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Doñana, zona cero

40 días después de la catástrofe, visitamos las zonas arrasadas por las llamas de un incendio devastador para el emblemático espacio protegido

03 ago 2017 / 22:26 h - Actualizado: 03 ago 2017 / 23:33 h.
  • Vaguada totalmente arrasada en pleno parque natural de Doñana, en la zona del Asperillo. / Reportaje gráfico: Txetxu Rubio
    Vaguada totalmente arrasada en pleno parque natural de Doñana, en la zona del Asperillo. / Reportaje gráfico: Txetxu Rubio
  • Paco Medina, el agente medioambiental que participó en las labores de extinción.
    Paco Medina, el agente medioambiental que participó en las labores de extinción.
  • Un pie resiste erguido pese a estar carbonizado, en Cuesta Maneli.
    Un pie resiste erguido pese a estar carbonizado, en Cuesta Maneli.
  • Instalación eléctrica de la zona, totalmente quemada.
    Instalación eléctrica de la zona, totalmente quemada.
  • Brotes verdes emergen en una zona de matorral.
    Brotes verdes emergen en una zona de matorral.
  • Doñana, zona cero
  • Cartel identificativo totalmente abrasado, en el que se distinguen ampollas tras el paso del fuego.
    Cartel identificativo totalmente abrasado, en el que se distinguen ampollas tras el paso del fuego.

Sus ojos brillaban mientras intentaban, casi en vano, esconder una lágrima incipiente tras las arrugas que horadaban la comisura de los párpados, chivatos irreductibles de años de trabajo bajo el impasible sol del sur. El viejo Paco se ruborizó tras la pregunta del periodista: «¿Que cómo viví el incendio? Puf, no, no. Esa pregunta no». De repente, el rostro se le anaranjó y su mirada tornó un indescriptible tinte de quebranto. «Perdóname. No sé explicarlo bien, pero es algo que? bueno. Puf, joé. Es lo peor que he visto nunca. Muy chungo». Paco Medina, vecino de Hinojos y ascendencia de Villamanrique, genes doñaneros al cuadrado, fue uno de esos testigos impotentes que una aciaga tarde del neonato verano del 2017, día de San Juan, sucumbían atónitos a la visión de una furia incandescente que arrasaba sin remisión ni remedio leguas de naturaleza viva. Esa llamarada espoleada por un ambiente tórrido y rachas de viento de más de 90 kilómetros por hora galopaba por un mar de pinos legando una estela de muerte. La magnánima Doñana ardía y ardía.


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FOTOGALERÍA. Doñana, zona cero / Por Txetxu Rubio


Medina estaba allí. Y no fue una lágrima la que tal día se le cayó en la arena sino un torrente de desasosiego. 31 años velando por Doñana como agente medioambiental –históricos guardas forestales– para que en un rato el fuego se la merendara. El coordinador del equipo de agentes de medio ambiente que operan en el Parque Nacional participó en las labores de extinción preso del miedo y la desazón más descorazonadora. «Tantos años cuidando de esto y parecía que en un rato se iba a acabar todo». El incendio, originado en Moguer, avanzó rápido por los pinares y en apenas unas horas parecía cuadrarse en las mismas narices del Parque Nacional. «No podíamos hacer nada, el fuego era de copa, estaba alto, y corría entre los árboles». Fue entonces cuando saltaron todas las alertas, también las mediáticas, convirtiéndose en un fenómeno de seguimiento a lo largo de toda Europa. En ese momento, las llamas ya habían liquidado algunas miles hectáreas de terreno protegido, en zonas del parque natural. Y provocado el desalojo de más de 2.000 personas, muchas de ellas, veraneantes que disfrutaban de unos días en el Camping Doñana ubicado junto al Parador de Mazagón. Familias que primero corrieron hacia la playa, para luego salir del peligro dejando a merced del fuego pertenencias y vehículos.

Cuarenta días después de una de las grandes tragedias del año –puede decirse que de lo que llevamos de siglo– periodista y fotógrafo pisan la zona cero. A decir verdad, no sabríamos decir si esto es lo más parecido al infierno pero casi sentenciamos que hasta el mismísimo demonio se acongojaría con la visión que domina el horizonte: arena yerma cubierta de cenizas de tono blanquecino, ausencia de matorral y ramojos quemados por doquier. Hay árboles, y están negros. Terriblemente negros. Totalmente desprovistos de copa, inhabilitados como barrera natural que frene el sol cegador y la canícula que baja del cielo. Sus ramas se retuercen en un escorzo imposible, como un dantesco sinónimo del grito sordo de lamento que el bosque lanzó mientras crepitaba.

