necesidad de reinventarse para volver al Renacimiento y la época clásica con las pilas cargadas. No en balde, lo más interesante de la exposición es aquello por lo que artistas como Picasso, Derain o el norteamericano Edward Hopper, consiguieron adquirir como parte de sus estilos respectivos. Defensa de la tradición por tanto, pero a su vez reinvención de la misma, ya que no todo sirve, al menos de la misma forma.

Dentro de este grupo al que se pretende unir en torno a los géneros de retrato, paisaje, desnudo o naturaleza muerta existieron tres corrientes con las que se nos insiste y debemos reseñar: la pintura metafísica (cuyos principales representantes fueron Giorgio De Chirico y su hermano Alberto Savinio, gracias a quienes se redactó un manifiesto en la revista Valori Plastici, que abogaba por una recuperación de la estética, la forma y el color ante los desmanes vanguardistas), el llamado grupo Novecento y finalmente el que se definía a sí mismo desde cierto realismo mágico plástico del que bebieron igualmente las letras italianas de la época. Todos ellos pretendían alcanzar un objetivo común a partir de la limpieza, la concisión y la sencillez a las que se unían un componente abierta y claramente inquietante que huía de lo oscuro y lo arbitrario en cuanto a temas.

La pintura metafísica se basaba en la utilización de cierta abstracción así como de la influencia del cubismo; así lo muestra Alberto Savinio en «La tumba del morisco», óleo de este además músico y escritor emparentado con el teatro de la mano de Pirandello, que en este caso utiliza un onirismo infantil que va más allá del cubismo gracias al uso del volumen en perspectiva. En «Plaza de Italia», De Chirico contrapone cierta monumentalidad artificiosa con la idea de desierto, resultando interesante el juego de sombras que realiza con una estatua; «La mañana angustiosa», del mismo pintor juega con un uso de la luz de amanecer poco característica, de manera que las sombras se enconan debido a la falta de voluptuosidad de las formas, consciente de ello introduce un tren negro atravesando la parte inferior del lienzo. De Carlos Carrá es ese «Bodegón metafísico» de reminiscencias tan plenamente picassianas. «El lenguaje del niño» también de De Chirico resuelve ser una imagen poco infantil y en «Melancolía hermética» se introduce un espacio neoclásico de fondo, al que llegamos tropezando con objetos diversos. El «Bodegón con bola» de Giorgio Morandi introduce una suerte de minimalismo, gracias a la idea de caja o escenario presente en otros cuadros anteriores. Por último, cabe destacar el pleno figurativismo simbólico de las pinturas de Savinio, «Los guardianes del puerto» y «La partida de los Argonautas».

En la sección «Evocaciones de lo antiguo», se nos presenta al grupo Novecento de pintores lombardos reunidos en torno a 1922 y vinculados a la denominada Comedia Dell ‘Arte. Empieza el recorrido con dos bustos escultóricos de Arturo Martini, al que sigue «La esposa del poeta» (también grupo escultórico) donde a pesar del clasicismo en los rostros, se muestra una mano alargada que define un tipo de proporción distinta. De Gianfilippo Ussellini es el lienzo de 1934, «Coro a tres voces», donde la luz que entra por la cúpula superior de una iglesia ilumina de magenta la escena. De Ceraccini es «La fuente» escena teatral por la frontalidad donde el enamoramiento, la confesión religiosa y el trabajo son los temas principales. Destacar igualmente los dos Riposos de éste así como de Pompeo Borra, resultando el segundo de ellos más primitivo en su concepción, y siendo el primero algo más que una agradable escena familiar campestre marcada formalmente por la presencia de un cayado. El retrato de Safo de Achille Funi recrea una idea de textura en la figura moderna a pesar del clasicismo de la figura. El gran descubrimiento en torno a este grupo lo proporciona Gino Severini tanto en «La lección de música», donde el arlequín es al tema lo que el cubismo era a la pintura metafísica inicial; y «El equilibrista» que resulta aún más circense a pesar de que de fondo vemos el Coliseo y el foro romano. Por otro lado, «La hermana» de Achille Funi remite de nuevo a las textura esta vez mate, siendo más brillante el retrato pintado en óleo sobre cartón. Cubista es la belleza de la «Mujer con brazos cruzados» de Massimo Campigli, como igualmente llaman la atención las obras de Mario Sironi, «Figura con vaso», «El arquitecto» o «Desnudo con frutero» (esta última imagen anatómicamente más curva de lo acostumbrado).

