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El azúcar disfrazado

Un etiquetado confuso permite que el azúcar sea omnipresente en casi todos los alimentos procesados. Los españoles consumimos de media 100 gramos de azúcar al día, cuatro veces más de lo que recomienda la OMS

Ricardo Gamaza RicardoGamaza /
14 jul 2018 / 20:59 h - Actualizado: 15 jul 2018 / 13:49 h.
  • El azúcar disfrazado

El azúcar blanco refinado es una sustancia química pura (C12 H22 O11) que no tiene vitaminas, minerales, enzimas o fibra. Por el contrario, incrementa el aporte de calorías, quita el hambre y reduce la ingesta de alimentos más ricos en nutrientes, favoreciendo así una dieta poco saludable.

Según la OMS el consumo de azúcar no debería superar el 5 por ciento de la ingesta de calorías totales, lo que vienen a ser unos 25 gramos –el equivalente a tres sobrecitos de azucarillos de los que se les echa al café–, una cantidad que los españoles superamos con creces: 100 gramos diarios.

Aunque creas que no es tu caso, ya que viertes poco azúcar directamente en los alimentos que comes, tal vez no estés tan lejos o hasta superes esa media de los 100 gramos por persona y día, ya que el 75 por ciento del azúcar que consumimos se ingiere de manera indirecta, es decir a través de los alimentos. Algo a lo que ayuda un etiquetado confuso, que disfraza el azúcar en muchos de los productos que consumimos con nombres como sacarosa, glucosa, dextrosa, malta... que muchos consumidores desconocen que son azúcares. Así, el azúcar se hace casi omnipresente en casi todos los productos procesados, en los que el consumidor no podría ni imaginar que puedan contener azúcar, como el loncheado de pechuga de pavo, por ejemplo.

Muchos tipos de azúcar se esconden colocándose al final de la lista de ingredientes. según las normas de etiquetado, los ingredientes de un producto se tienen que poner en el etiquetado de composición en el orden de la cantidad en que están presentes. Para evitar que el consumidor encuentre el azúcar si decide leer esa etiqueta, muchos fabricantes usan más de un azúcar en su formulación de manera que los compuestos que en realidad son glucosa aparecen con diferentes nombres y en menos cantidad. La suma de todos lo haría estar más arriba en ese listado, pero así se evita y se engaña, de manera legal, al consumidor.

Las razones que hacen que el azúcar sea un ingrediente esencial en los alimentos procesados es su poder conservante al lograr disminuir la humedad de los alimentos, lo que impide el crecimiento de microbios patógenos. Así, la necesidad de que los productos alimentarios duren más tiempo ha disparado el uso del azúcar, aunque la mala fama que le precede hace que el etiquetado sea el caballo de batalla de los productores. Una batalla que van ganando los productores si se atiende al dato que de sólo el 64 por ciento de los consumidores entienden las etiquetas.

El reglamento de etiquetado de la UE fue una de las mayores operaciones de presión corporativa que se recuerdan en el Parlamento Europeo. El resultado ha sido un etiquetado en el que la industria ha logrado presentarnos la información a la que tiene derecho el consumidor en términos como la Cantidad Diaria Orientativa (CDO), que para entenderlas requiere usar una calculadora. La CDO ofrece esa información basa en las porciones o raciones del producto, quedando a discrecionalidad de cada productos establecer cuál es la cantidad de cada porción de su producto. Así, en algunos casos las raciones son ridículas o tienen unas instrucciones de uso que parecen una tomadura de pelo, como sucedió con el caso del Cola Cao Light que denunció en su día la organización de consumidores Facua.

En esa incapacidad de acceder a una información clara y rigurosa en las etiquetas de los alimentos es donde se cuela el azúcar. Pero no sólo eso. También se juega con conceptos confusos como el bajo en grasa o bajo en azúcar. La grasa y el azúcar son responsables de potenciar el sabor de los alimentos por lo que los fabricantes usan uno u otro en demasía. Además el concepto de ‘bajo’ es ambiguo: no tiene porque significar que sea poco. Según la normativa alimentaria, bajo en azúcar sólo significa que es un 30 por ciento menos dulce que un alimento del mismo rango.

