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Un paraguas para el sol

09 jun 2019 / 21:33 h - Actualizado: 09 jun 2019 / 21:47 h.
  • Persona pidiendo limosna en la calle. / EFE
    Persona pidiendo limosna en la calle. / EFE

Freddie era uno de esos sedientos vagabundos a los que no le gustaba la noche en la ciudad y que, sin embargo, a menudo la soportaba a la intemperie. Con enorme creatividad, se ponía a pedir limosna en las plazas más distinguidas de esta, que eran la puerta de cafeterías y restaurantes lujosos, o bien las cercanías de las joyerías. Se ponía normalmente a la cola y eran los sitios donde menos dinero conseguía, pero algo en su corazón y su cabeza le decía que aquello tenía poco sentido y que algún día habría de cambiar.

Freddie además era de esos vagabundos que se obcecaban en terminar teoremas de prestigiosos matemáticos antes de dormir en el albergue, cuando había, especialmente cuando recordaba cómo hubo un día en que soñó con elaborar el suyo propio, al modo de John Forbes Nash, Fermat o aquel tipo que se aplicó en demostrar la existencia de Dios a través de esos complicados y advenedizos juegos o cábalas que su compañero Eddie le decía siempre que a nada conducían.

Eddie era su mejor amigo y a Freddie le encantaba discutir con él; en vez de gustarle beber, le encantaba comer, por lo que las mejores plazas de mendicidad que encontraba estaban en bares de copas y whiskerías de lujo, lugares mucho más sórdidos en general, pero donde era más fácil según algunos, obtener un porcentaje sobre lo recaudado.

Eddie no rellenaba teoremas, sino que se entregaba al noble y, a veces, patético arte de versificar para la concurrencia. Que llega un chiquito bonito, pues le damos un caramelito.

Tanto Freddie como Eddie combatían el frío con conocimiento, y este apenas le servía para sentir aún más frío en un principio. Los sueños de ambos por tratar de que un soneto, cuarteta o demostración les sirviera si acaso para tener una cuenta corriente en el Banco o siquiera algo más que unas monedas que llevarse al raído bolsillo.

El día en que Freddie y Eddie volvieron a coincidir era soleado; por un pique que venía de su relación en el colegio -ya saben los típicos enfados entre alumnos de Ciencias y Letras, que si no tienes ni idea de Descartes, o si no entendiste jamás a Bach ni a Charlie Parker- se sentaron a competir en la plaza de la joyería más lujosa de la ciudad. De repente y ante el paso de una bella mujer de la que sólo vieron que vestía un calzado de tacón de aguja, pasaron de pelearse entre ellos a disputar por ella, que tuvo que llamar a la Policía para que la dejaran en paz.

- No ha sabido resolver un logaritmo ni un determinante súper fácil, ¿usted cree, agente?.

- Es que este señor se cree que todo tiene que rimar, cuando el verso libre se inventó hace más de un siglo.

El agente sin saber cómo deshacer el embrollo, dijo:

- Oigan, que la señorita se ha sentido increpada y además llega tarde al trabajo.

- Eso se soluciona muy fácil, dijo Freddie; deme a mi su moneda y le dejo en paz.

- Valiente caradura, exclamó Eddie.

El agente cogió un silbato y con su autoridad gritó un ¡Circulen! ante el que nadie supo que hacer.

La mujer de los tacones de aguja continuó andando hasta llegar a la sucursal bancaria donde en realidad trabajaba. Contenta y enérgica dejó el bolso sobre su mesa. Se sintió cortejada por aquellos dos hombres agarrados a un cartón de vino uno y a un cigarro apagado y casi consumido, el otro. Aunque pronto se olvidó de ellos, puesto que el día iba a ser duro. Dos desahucios en nombre de un cliente multimillonario le estaban esperando. Antes de iniciar los trámites, le llamó otro ex novio para preguntarle si le había sido concedido el crédito que había pedido para que a sus padres ancianos no les echasen de su piso de renta antigua. Todo esto terminó de situarla dentro y ya no fuera de una agenda que no sabía de logaritmos, determinantes ni versos libres. Ni siquiera de hambre ni de sed.


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