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Personajes por Andalucía

«Las cosas grandes duran un suspiro»

Su sonrisa es aún de niño y de alguna forma su visión del mundo también se asemeja en mayor medida a la pureza de quien tiene blanco el corazón de no haber fumado los días adultos de las mentiras del mundo. Habla el Faraón. Habla Curro Romero

12 nov 2017 / 00:05 h - Actualizado: 12 nov 2017 / 10:50 h.
  • «Las cosas grandes duran un suspiro»
  • Curro Romero durante la entrevista con Víctor García-Rayo en la hemeroteca de El Correo de Andalucía. / Fotos Jesús Barrera
    Curro Romero durante la entrevista con Víctor García-Rayo en la hemeroteca de El Correo de Andalucía. / Fotos Jesús Barrera

Lleva en los andares ese compás misterioso y cómplice que lo separa del común de los mortales. Se le acusa de parar el tiempo con sus muñecas, de frenar el universo con las yemas de los dedos, de hacer esperar a un ejército de fieles que siempre anheló el instante mágico de lo sublime. Se le acusa también de genial y noble, de auténtico, de liderar, sin él desearlo, una especie de sentimiento que roza lo religioso ante la majestad excelsa de su manera de interpretar la vida y el toreo.

Se le acusa de hombre sincero y cabal, humilde y serio, aficionado al flamenco y a la vida templada.

En los ojos del Faraón están inmortalizados varios capítulos inolvidables de la tauromaquia esencialmente bella y magistral, que abraza desde la manera de ser a la de estar, que pasa por la de torear y ahora se detiene en la de conversar con el corazón sobre la mesa. Se le acusa también de hacer llorar al entrevistador. Es, simplemente, Curro.

—Maestro, ¿cómo fue su infancia?

—Mi niñez fue maravillosa, limpia. Cuando eres chico sólo piensas en jugar, en ser feliz. Fui poco al colegio, mis padres –Andrea y Curro– trabajaban y yo me quedaba con mis hermanas en un sitio de recogida.

—...Y pronto a trabajar, ¿verdad?

—Me fui a trabajar con doce años al Cortijo de Queipo de Llano y estuve allí casi dos años cuidando cochinos, vacas, ovejas... con los cochinos me levantaba a las cinco de la mañana para llevarlos a los rastrojos con la fresquita pero claro, yo me quedaba dormido y los cochinos se me iban por todos lados. Con las ovejas estaba yo mejor porque no me daban la lata. La oveja es un encanto de animal.

—Y se fue de allí.

—Ya pasó un tiempo, no se ganaba dinero, yo andaba ya queriendo ser torero y, sí, me fui, claro. Aquello no servía para yo ayudar de verdad a mis padres, no tenía sentido seguir.

—¿Ahí entró ya en la farmacia?

—Mi abuela me colocó en la farmacia de La Pañoleta. Había que repartir en bicicleta y yo no sabía montar. Mis hermanas tampoco sabían montar pero me enseñaron como pudieron y, claro, tuve unas caídas tremendas. Después me coloqué en la farmacia de Camas y ya eso era mejor porque me dejaban la bicicleta para ir a los tentaderos. Ya me junté con Salomón Vargas, Antonio Cobo y Pepe Rivas, con los novilleros de Camas que me dejaban llevarles las muletas y los capotes. Y así empezó todo.

—¿Por qué quería ser torero?

—Por fatiga, por salir del fango, por ayudar en casa y que no hubiera fatigas. Esa es la verdad. Y fíjate qué suerte tuve. Vamos, que tuve tanta suerte que acerté y he vivido de ser torero toda mi vida.

—Y debutó con éxito en Sevilla...

—Empecé a funcionar y acabó el año y tenía ahorradas unas 300.000 pesetas de los años cincuenta y le dije a mis padres que ya no iban a trabajar más. Pero me dijeron que ellos seguían trabajando, que lo mío era muy difícil.

—¿Qué aprendió de sus padres?

—Jamás se pelearon en casa, nunca se lamentaron ni dijeron delante mía nada malo de nadie. Nunca se habló de política. Me dieron una niñez muy buena.

—¿Era usted más de doña Andrea o de don Francisco?

—Fui más madrero. Mi padre era buen aficionado al cante y a los toros... y era también muy calladito, no era de hablar. Pero fui más madrero. .

—Y ella era...

—Era especial. Me acuerdo que en la calle donde estaba la casa que le compré había un naranjo en cada puerta. Con el tiempo todos se acabaron secando, menos el de mi madre, que cada día lo regaba con mucho cariño y lo blanqueaba para que no subieran los bichos a molestar al árbol. Ya empezaron los vecinos con perros a dejar que los animales utilizaran el único naranjo para todas sus cosas y como ella no era de pelearse ni discutir con nadie, terminó echándole al naranjo una cosa para secarlo, y así lo perdió la pobre.