La nomenclatura es otro de los disfraces del azúcar en los productos elaborados. No siempre pone azúcar o glucosa. Se usan palabras poco conocidas para el consumidor como maltodextrina, oligofructosa, dextrosa... Todos son azúcares, aunque a veces el consumidor no lo sabe.

Y para terminar de rematar este engaño a los consumidores se ha incluido en el etiquetado otro elemento distorsionador, el de sin azúcares añadidos. Una maniobra disuasoria para convencer al consumidor de la bondad de los productos azucarados. Algunos productos usan como reclamo publicitario cero grasas, pero eso no significa que no contengan calorías. Los que indican que tienen un cero por ciento de azúcares añadidos tampoco quieren decir que no los contenga, sino que no se la han añadido a la que de por sí contiene ese producto.

CUATRO CLAVES DEL ETIQUETADO QUE DEBERÍAS CONOCER

Letras minúsculas que incumplen la normativa, términos incomprensibles, grasas ocultas o virtudes irrelevantes. Las normas de etiquetado son muy estrictas y establecen que el consumidor debe poder leer y entender qué compra para poder decidir.

Sin embargo, enfrentarnos a leer la etiqueta de un alimento puede suponer una tarea compleja. Si a ello le sumamos que existen distintas clasificaciones de alimentos y que cada una de ellas cuenta con una regulación específica, el resultado puede ser un laberinto de recomendaciones, porciones y porcentajes para el consumidor. Estas son 5 claves para comprender las etiquetas de los alimentos y poder hacer un consumo responsable:

1. Los contenidos de la etiqueta.

Todos los productos envasados vienen obligados a contener una información mínima en el etiquetado, con independencia de otras normas respecto de alimentos concretos como la carne de vacuno, carne de ave o el pescado, entre otros.

Este contenido de carácter general comprende: la denominación, que nos diga qué es, la cantidad de ingredientes –de mayor a menor peso–, los alérgenos que contiene, la cantidad neta del envase, la fecha de caducidad o consumo preferente, el modo de empleo y condiciones de conservación, el lugar de origen, el grado de alcohol contenido (si lo tuviera) y la información nutricional.

También debe indicar si hay algún contenido transgénico, que debemos evitar si queremos apostar por un consumo ecológico.

2. La información nutricional obligatoria

La información nutricional que tiene que ofrecernos un producto tiene que incluir como mínimo el valor energético, las grasas, las grasas saturadas, los hidratos de carbono, los azúcares, las proteínas y la sal. Toda esa información debe estar referenciada a “100 gramos o 100 mililitros», lo que nos permitirá comparar productos.

3. El tamaño (del envase) importa

El etiquetado debe ser claro y legible. Para los envases pequeños –los de menos de 25 centímetros cuadrados– no están obligados a ofrecer la información nutricional; y si son muy pequeños –de 10 centímetros cuadrados o menos– tampoco tendrá que poner la lista de ingredientes. Pero si la denominación del alimento, la presencia de posibles alérgenos, la cantidad neta y la fecha de duración mínima siempre tienen que aparecer independientemente del tamaño del mismo.

4. El porcentaje del valor diario

Algunas veces los productos nos indican el valor diario de una dieta; pero se basa en una dieta de 2000 calorías, que no tiene porqué coincidir con nuestras necesidades nutricionales.

Además es importante saber que muchos alimentos vienen envasados porque se trata de alimentos procesados. Pero también podemos encontrarlo en frutas o verduras en los que el envasado es innecesario. Es preferible optar por comprar cuando sea posible, productos a granel, además de comprar la cantidad que realmente necesitas, cuanto menos envase tengan, más ecológica será nuestra compra y no estaremos generando residuos. ~


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