domingo, 25 agosto 2019
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Una feria de furia

12 may 2019 / 00:25 h - Actualizado: 13 may 2019 / 11:24 h.
  • En ese mismo instante el cielo se iluminó con los fuegos artificiales, más espectaculares que nunca. / El Correo
    En ese mismo instante el cielo se iluminó con los fuegos artificiales, más espectaculares que nunca. / El Correo

Aquel año la Feria de Abril transcurrió en su totalidad en Mayo. Teóricamente el pistoletazo de salida era la Noche del Pescaíto. Casi nadie la llamaba Sábado del Pescaíto, quizá por no menospreciar al lunes, que tan resignadamente había cedido su protagonismo. No obstante, hacía ya varios días que todo había empezado y se veía movimiento en las casetas.

El músico tomó como una bendición el tener unos días más de trabajo. Lo cierto es que sus gustos musicales no podían estar más alejados de las rumbas y las sevillanas, sin embargo apreciaba la belleza del baile y le parecía muy necesaria la alegría desbordante de aquellos días a modo de pulmón de oxígeno que hacía a la ciudad olvidarse de los problemas cotidianos. Además, aquella semana suponía un dinero extra que no podía menospreciar.

Se había puesto uñas postizas encima de las suyas para aguantar tantas noches de rasguear su guitarra, y, después de oler la gomina medio reseca que le había sobrado del año anterior, decidió que mucho mal no le haría a su otrora frondosa melena. Esperaba no tener que gastarse lo ganado tocando en la Feria en un viaje a Turquía para un tratamiento capilar. En un último acto de rebeldía había decidido mantener la pegatina de Springsteen en la funda, total, estaría pegada a la pared.

La caseta estaba en el cruce de dos calles con nombre de torero, como todas. Mientras montaba el sonido, se rió para sus adentros pensando en cómo se las apañarían guiris y madrileños sin recurrir al GPS. Sus compañeros se retrasaban, algo que no le tomaba por sorpresa. Cuando ya había rechazado el tercer rebujito se dignaron a aparecer. Se conocían de hace años, de tocar otras músicas en otros muchos sitios. Confiaba plenamente en ellos, eran todo terreno. Habían tocado juntos boleros, pasodobles y vals, sin olvidar la pesadilla del Despacito a diferentes ritmos. Aún no se habían iniciado en el trá (Malamente), pero todo se andaría, que el negocio es el negocio.

Con el Alumbrao comenzó la música y la fiesta. Nunca dejaba de admirar lo hermosas que estaban las mujeres con sus trajes de colores y su pelo recogido. Y, a pesar de tener como fondo de armario multitud de camisetas de sus grupos favoritos (y una de Desatranques Jaén), reconocía el señorío de una feria con hombres y jovencitos en traje de chaqueta. Era una caseta muy animada, con gente de mediana edad ávida de divertirse. Y, además, como premio extra, la tortilla de patata estaba a poco de parecerse a la de su madre.

Aquella noche, y todas las demás, por el puente de Triana pasó la reina , toma que toma y arsa y arsa y toma.

Hacia el jueves de Feria dio por perdidos sus zapatos nuevos que tantos sinsabores le habían causado. Ni todo el albero del mundo mezclado con zotal, y sedimentos orgánicos que enmascaraba el zotal, serían suficiente castigo para aquellos dos potros de tortura de buena marca que habían tatuado sus pies a base de ampollas. Al menos, las croquetas también parecían las de su madre.

El viernes la falta de sueño empezó a hacer mella en su ánimo. Para colmo de males, a mitad del segundo pase un veinteañero acicalado había decidido conquistar a las damas presentes acompañando al grupo al son de la caña. Inevitablemente el percusionista perdió el ritmo del cajón. El público no pareció percatarse del cambio de la rumba al chachachá y siguió bailando alegremente. Pero fue la gota que colmó el vaso.

Cuando el músico enfiló aquella noche el camino a casa en su mente se incrustó una loca idea. Intentó quitarse de la cabeza aquel suicidio laboral, pero la media hora de caminata hasta el coche daba para hacer muchos planes.

El sábado cargó con su equipo de sonido más potente. A pesar de las objeciones del percusionista, que no las tenía todas consigo en cuanto a que no les multaran por sobrepasar los decibelios permitidos, hizo las conexiones pertinentes y ecualizó todos los micrófonos con mimo.

La caseta estaba más animada que nunca. Los brazos de las mujeres se movían con elegancia y un mar de volantes surcaba el suelo de albero. La cerveza estaba más fría que nunca, la tortilla cuajada de materna manera, las croquetas eran la perfección. Hasta el chaval de la caña tocaba al compás.

Cuando se aproximaba la media noche entonaron la famosa canción de Raphael que llevaba a todos los públicos de todos los saraos al paroxismo. ¿Qué pasará? ¿Qué misterio habrá en esa canción para unir los corazones de ese modo? Con los últimos lalalá se acercó a la mesa de sonido con una sonrisa en los labios y siete días de agotamiento reflejados en sus ojos. El percusionista negaba con la cabeza con pánico. Subió el volumen al máximo y, después de una breve pausa, los acordes del solo de guitarra del Sweet Child of Mine de los Guns N´ Roses reverberaron en la noche.

La subida de tensión fue tal que el Real se quedó a oscuras y en silencio. En ese mismo instante el cielo se iluminó con los fuegos artificiales, más espectaculares que nunca. Una exclamación de asombro de cientos de personas a la vez dio por concluida la fiesta.


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