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Viajeros de primera y de tercera

Bienvenido al Titanic. A lo largo de su viaje disfrutará de todas las mejores comodidades. ¡Pero, atención! Antes de embarcar deberá especificar debidamente si su billete es de primera, de segunda, o de tercera clase, ya que cada modalidad le permitirá disfrutar de unos u otros privilegios.

26 oct 2015 / 15:34 h - Actualizado: 26 oct 2015 / 15:37 h.
  • Las diferencias entre los camarotes de primera y tercera eran tremendas. Basta con observar las imágenes que acompañan a este texto.
    Las diferencias entre los camarotes de primera y tercera eran tremendas. Basta con observar las imágenes que acompañan a este texto.
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  • Algunas de las familias de primera clase que embarcaron en el pecio.
    Algunas de las familias de primera clase que embarcaron en el pecio. Noelia Salcedo

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¿Privilegios en tercera? Efectivamente. Pese a la idea que tradicionalmente el cine nos ha formado sobre cómo sería el perfil de un pasajero de tercera clase, lo cierto es que disponer del capital suficiente para adquirir un billete en el transatlántico ya era, de lejos, todo un lujo.

Hablemos de dinero. Un billete en tercera costaba 8 libras mientras que uno en primera clase del Titanic valdría alrededor de 100 veces más que uno de tercera. Esas ocho libras eran el equivalente a la renta de un año en un apartamento en un barrio obrero. O lo que es lo mismo, un trabajador tenía que ahorrar durante cinco a diez años para poder pagar el pasaje. ¿Entonces, eran ricos los de tercera? No exactamente, pero su poder adquisitivo era mucho mayor de lo que podemos imaginar. La cuestión se complica cuando los comparamos con los pasajeros de primera clase.

Las verjas que separaban los camarotes de la tercera clase del resto existieron. Con ellas pretendían ahuyentar a los curiosos que pudiesen incomodar a los miembros del pasaje más distinguido. Pero en realidad el Titanic no estaba pensado para estos últimos, sino para los emigrantes. Corría el año 1912 y si algo nos quedó claro en las clases de Historia es que el mundo estaba cambiando. El nuevo transatlántico se creó pensando en las grandes masas de emigrantes que se movían por Europa buscando una oportunidad mejor y serían ellos los que se harían con la mayor parte de los pases de tercera clase.

Diferencias antes de zarpar

Ciudadanos de todas partes del continente llegaron a Southampton para partir en el navío que les llevaría a empezar una nueva vida en Estados Unidos. Algunas de las diferencias entre éstos y sus vecinos de primera clase las vemos en el propio hotel en el que se hospedaron antes de zarpar, en la propia ciudad de Southampton. El South Western House fue el favorito de los más adinerados y estaba considerado el mejor y más caro de la ciudad. Sus salones de baile y su cocina de alto nivel daban buena cuenta de ello. Nada que ver con el Atlantic Hotel, compuesto por un bloque de apartamentos en el que los pasajeros de tercera podían hospedarse compartiendo habitación con hasta diez personas todos juntos en el suelo. Y es que, a la larga, a la White Star Line le resultaba más rentable potenciar este tipo de pasaje, mucho menos exigente. Mientras la primera clase exigía unas condiciones ostentosas de confort y lujo, la tercera clase buscaba seguridad y comida aceptable. Y la verdad es que lo encontraron: sopa de guisantes, avena, croquetas de bacalao, queso con pepinillos, carne con arroz y curry, pan con mantequilla, roast beef, patatas hervidas y arenque ahumado, todo un festín para aquellos tiempos.

Los menús entre primera, segunda y tercera clase distaban considerablemente unos de otros y por su parte los de primera disfrutaban de ostras, salmón pochado con salsa muselina, pepinos, filet mignon, codorniz, cordero, foie gras, éclairs, o melocotones en chartreuse. Casi nada. El trato tampoco es que fuera uno de los puntos fuertes a bordo del Titanic. Existía un verdadero temor a contraer enfermedades, más propias de los ciudadanos que no estaban bien posicionados. Relatos de la época cuentan cómo el pasaje de tercera debía desabotonar sus mangas y mostrar las marcas en sus brazos antes de embarcar como prueba de haber sido vacunados anteriormente. Aquel que no las tuviera recibía su vacuna in situ, sin grandes controles de sanidad. Nada que ver con el pasajero de primera quien, debido a su condición, se presuponía debidamente vacunado.

Contrastes por dentro y por fuera

El año 1912 fue el año de declive del corsé. Y sin él, la moda se volvió cambiante y caprichosa. Las mujeres de primera clase utilizaban vestidos de tonos oscuros en el caso de las más adultas y de colores pastel en el caso de las jóvenes. Las damas continuaban usando sombrero, aunque de menor tamaño que los usados en épocas anteriores, aunque a menudo lucían flores. El pelo se recogía con finísimo hilos de oro y, como las pelucas ya no estaban de moda, el cuidado del cabello aumentó y se realizaban elaborados recogidos manteniendo la forma y color natural. Los hombres de primera continuaban usando traje, aunque en un modelo más sencillo y similar al actual. Nada que ver con los hombres y mujeres de la clase media, quienes optaron por atuendos más cómodos. En el caso de las mujeres, se aficionaron al uso del rebozo. La prenda se asentó no tanto por estética sino por su utilidad, aunque no tardaron en decorarse con pinturas. Sus faldas eran largas y hasta los tobillos, y las blusas de manga larga y cuello alto. Los hombres de tercera simplemente vestían con pantalón y una cómoda camisa blanca, aunque sin prescindir de los sombreros.

Llega la hora de dormir y vuelven a aparecer las diferencias. Por supuesto los viajeros de primera, de segunda y de tercera ocupaban distintas zonas del barco. Pero, mientras los de primera disfrutaban de camarotes individuales, los de tercera se veían obligados a compartir. Los de tercera se disponían en torno a la proa y popa del barco en compartimentos compuestos por una cama a cada lado de la pared y un pequeño aseo separándolas. No podemos olvidarnos de que en el año 1912 hombres y mujeres solteros debían permanecer separados por lo que a ellos les tocaba ocupar la proa y a ellas, la popa. Bien lejos, por si acaso.

Más de un siglo ha pasado desde que el Titanic realizara su primer y único viaje y nunca deja de sorprendernos la variedad de costumbres de los más de 2.000 pasajeros que iban a bordo. Aunque si las diferencias entre primera y tercera clase nos parece algo del pasado siempre podemos hacer un experimento en la actualidad. Accede a la página web de alguna aerolínea y simula la compra del próximo vuelo a Estados Unidos. Echa un vistazo a sus precios. ¿Y bien? ¿Eres de los que viajan en preferente o en clase turista?


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