viernes, 24 marzo 2017
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Tierra de sueños: La India de García Rodero

Hasta el 28 de mayo, la sede de Caixaforum, situada en el madrileño Paseo del Prado, acoge en un espacio significativamente pequeño, la última exposición de Cristina García Rodero, una mirada positiva enmarcada dentro de la fotografía social o el fotoperiodismo. La exposición sirve para concienciar al visitante de la necesidad de enfrentar los problemas que existen aunque estén lejos de nuestras fronteras y para recordar la importante labor de Vicente Ferrer.

18 mar 2017 / 12:20 h - Actualizado: 16 mar 2017 / 08:18 h.
  • Tierra de sueños: La India de García Rodero
    La exposición de García Rodero tiene un carácter especialmente social y solidario. / El Correo
  • Tierra de sueños: La India de García Rodero
    El color de las fotografías expuestas recuerda la necesidad de hacernos cargos de problemas que siempre están. / El Correo
  • Tierra de sueños: La India de García Rodero
    La gama de colores, el sentido último de la imagen y lo que se representa en ella, hacen de la exposición una ocasión para despertar el interés por los problemas que quiso solucionar Vicente Ferrer. / El Correo
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    La mujer (a veces personas que lo parecen sin serlo) es el eje de la exposición de García Rodero. / El Correo
  • Tierra de sueños: La India de García Rodero
    Las sombras y el contraste con los tonos, convierten la fotografía de García Rodero en una imagen evocadora. / El Correo
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    Lo cotidiano es la base del trabajo de García Rodero en esta exposición comisariada por ella misma. / El Correo

Allá por 1985, aparecía como portada en la revista internacional de National Geographic, la fotografía La niña afgana de Steve McCurry, reportero de la MAGNUM, que como Cristina García Rodero en esta exposición ambientada en Anantapur (Andrah Pradesh) y por encargo de la Fundación Vicente Ferrer, utiliza el color (en aquella foto ya mítica llamaban poderosamente la atención los ojos azules de la niña) de una manera más que insólita a través sobre todo de la decoración de fondo y del vestuario de sus personajes. Personajes que no son todos femeninos como en un principio pudiera parecer.

Comisariada por ella misma, ha contado para el tratamiento de las imágenes con la inestimable ayuda de Alicia Barrera. En ella se reúnen ochenta imágenes que a pesar de su gran formato permanecen expuestas en un recinto demasiado reducido y al que se debería dar más importancia, habida cuenta no sólo de la calidad, sino del interés humano que despiertan tanto desde un punto de vista escénico muchas de ellas, como gestual, en poderosos retratos mostrados en vertical y que, como decimos, debido a las dimensiones del espacio nos obligan a tener que alejarnos más de la cuenta para comprenderlas, siempre con el cuello forzado.

Ni que decir tiene que debemos comentar la gran labor humanitaria y el legado que deja vivo y el trabajo cotidiano en la India de Vicente Ferrer. Y es que como buen jesuita, su manera de entender la educación (eso que hoy cualquier tertuliano de pacotilla señalaría como los tres pilares básicos de toda sociedad: educación, educación y educación) y el compromiso con los otros, ha sido siempre algo a elogiar y que, en este caso, está haciendo posible la creación de una amplia red de voluntariado de su asociación; mujeres sobre todo que enseñan y cuidan a otros con la misma filosofía marca de la casa en que aprendieron y ahora emprenden.

La exposición, a pesar de ser un testimonio sobrecogedor, está concebida con unos mimbres positivos, en el sentido en que para cualquiera resultaría fácil caer en el feísmo y la deshumanización, algo que en García Rodero no cabe, pues aplica en este caso, como en tantos otros, una mirada fervientemente entusiasta y, a la vez, tan propia, tierna y aventurera como el o la mejor de los fotógrafos que sobre estos temas y sin ánimo de menoscabar a nadie, tenemos en nuestro país. La utilización del color en vez del blanco y negro, a su vez, nos recuerda la urgencia de actuar sobre estas realidades que sin estar olvidadas, siempre penden de un hilo presupuestario menor, que otras necesidades más «perentorias».

