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Trazado en el tiempo

Hemos vuelto la espalda a zonas de nuestra Historia, en vez de enfrentarnos imparcial y críticamente a ellas. El Protectorado Español de Marruecos fue un momento sin el cual resulta imposible explicar o entender nuestro presente

18 oct 2018 / 19:27 h - Actualizado: 18 oct 2018 / 20:11 h.
  • ‘Centinela’ de Mariano Bertuchi. / El Correo
    ‘Centinela’ de Mariano Bertuchi. / El Correo
  • Dibujo a plumilla procedentes de la colección que el militar africanista Tomás García Figueras donó a la Biblioteca Nacional en 1966. / Mariano Bertuchi
    Dibujo a plumilla procedentes de la colección que el militar africanista Tomás García Figueras donó a la Biblioteca Nacional en 1966. / Mariano Bertuchi
  • Dibujo a plumilla procedente de la colección que el militar africanista Tomás García Figueras donó a la Biblioteca Nacional en 1966. / Mariano Bertuchi
    Dibujo a plumilla procedente de la colección que el militar africanista Tomás García Figueras donó a la Biblioteca Nacional en 1966. / Mariano Bertuchi
  • Dibujo a plumilla procedente de la colección que el militar africanista Tomás García Figueras donó a la Biblioteca Nacional en 1966. / Mariano Bertuchi
    Dibujo a plumilla procedente de la colección que el militar africanista Tomás García Figueras donó a la Biblioteca Nacional en 1966. / Mariano Bertuchi
  • Dibujo a plumilla procedente de la colección que el militar africanista Tomás García Figueras donó a la Biblioteca Nacional en 1966. / Mariano Bertuchi
    Dibujo a plumilla procedente de la colección que el militar africanista Tomás García Figueras donó a la Biblioteca Nacional en 1966. / Mariano Bertuchi
  • Dibujo a plumilla procedente de la colección que el militar africanista Tomás García Figueras donó a la Biblioteca Nacional en 1966. / Mariano Bertuchi
    Dibujo a plumilla procedente de la colección que el militar africanista Tomás García Figueras donó a la Biblioteca Nacional en 1966. / Mariano Bertuchi
  • Dibujo a plumilla procedente de la colección que el militar africanista Tomás García Figueras donó a la Biblioteca Nacional en 1966. / Mariano Bertuchi
    Dibujo a plumilla procedente de la colección que el militar africanista Tomás García Figueras donó a la Biblioteca Nacional en 1966. / Mariano Bertuchi
  • Dibujo a plumilla procedente de la colección que el militar africanista Tomás García Figueras donó a la Biblioteca Nacional en 1966. / Mariano Bertuchi
    Dibujo a plumilla procedente de la colección que el militar africanista Tomás García Figueras donó a la Biblioteca Nacional en 1966. / Mariano Bertuchi
  • Dibujo a plumilla procedente de la colección que el militar africanista Tomás García Figueras donó a la Biblioteca Nacional en 1966. / Mariano Bertuchi
    Dibujo a plumilla procedente de la colección que el militar africanista Tomás García Figueras donó a la Biblioteca Nacional en 1966. / Mariano Bertuchi
  • Dibujo a plumilla procedente de la colección que el militar africanista Tomás García Figueras donó a la Biblioteca Nacional en 1966. / Mariano Bertuchi
    Dibujo a plumilla procedente de la colección que el militar africanista Tomás García Figueras donó a la Biblioteca Nacional en 1966. / Mariano Bertuchi
  • Dibujo a plumilla procedente de la colección que el militar africanista Tomás García Figueras donó a la Biblioteca Nacional en 1966. / Mariano Bertuchi
    Dibujo a plumilla procedente de la colección que el militar africanista Tomás García Figueras donó a la Biblioteca Nacional en 1966. / Mariano Bertuchi

Durante todo el verano se ha mostrado en el Baluarte de San Roque, en Cádiz, obra del pintor Mariano Bertuchi. Se trata de reproducciones de dibujos a plumilla procedentes de la colección que el militar africanista Tomás García Figueras donó a la Biblioteca Nacional en 1966, y que formaron parte de la Sección África de la mencionada institución.

Nos llegan de la mano de Fernando Villatoro, fotógrafo aficionado, enamorado de la obra del pintor granadino, que se encargó de solicitar los dibujos digitalizados, y de procesarlos informáticamente para su impresión en el soporte más adecuado. Un mérito de divulgación, mayor si cabe por venir desde una iniciativa particular y desinteresada.

Ese esfuerzo, y esa motivación, deberían ser un acicate para la Administración Pública a quien corresponde revisar, consolidar, analizar y poner en valor los fondos originales para una muestra definitiva que genere además un catálogo crítico de esta parte desconocida de la obra de uno de los artistas importantes del siglo XX.