«Antes, todo esto era verde, un sendero precioso, rodeado de pinar y matorral», narra Paco, antes de saber que sus interlocutores eran amplios conocedores del paraje. Estamos en lo que no hace mucho era la pasarela de Cuesta Maneli, un camino formado por tablas de madera que conectaba la carretera Matalascañas - Mazagón con una onírica playa semisalvaje. Un trayecto apacible en forma de delicioso paseo entre pinares rebosantes de vida, jaguarzos, romeros y jaras rebeldes que se desparramaban con gracia dominando un piso de arena por entonces tapizado de vegetación. No como ahora. El terreno está vacío, desértico, retiradas las características tablas de madera. Unos minutos antes de subir la cuesta que da nombre al paraje, las vimos echadas a un lado, totalmente carbonizadas, en la entrada a un recinto ahora vallado como un vulgar vertedero. «Se han tomado medidas de seguridad porque empezaban a colarse y es peligroso», justifica Ana Warleta, técnica de la Junta y directora de las obras de restauración de la zona quemada. En Cuesta Maneli, incluso han tenido que buscar los tornillos en la arena para apartarlos de lo que antes era un camino tableado y ahora es duna muerta. Un erial de desasosiego.

Sigue nuestro apenado trayecto por el médano, simulando el conocido sendero de kilómetro y medio que separaba el aparcamiento de la entrada con la escalera que bajando el característico acantilado de arenisca del Asperillo arribaba al gran premio de la caminata: el vetusto litoral de las Playas de Castilla y Arenas Gordas tal y como era antes de la conurbación desmedida. Aunque bien es cierto que en los últimos años Cuesta Maneli había multiplicado por mucho la asistencia de domingueros, seguía conservándose ese aroma de playa virgen tan valorado, pese al chiringuito hortera que el humano –el más torpe y ruin de los seres vivos– había levantado en el lugar. Este verano, no habrá ni chiringuito ni dominguero. El único acceso para llegar a este reducto es a través de la orilla, bajando por alguna de las otras playas del entorno, aunque eso supondría varios kilómetros de caminar por la orilla.

Se hace increíble de comprobar que un día al uso de finales de julio la zona esté tan inhóspita, cuando lo general es la algarabía de familias con sombrilla, nevera y silla, a veces con la suegra y/o cuñado a cuestas, esparciéndose por este enclave imprescindible de la costa de Huelva, en mitad de un intenso piar de pajarillos, con rapaces al acecho y algún meloncillo espabilado atento al trozo de pan con mortadela que sobró del rancho. Al pensarlo y levantar la vista, el mundo se cae a tus pies.

Brotes verdes

Ya asumidos los estertores que el incendio ha legado en un paisaje antaño bucólico, emprendemos la vuelta desde el cénit de la duna, donde un enebro hecho cisco se contornea. Apenas unos días después de la catástrofe, un batallón inició las obras de emergencia. Consistían, básicamente, en quitar la pasarela y sus tornillos y eliminar los pies quemados que con su caída puedan causar daños. De ahí el aspecto estéril que presenta el enclave, en el que además se alza, extrañamente erguida, una señal identificativa del lugar en la que es imposible percibir explicación. Está totalmente abrasada, con la chapa que la recubre salpicada de ampollas, fruto de la temperatura alcanzada cuando las fauces candentes envolvieron la zona. Al tiempo, Paco, el agente medioambiental al que no para de sonarle el teléfono, hace un alto en sus conferencias para avisarnos de un detalle nada baladí. Hay vida, y por ende, esperanza. En la base de un matorral tieso, quemado aunque no desintegrado, emergen pequeñas hojas verdes, demostrándose, una vez más, lo extremamente complicado que es derrotar a Gaia.

Emprendemos la ruta por otros puntos afectados en toda la longitud de la carretera entre los dos núcleos costeros, Matalascañas y Mazagón. A un lado y otro de la A-494 se percibe angustia. Todo está quemado, aunque en la vertiente del Asperillo, la franja que vive entre la vía y la playa, la clave de color en los pinos es más variada: algo de verde, mucho naranja y no pocos tonos ocres. En la ladera de la duna, manda el negro. En la otra orilla de la carretera, el panorama se torna dicromático. El suelo, sembrado de cenizas, desprende un tétrico color blanquecino, mientras que el impacto visual con su vertical, miles de palos de un oscuro y lóbrego tono parecen simular un código de barras. El ambiente es, sin temor a duda, fantasmagórico. Cualquiera lo diría, conociéndose este terreno por ser un auténtico bastión del salvaje monte mediterráneo, rebosante de vida, bichos y vegetales de distinto pelaje.