Un ejemplo de todo ello es el retrato de la niña albina ciega Nandini B, de Bukaraya Samudram, donde se aplica cierto desenfoque efectivo en un lunar gris superior a los ojos a la altura de la nariz y que luce un collar de perlas oscurecido; la abuela que acude con sus dos nietos a la procesión del Teru o la reunión de mujeres vestidas con saris de colores que forman parte de shanghams o grupos de autoayuda colectivos; en estas últimas utiliza objetivos que dan una amplitud o profundidad de campo mayor de la habitual. Existen también escenas familiares donde el trabajo de cooperación y la idea de familia saben hacerse efectivas mediante el uso de sombras sobre un muro, sombras esperanzadoras que a veces comunican más que el propio rostro.

Del pueblo de Candhinagar (en el área de Srisalian) vemos como la desnutrición hace estragos en personas y animales, contrastando esta dura realidad con el color verde de una pared esmeralda. En otra vemos a un anciano indigente tumbado, quedando la parte izquierda reservada a una madre e hija que lo y nos observan desafiantes, y en la derecha una niña pequeña que peina a su abuela. Interesante por su dulzura resulta la de las niñas jugando en el patio de la Escuela de Primaria para Niños Ciegos habilitada por la Fundación. De un azul gastado resulta la de la niña con largas coletas asomada de espaldas a una azotea, donde utiliza el magenta en el vestido y el adobe de las casas.

Curiosa nos resulta la escena en que una madre mira pesarse en una báscula sucia a su hija. Tampoco son ajenos a esta mirada los discapacitados intelectuales, de hecho saca a tres de ellos bebiendo en una taza metálica (normalmente las fotos referidas a este colectivo tienen de fondo murales que les sirven para explicarles cómo desenvolverse diariamente), en otra escuela vemos a niñas algo mayores repasando o haciendo deberes en un patiecito de piedra negra.

De aquella en que se muestra el gesto compungido de una madre con SIDA y depresión que se aferra a su hija, pasamos a la escena en que la primera espera, delante de una cortina de ducha, a ser atendida por el pediatra para la niña que tiene en brazos. Quizás donde más aprovechado esté el color por su variedad de tonos es en la de las mujeres de Gundala Thanda sentadas en las escaleras del interior de un establecimiento con jarrones verdes. Enorme fuerza tiene también aquella en que muestra a Anjali haciendo labores de hogar, mientras de fondo vemos a la familia ayudada en la parte derecha. Bellísima resulta la de la peluquería en Kadiri, en especial por el peculiar peinado del niño. Otra imagen que llama la atención es la de la niña jugando con un cordero y vestida con unas ropas a lunares y floreadas; también de enorme valor es aquella en que tras Nandini se nos muestra la lección del día en la escuela escrita en una pizarra, o la de Ramalaksmi, viuda de 23 años con sus dos hijos. También es curioso como tras dar a luz, a las mujeres se les tapan los oídos para evitar resfriados (lo vemos en una imagen tomada más a vuelapluma en un paso subterráneo). Destacamos igualmente la del paralítico cerebral, un niño cuyo cuerpo permanece metido en una caja azul; de nuevo utiliza amplia gama de colores y dibujos en mantas y sábanas en el hospital en escenas materno-filiales de gran hondura y juega con la idea de aislamiento en la imagen del niño apartado, siendo representado en la parte superior del fondo un mural para lo más inaccesible para él: los oficios.

Entre los retratos donde la importancia del gesto es mayor, destacamos la fotografía de la niña llorando que ha sido invitada a una boda católica, para volver a la discapacidad intelectual en la de un niño que mira por una ventana, mientras de fondo vemos un mural que le enseña a vestirse. Enormemente sensitiva es la de los dos niños ciegos que parecen enseñarse tiernamente a mirar mediante el tacto. Otras de carácter más reivindicativo son la de la manifestación por el Día de la Mujer para la erradicación de la violencia contra ellas, la de la recolección de kanakambaram, una flor decorativa que ellas utilizan para adornar el pelo y los collares, la de Malamma agitando su cabeza para espantar demonios propios y ajenos o la de la recién casada Maruthi, de 24 años, a la que por haberse casado se le unta la cara con cúrcuma.


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