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Un dique al conflicto

«La mediación no es la panacea»

Una profesión en auge. Para el abogado Juan Miguel Adame, de la Asociación Andaluza de Mediación, optar por este oficio también es tomar una postura en la vida

20 dic 2016 / 22:12 h - Actualizado: 21 dic 2016 / 07:00 h.
  • Juan Miguel Adame, en la sede de la Asociación Andaluza de Mediación. / Jesús Barrera
    Juan Miguel Adame, en la sede de la Asociación Andaluza de Mediación. / Jesús Barrera

Aunque el enfrentamiento y los malos modos siguen siendo el recurso mayoritario para la resolución de conflictos, hay quienes creen no solo que hay una posibilidad para el arreglo pacífico de las controversias, sino que incluso se puede vivir de ello. Entre los juristas, como sucede con Juan Miguel Adame, de la Asociación Andaluza de Mediación, circula una creciente corriente de opinión en esta línea. Él es abogado y lleva veinte años en ejercicio. «Reparé en la mediación porque a lo largo de mi experiencia profesional, y sobre todo en materia de familia, observé lo mal que lo pasaban quienes tenían que dirimir sus asuntos en los juzgados, cosa que suponía para ellos vivir una especie de guerra, enfrentarse a un desgaste personal, psicológico y económico muy serio. Entendí que había que fomentar los acuerdos entre las partes en conflicto, porque además, en mi trayectoria como abogado, siempre había tratado de llegar a acuerdos. Así que en 2006 hice un curso de mediación.

Especializarse en esta modalidad de trabajo no es complicado. Hay un catálogo inmenso de cursos y másteres en mediación, válidos para la inscripción en el registro de mediadores del Ministerio de Justicia y en los de las autonomías. Cedeco, una de las entidades que los desarrollan, explica en su web que «a raíz de la entrada en vigor de la Ley 5/2012, de 6 de julio, de Mediación en Asuntos Civiles y Mercantiles, y la posterior aprobación del Real Decreto por el que se desarrollan determinados aspectos de la Ley 5/2012, el 13 de diciembre de 2013, España cuenta ya con una ordenación general, en la que se marcan los requisitos necesarios para el ejercicio de la profesión».

En el caso de Adame, lo suyo son los asuntos penales. Es el juzgado el que propone a las partes que se pongan en contacto con ellos para intentar reconducir con diálogo y voluntad de entendimiento lo que de otro modo acabaría en un vencedor y un vencido. Con todo, advierte el citado, «la mediación no es la panacea. A veces hay conflictos que necesitan pasar por un juzgado».

«Lo bueno de la mediación», prosigue, «es que ayuda a resolver problemas protagonizando ellos mismos la solución. Si no fuese así, sería el juez quien resolvería por ellos. Es un ejercicio de responsabilidad». Eso sí, «no siempre se llega a acuerdo ni siempre se materializan los procesos. Para ello, las partes tienen que venir con actitud».

Pero ya sea así o no, Juan Miguel Adame da a entender que su oficio presenta, de partida, e independientemente del resultado final, un balance satisfactorio en el mismo hecho de acceder a sentarse a hablar, en el gesto de pensar que es posible resolver los problemas entre las partes, aunque luego se fracase. Es lo más satisfactorio de una modalidad tan minoritaria de solución de problemas que está condenada a celebrar sus pequeños y grandes éxitos.

Hay más diferencias entre la mediación y el juicio. «En el juicio penal se suele ver solo la punta del iceberg, mientras que el asunto se ve más ampliamente y con todos sus matices y toda su profundidad en la mediación. Y se pueden recuperar más fácilmente las relaciones». Muchos de los casos que se tratan son agresiones y lesiones, así como amenazas y coacciones. No necesariamente en el ámbito familiar: también vecinal. Incluso conflictos por deudas. «El juez solo va al asunto en concreto, pero en la mediación van a verse las cosas en su contexto, se va a hablar de todo lo que rodea la situación, y es más fácil una comprensión del caso».

«No hay cifras, pero aproximadamente diría que uno de cada tres casos de mediación suele llegar a acuerdo. Hay quienes de entrada dicen que no. De primera, no sentamos juntas a las partes, sino que organizamos sesiones individuales. Si vemos que sí se dan las condiciones, ofrecemos la posibilidad de la mediación conjunta, si vemos que es aconsejable».

«La mediación todavía no es conocida. Que alguien acuda a un mediador por voluntad propia, eso todavía no ha calado. La cultura del diálogo habría que fomentarla un poco más. Hay una tremenda judicialización de la vida. Es no asumir tu propia responsabilidad ni tus propias capacidades: intenta resolver tus problemas, asume tu parte de culpa y ábrete a la posibilidad de alcanzar un acuerdo».

¿QUÉ LE HA HECHO USTED A MI CASA?

David Marín, presidente del Colegio de Aparejadores y Arquitectos Técnicos de Sevilla, explica que su institución se toma muy en serio esta opción. De hecho, «hace poco hemos inaugurado el Centro de Mediación con treinta profesionales que han hecho los cursos preceptivos según la ley de mediación y están capacitados para realizar esa actividad». Es un tema que consideran «muy importante» porque «el número de pleitos en el sector, desde hace muchos años, también es muy destacable. Ahora mismo, casi por cualquier cosa se monta un pleito. Y a veces la solución no es el pleito, sino reunirse y buscar un pacto satisfactorio para las dos partes, que incluso pueden seguir luego su relación contractual. Por ejemplo, imaginemos un pleito entre un promotor y un constructor porque el promotor considera que el constructor no le ha hecho bien la obra. Sin embargo, tienen una trayectoria de relación empresarial que es importante y consideran las dos partes que debería seguir esa relación. Un pleito dificulta mucho eso, porque es una contienda, y al final se le da la razón a uno y a otro no y se produce una ruptura al final. Sin embargo, con la mediación lo que se intenta es que las partes lleguen a un acuerdo, ganen (en parte, también pierdan) y al final se continúe la relación.


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