Campin de los horrores

Decidimos entonces acercarnos hasta uno de los puntos más golpeados por el incendio, el Camping Doñana, cuya puerta de acceso, destartalada, retrotrae a la del Parque Jurásico de Spielberg tras la huida humana y rebelión de los saurios. Entramos y al enfrentarnos con el acceso principal de la instalación nos frena la negativa de dos vigilantes de espaldas anchas. Tras contactar con la dirección, esta nos reitera la imposibilidad de ver, fotografiar y contar cómo ha quedado aquello. Un breve paseo por el perímetro vallado del alojamiento nos sirve para descubrir a qué se debe tanto misterio: una pareja de Guardia Civil, vestidos de paisano, inspecciona el lugar. Otro tipo, con una camiseta negra y unas nada discretas letras amarillas con la leyenda ‘Fire Investigator’, que menuda ironía se gasta el andoba, se desliza entre los rincones escudriñando la escena a nuestro compás. No quiere hablar, sumando intriga al halo ya de por sí enigmático que reina en el ambiente. ¿No se supone que la investigación ha acabado e incluso el Juez tiene el informe del incendio? La pregunta, dilecto lector, es retórica. Seguro que lo ha entendido?

Volviendo a nuestro tajo, el de contar cómo está aquello, lo siguiente nos deja impresionados. Percibimos, desde la valla, estancias del campin totalmente asoladas. Es como si hubiera caído una bomba atómica. El edificio que hacía las veces de recepción ha quedado en el esqueleto. Se ven desde lejos coches reducidos a chapa negra carbonizada. Todo lo que rodea ese lugar se torna aterrador y se hace imposible no pensar en las fatiguitas sufridas por esas familias con niños que despavoridos huyeron para salvar sus vidas. Ya no es que se te jodan las vacaciones, es que el impacto que provoca en su memoria tuvo que ser colosal. Afortunadamente, el incendio no se cobró vida humana. Con las hectáreas de naturaleza arruinadas tuvo bastante, que no fue poco.

Seguimos por el entorno ahora en dirección a otra eglógica playa, la del Pico del Loro. Para los que no conozcan esta porción de terreno que se levanta entre Matalascañas y Mazagón, hay que decirles que no son pocos los recomendables puntos de esparcimiento playero. A saber, a Cuesta Maneli y Pico del Loro, se suman otras como Laguna del Jaral, Arenosillo, Rompeculos o la archiconocida bajada del Parador. La del Pico del Loro es especial, y describiremos el porqué. Una vez en el aparcamiento regulado, se baja por una especie de barranco en el que se desliza un hilo de agua cristalina que excava la arenista del acantilado característico del Asperillo. Por ese camino natural, adobado de talaqueras que facilitan el tránsito, el piso se embarra, dotando a la experiencia de esa agradecida dosis de aventura. En la orilla, el fino hilo de agua se abre, formando una lámina de agua que desemboca en el mar, donde contrasta con una mole característica del lugar: las ruinas del Pico del Loro, reductos de lo que fue una auténtica torre almenara como las tan conocidas de Torre la Higuera –en Matalascañas– o Torre Carbonero, cerca de la desembocadura del Guadalquivir, en plenas dunas de Doñana frente a Sanlúcar de Barrameda.

Tan idílico lugar, descrito líneas arriba, es ahora lastimoso a la vista. Árboles quemados, acceso para coches y playa cerrado a cal y canto y ausencia del arroyo, al que la erosión ya provocada por el incendio mantendrá seco por algún tiempo. Algunos pies han caído al suelo, abrasados, tan negros como el panorama que se yergue en una Doñana de luto. Las ganas de contar lo que periodista y fotógrafo ven no palian el disgusto de asistir a un panorama reducido a cenizas, víctima de una hecatombe ecológica y paisajística total, en un terreno que guarda millones de postales alegres en el corazón de otros tantos visitantes: el estío es época de esperados reencuentros familiares, gratas jornadas de playa con aquellos que ya no están para repetirlas y deliciosas historias pasionales con ese amor de verano que nunca se olvida. El recuerdo persiste, la memoria lo guarda y la melancolía lo rescata, pero el escenario es hoy un espejismo macabro cuya imagen atribula al más alegre. Que la tierra, tu tierra, te sea leve, amada naturaleza


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