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Shakespeare y comedias

Dentro de las jornadas de animación al teatro que para jóvenes y aficionados al teatro se hacen desde el Teatro La Abadía, la Sala José Luis Alonso acoge hasta el 4 de junio el espectáculo de Alfredo Sanzol, ‘La ternura’, una divertida y amable obra de teatro para todos los públicos. Muy bien en los aspectos técnicos y muy bien las interpretaciones.

13 may 2017 / 12:32 h - Actualizado: 12 may 2017 / 08:32 h.
  • La babor actoral es magnífica. / El Correo
    La babor actoral es magnífica. / El Correo
  • La interpretación de todo el elenco es una demostración de lo que debe ser el lenguaje corporal. / El Correo
    La interpretación de todo el elenco es una demostración de lo que debe ser el lenguaje corporal. / El Correo

La sala José Luis Alonso del Teatro de la Abadía acoge «La ternura», escrita y dirigida por Alfredo Sanzol; comedia amable, disparatada y en ocasiones recreada en lo erótico festivo de una manera más que agradable, y que hace nuestras delicias de manera asombrosa.

El trabajo de los seis actores es incansable e impagable, no sólo por el respeto que desde la dramaturgia se tiene de los textos del bardo inglés, sino porque se opta por la acción a través de la palabra en la boca; una acción que, a pesar de lo desnudo o diáfano de la escenografía (aspecto este aprovechado con corrección), vemos a través del gesto, el movimiento del cuerpo y lo que imaginamos como galeón que después arde, e isla bonita que propicia la pereza o el tiempo de estío del que también nos hace partícipes. La adaptación recuerda algo a la que hizo Kenneth Brannagh hace más de quince años en la película «Trabajos de amor perdidos», a quién debe la mayor parte de la estructura dramática, pero también es deudora, en cierto sentido, de obras como «Mucho ruido y pocas nueces», «Cómo gustéis», «Las alegres comadres de Windsor» o incluso «La tempestad».

A nivel técnico es igualmente reseñable el trabajo escénico, de vestuario y de utilería y atrezo. Alejandro Andújar, Chema Noci, Almudena Bautista, Miguel Ángel Infante o Maribel Rodríguez, realizan una labor estupenda. Todos ellos se suman a una cantidad estimable de becarios formados en La Abadía o Escuelas de Teatro reconocidas o concertadas con la institución.

Todo empieza cuando vemos a la Princesa Salmón y Rubí (hijas de Esmeralda) tratar de dormir a pesar de lo agitado del mar; cuando la madre entra en escena hace elegir a ambas si desaparecer e incumplir sus compromisos políticos y maritales (a las princesas se les asigna un conde como esposo a cada una, siendo el de Rubí, el de Essex) o bien abandonar el barco y naufragar si acaso voluntariamente en una bella isla abandonada. Esmeralda y Rubí están convencidas, no así de primeras Salmón (el traje tiene mucho que ver con los nombres) a quién el candidato pudiera ser que satisfaga alguno de sus perdidos apetitos amorosos en el tiempo.

Por otro lado, en la mentada isla viven tres leñadores: Verdemar, Marrón y Azulcielo, que huyeron hace mucho tiempo de Inglaterra. También son padre y dos hijos. El más joven de los hermanos es Azulcielo que sufre tormentos ya que Marrón se ha encargado de meter en la cabecita de ambos que las mujeres son bichos malos y poco recomendables e imita cual licántropo el sonido de las gaviotas. Por otro lado, Verdemar es también deliciosamente ingenuo a este respecto. Los tres se dedican a cazar para comer y dormir, y así son felices, también en principio.

De la confluencia de estas dos familias monoparentales, al fin, nace un juego de disfraces, gestos, sonrisas y máscaras que da lugar al equívoco continuo; el porqué de su inicio viene dado cuando las chicas se disfrazan de soldados de un barco (en el que iban) que curiosamente en el horizonte sale ardiendo. De este modo la reina oficiará y moverá los hilos como capitán; la princesa Salmón se vestirá de sargento y Rubí de alférez; todo ello propiciado por la presencia de un hacha olvidada en el camino de uno de los leñadores.

El trabajo actoral, como decíamos, resulta sobresaliente. La enérgica Elena González, actriz mexicana que atesora muchas tablas, marca carácter y estilo como Esmeralda; la inocencia y generosidad se hacen carne en Javier Lara, actor muy conocido por su trabajo en televisión (Aída, Ana y los 7); la veteranía del personaje y la interpretación cargada y llena de improvisación de Juan Antonio Lumbreras y, sobre todo, Paco Déniz (Verdemar), cuyo gesto encandila y entorpece, vivifica el reparto desde una ingenuidad que calculamos estudiada, pero que no pierde un ápice de espontaneidad. No nos olvidamos igualmente ni de Natalia Hernández (que debutó en Periodistas allá por el año 2000) ni de Eva Trancón, actriz versátil que tampoco es primeriza en estas lides.

Por otro lado, queda patente el tema de que ni aún los padres, o tal vez por ello, deben inmiscuirse y tramar sobre el destino de sus hijos, que en menos de un segundo pueden verse ante una desgracia que puede llegar a ser tan real como la vida misma.


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