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Andalucía

La excusa que usa Díaz para romper dos veces

Los discursos de la presidenta andaluza sobre la «estabilidad» de 2018 y 2015 –cuando gobernaba con IU– son idénticos

04 ago 2018 / 22:20 h - Actualizado: 04 ago 2018 / 23:17 h.
  • Susana Díaz saluda a Juan Marín en el Parlamento el día de su investidura, en junio de 2015. / Julio Muñoz (Efe)
    Susana Díaz saluda a Juan Marín en el Parlamento el día de su investidura, en junio de 2015. / Julio Muñoz (Efe)
  • Susana Díaz estrecha la mano de su entonces vicepresidente de IU, Diego Valderas, en 2014. / Raúl Caro (Efe)
    Susana Díaz estrecha la mano de su entonces vicepresidente de IU, Diego Valderas, en 2014. / Raúl Caro (Efe)

Ningún periodista parlamentario apostaba este mes de julio por unas elecciones autonómicas en primavera, en 2019, cuando tocan. Las quinielas bailan todas entre finales de octubre y el 2 de diciembre. Entre los signos que escrutan los informadores lo que solo es competencia y solo debe decidir la presidenta de la Junta de Andalucía, Susana Díaz, están desde extraños movimientos en las consejerías («a mi cuñado le han pedido que deje informes cerrados a fecha de octubre») a situaciones que parecen repetidas, como es el caso de los rifirrafes entre el PSOE y sus aliados de Cs, que recuerdan mucho a los zarandeos que a finales de 2014 dieron al traste con la coalición entre socialistas e IU y al adelanto electoral a marzo de 2015.

A mediados del mes de julio la tensión entre la formación naranja y los socialistas alcanzó grados nunca vistos desde la última campaña electoral, en la que ¿hace falta explicarlo? Al competir por el voto a ningún partido conviene alabar nada de sus rivales y todo eran críticas.

Díaz, que ya reconoce que se plantea el adelanto electoral. Si intención es «acabar la legislatura», dijo el 20 de julio a Canal Sur, unas palabras en las que cabe que, si se lo ponen imposible... «no depende sólo de mi y algunos están exclusivamente en generar inestabilidad y llevan meses instalados en el adelanto electoral», expuso hace unos días.

Esa palabra, la «inestabilidad» es el comodín que hace intercambiable esa declaración con estas: «Si pudiera agotaría mi legislatura (...). Mi gobierno carece de solidez y sin estabilidad no estaba dispuesta a gobernar» (26 de enero de 2015, fecha del anuncio de adelanto electoral y de destitución de los consejeros de IU).

«Si no hay estabilidad, tendrá que haber adelanto electoral», comentó días antes, el 19 de enero de 2015. «Si esa estabilidad existe, no tendrá por qué haber adelanto», pero «es evidente que esa estabilidad no es la que tenemos en estos momentos», abundó la presidenta andaluza. La inestabilidad a la que se refería era el asentamiento de Alberto Garzón como líder de IU y las críticas que un sector de la federación de izquierdas mantenía contra los partidarios de haber pactado con el PSOE tres años antes y que, a tenor de lo que pasó después en las elecciones, la líder del PSOE-A supo ver como una debilidad de sus socios (con esa grieta interna y la competencia por el mismo votante que Podemos), que se hundieron al caer de 12 escaños a cinco.

En ambos casos pasa lo mismo: los titulares de prensa dan por bien ejecutados los dos pactos, y queda el desgaste de quién da el paso adelante de romper el pacto. El discurso de la estabilidad funcionó hace tres años y medio y puede volver a funcionar este otoño o este verano, incluso. Si hay diferencias es en la actitud del socio: mientras la cúpula de IULV-CA de entonces se desvivió por alimentar la «estabilidad» que reclamaba la presidenta, Cs no está dispuesta a que la ruptura la pille, como suele decirse, en ropa interior: ha adelantado sus primarias y confirmado sin fisuras a Juan Marín como candidato, ha desplazado a Albert Rivera (que ha intercambiado mensajes contundentes con el PSOE, q quien avisó que echarán del poder si pueden) e Inés Arrimadas para que se vea el respaldo inequívoco al cabeza de cartel de sus figuras con más gancho y Marín, al mismo tiempo que pide a la presidenta que despeje dudas y convoque elecciones «en febrero o marzo» (el 27 de julio) recalca que el partido naranja está preparado para dar batalla y «enfrentarse de tú a tú» al PSOE (29 de julio).

El rifirrafe subió de tono entre los día 10 y 16 de julio, cuando Cs sube sus condiciones para hablar de presupuestos autonómicos en 2019. Un tuit de Susana Díaz se considera el hito a partir del que cabe hablar de ruptura: en él la presidenta afeó a Rivera que lleve «cinco días atacando al gobierno de Andalucía» y le dijo que «ya está bien de tantas faltas de respeto». En la onda expansiva del tuit el portavoz parlamentario, Mario Jiménez, habló de «visitas pastorales» del líder naranja a Andalucía y el portavoz del gobierno, Juan Carlos Blanco, llegó a decir que se le estaba poniendo «cara de Javier Arenas», el líder del PP-A que intentó sin éxito llegar a San Telmo cinco veces, la última precisamente pese a ganar en 2012 y tras el pacto entre socialistas e IU.

Aunque el cruce de mensajes no ha parado, al menos los últimos días de julio, con la actividad parlamentaria congelada –salvo la comparecencia extraordinaria por la tarjeta de la Faffe del consejero de Empleo, Javier Carnero–, nadie da un duro por la relación política entre los dos partidos.

Ambos están más o menos estables (El PSOE-A ha tenido un año para escenificar una reconciliación con el PSOE de Ferraz y Pedro Sánchez, y en cambio Cs ha dejado de estar en la cresta de la ola desde la moción de censura), frente a la resaca congresual del PP –que ha obligado al flamante presidente popular Pablo Casado a confirmar el día 28 de julio como «su» candidato al sorayista Juanma Moreno– y de la confluencia IULV-CA-Podemos (Adelante Andalucía), que ha costado un pulso entre la dirección nacional de los morados y los anticapitalistas del sur de Teresa Rodríguez. Al adversario que ha tropezado en política no se le puede dar tiempo a levantarse. El juego limpio se queda en el fútbol.


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