Y es que el desnudo como género merece atención aparte; en principio todos estos pintores buscan como modelo la Venus de Urbino de Tiziano. Así en la pintura de Oppi, «Atardecer en Romaña» destaca el uso de una luz clara y blanca sobre un cuerpo femenino situado en un paisaje con borrasca; tierna resulta la imagen «Desnudo» de G. Emilio Malerba en que una mujer más oronda parece dialogar con un cervatillo. La posición de la modelo inspiró a Casorati ese «Estudio para mediodía» donde una luz entre ocre y marrón desdibuja algo más el conjunto. Del mismo autor, «Retrato de la esposa» es reseñable por su figurativismo, así como por la sombra utilizada en la modelo que va de la nariz a la boca. De influencia surrealista resulta la inquietante «El primer dinero» de Cagnaccio di San Pietro, que está también relacionado con «Mujer ante el espejo». Por último en este género, destaca la «Mujer sentada de espaldas» que incorpora el elemento de la lectura como placer sensual en el que recrearse.

En los paisajes se pretende transmitir una especie de melancolía si bien no por lo perdido, sí por lo que anticipa que no va a poder ser. Así, Ussellini en «La veterana de las casas» muestra ese clasicismo a través de una casa baja rodeada de rascacielos. Destacamos igualmente a Donghi en «Via del Lavatori», donde desde una terraza se muestra el colorido de una luz diferente según esté situada. Un pintor que desde otro prisma marcó estilo fue Mario Sironi por razones opuestas; en él la utilización del negro como metáfora del carbón y la contaminación en las zonas industriales destaca y mucho en «Paisaje urbano», «Periferia con camión» o «El puerto». En «El incendio» de Gigiotti Zanini es reseñable el virtuosismo del dibujo y la captura de un instante perfecto.

Llegamos al retrato con la introducción de ese realismo mágico que tanto pide un cambio espiritual en los temas. De Chirico retrató convencionalmente a una muchacha agitanada; a partir de aquí volvemos a la importancia de la escena como marco imprescindible tanto en Ubaldo Oppi en «La muchacha sentimental», como en Malerba o Pompeyo Borra en sendos lienzos titulados «Las amigas». De una belleza algo más fría y de rasgos aristocráticos es ese «Retrato de Antonio Veronesi» tan verdusco. Emparentada con la ilustración tal y como la entendemos hoy está el «Retrato de la señora Wighi» donde las facciones de la modelo no llegan a ser caricatura, pero sí enternecen por otros motivos. Anselmo Bucci recrea en «Los malabaristas» una escena callejera de contorsionismo entre hombre y mujer de gran formato. Cómica y hopperiana resulta «Malabarista» (imagen que ha sido portada de la reciente reedición del libro de Elsa Morante, «La isla de Arturo», para la editorial española Lumen) que retrata a un modelo que sujeta con un cigarro su sombrero de copa.

El bodegón o naturaleza muerta de esta época, resulta por último en muchos casos convencional y reiterativo. Destaca el cubista, de Severini, «Bodegón con mandolina», el inquietante «Plata» de Leonardo Ducteville, de nitidez asombrosa o de una gran originalidad el lienzo de Cagnaccio di San Pietro, «Langosta y bogavante». Cerramos este artículo con otro cuadro del mismo pintor, «La partida» donde la luz de un atardecer es capaz por sí misma de proyectar sobre un par de rostros un tema y hasta un fuera de campo innecesarios de mostrar.


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