Destacado por la calidad de su pintura y sus dibujos, por la variedad de sus intereses y la transversalidad con la que participó en los movimientos artísticos contemporáneos, y porque dedicó su obra a documentar un momento histórico, al tiempo que desarrollaba para la administración española en Marruecos una labor decisiva en fijar las tradiciones autóctonas y conservar el patrimonio artístico, fundando instituciones que perduran hasta hoy.

No es muy conocido, porque sus obras más llamativas se encuentran fuera de nuestro país o pertenecen a organismos del Estado, o a colecciones privadas que la mantienen inaccesible al público; quizás debido a eso no esté presente en los museos nacionales y es un error. Se da además la circunstancia de que ni España, ni Marruecos, individual y mucho menos conjuntamente, han sido capaces de articular un relato de su Historia común, encerrada la primera en la frustración de su fracaso colonial, su acomplejado patriotismo, y lo arriesgado de sus posiciones africanas; y la segunda atrapada entre sus imposibles reclamaciones territoriales y los irredentismos rifeños. El hecho de que en África comenzaran su carrera los militares que se sublevaron contra el gobierno legítimo de la República, con tan nefastas y duraderas consecuencias, tampoco ayuda a reivindicar ese momento que -con todo- fue feliz para el encuentro entre culturas.

El nieto del pintor, Mariano Bertuchi Alcaide, está realizando un esfuerzo encomiable de divulgación y archivo –solitario y pertinaz- que ha dado algunos frutos, como la cesión temporal de fondos al Museo de la Muralla Real de Ceuta, una biografía del artista, o el apoyo a la iniciativa de algunos admiradores, como en este caso Villatoro.

Los dibujos, que se dirían rápidos apuntes del natural, son bocetos para libros, ilustraciones, o felicitaciones navideñas, pero conservan un trazo muy íntimo, una voluntad de capturar el momento como si se fotografiara con un gesto una sombra, se quisiera capturar un movimiento, recordando una anécdota. Son firmes y honestos. Algunos no son más que esbozos, y aun así los personajes -o los rincones- salen a la luz conservando no se sabe que aura de caligrafía, delicada y sutil.

Algunos temas se repiten, acreditando los encargos, como el indígena depositando una carta en el buzón del progreso, dibujado para los correos jalifianos; o indicándonos el interés con el que el autor persistió en ellos: los cuentistas y encantadores de serpientes de los zocos, las puertas de las medinas y las multitudes en los bazares, Chauen, los vendedores. La civilización se abre paso con un edificio modernista junto al que circula un automóvil. Ese mundo que ha dejado de ser exótico para convertirse en cotidiano se representa en el cielo sobre las azoteas de las ciudades laberínticas, horadado por los minaretes de las mezquitas.

Mariano Bertuchi fue coleccionando instantes en el tiempo, gestos, con los que nos asomamos a un mundo que aun no ha desaparecido por completo, pero casi: unos pescadores arrastrando una lancha sobre la arena de una playa. Un moro armado, vigilante, sobre un alcor. Escuchando. Como escuchan también los ruedos de pueblerinos atrapados por las historias de los voceros. Conversaciones en un momento de parada. Cotidianos regateos durante una compra.

Atrapado por la realidad de la guerra primero, luego por el sol, el bullicio y la mística de los magrebíes, por la administración del territorio después, Bertuchi fue difuminando el orientalismo en tangibilidad, en certeza. Estos dibujos a plumilla, mucho más que sus óleos, nos dicen casi más de la persona que los realiza que de lo que intenta retratar. Vemos a un observador astuto, agazapado. Un narrador que busca el relato detrás de cada perfil. Un artista que pretende la trasmisión de la verdad. Privilegiado en su lugar, cautivado por su tiempo. Siempre exacto en la composición, equilibrado en los contrastes, mesurado en las proporciones.

Los dibujos del artista andaluz –nunca mejor llamado- como los haiku, se basan en el contraste y la emoción -como la de ese niño que entrega a un adulto una misiva para que la deposite en la boca del casillero- Se definen en la contemplación de la naturaleza –humana, en este caso- y se resuelven en la contradicción entre dos ideas separadas: luz y sombra, ocupado y vacío, embozado y sociable, armado pero extático. La naturaleza se perfila en los detalles diminutos de un ave de presa en la inmensidad del cielo, en el efecto del viento, de las nubes o el kiregi del horizonte.

Las réplicas se habían exhibido en Algeciras en dos ocasiones. A Cádiz llega la mitad de ellas, que colgadas junto a la muestra de la pintora marroquí Leila Cherkaoui encuentran un contraste eficaz. Esperamos que se puedan ver en Sevilla.

Mariano Bertuchi no solo fue andaluz porque naciera en Granada, se iniciara en Málaga, y transitara Ceuta y San Roque, sino porque murió en Tetuán, donde transcurrió la mitad de su vida consciente.


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