—Maestro, ¿qué pierde un hombre cuando muere su madre?

—Pues lo más grande de su vida, la que te dio la vida. Pierde tanto... A mi madre le compré una casa cuando gané dinerito como te he dicho, en Montecarmelo. Mi madre dejó de ir a una frutería porque una señora dijo allí en voz alta que era la madre de Curro Romero. Y ella pasó mucha vergüenza. No volvió. Yo he salido a ella. De niño me dejaba sentado en cualquier sitio y me decía: Curro hijo, tú no te muevas de aquí. Y ella sabía que yo me estaría quieto hasta que fuera.

—Sevilla le quiere a usted, tela.

—Si, es verdad. Sevilla me parió como torero y me mantuvo. Es distinto a todo. Aquí se te echan menos encima. Me gusta cuando voy por la calle y me dicen ¡adiós Curro! desde la otra acera y siguen andando y entonces digo yo... olé. Hay gente en Sevilla con una sensibilidad estupenda. No se te vienen encima ni nada.

—¿Por quién siente admiración, maestro?

—Más que nada por la música flamenca. Camarón, Manolo Caracol... sí. Yo era mucho de Camarón. Era como yo, no le gustaba hablar pero conmigo hablaba mucho. Éramos amigos José y yo, sí... yo creo que en admiración se ha llevado el gato al agua. También fui amigo de Orson Wells, que era partidario mío y me abrazaba mucho. Un día vino al hotel y se sentó en la cama y al sentarse pegó aquello un bote. Era un hombre muy grande... sí.

—¿Qué es el amor?

—El amor... es algo sin lo que no se puede vivir. Es todo. Sin el amor, estamos muertos en vida. Qué desgracia aquel que viva sin amor, que te da la vida. El amor es necesario, vital... Yo no entiendo ahora a las parejas que se casan, y se separan, y se están casando y se están riendo. Casarse es algo muy serio, y tener hijos, y vivir con una mujer. Después vienen las tragedias cuando no hay amor de verdad, claro, es que así no puede ser.

—Maestro, ¿por qué las cosas más grandes suceden siempre en un espacio breve de tiempo?

—Qué razón... Yo creo que está bien así. Las cosas grandes vienen siempre de cosas chiquititas y duran un suspiro, pero qué bonito ¿verdad? Un te quiero mirándola a los ojos de verdad, el toreo, el cante... y dura poco. A ver quién es capaz de relatar esto, esos chispazos que te entra en el cuerpo calor y ganas de reírte... ese misterio... a ver quién lo puede explicar.

—¿Curro Romero es un hombre de fe?

—Claro, sin fe no se puede tampoco estar por aquí.

—¿Las cosas pasan porque Dios quiere?

—Pues será, pero la cabeza de uno también tiene que estar equilibrada para que pasen menos cosas. Qué pena esas personas que utilizan la inteligencia para hacer el mal, ¿verdad?

—¿Nacemos entonces buenos o malos o es durante la vida cuando nos hacemos de una u otra manera?

Osú, qué maravilloso sería nacer y aprender las cosas de la vida sin dejar de ser un chiquillo. Aprender la vida, recorrerla y coger sabiduría, pero siendo siempre niños. Eso sería maravilloso, ser chicos siempre. Pero no nos dejan.

—¿Es bonito sentirse tan querido como lo es Curro Romero?

—Es de las cosas más buenas que le pueden pasar a una persona.

—Usted convive con una mujer muy preocupada siempre por los demás. ¿Cómo es Carmen, maestro?

—Estoy encantado con ella. Ayuda a mucha gente y le pide favores a nuestros amigos para los demás. Yo hago de verdad las entrevistas, y perdóname Víctor, por ella, porque la quiero.

¿Ha venido entonces por ella?

—Bueno, he venido porque ella me lo pide, y porque tú no eres uno más y por eso me estoy vaciando contigo, por la forma que me miras, que me hablas... yo me voy a acordar de esta entrevista, la verdad.

—...El que me voy a acordar voy a ser yo... ¿Hay ciudades más hermosas que Sevilla, maestro?

—Yo creo que no... no. Yo viví en Marbella mucho tiempo y allí la gente no me echaba cuenta. Yo iba por la calle muy tranquilo y podía entrar en un bar a tomarme una cerveza. Allí están acostumbrados a ver por la calle a gente muy conocida y no le da tanta importancia a eso. No me miraban a la cara. En Sevilla eso no puedo hacerlo.

—Y Sevilla le gusta a usted...

–He visto muchas ciudades en mi vida y ninguna como Sevilla.

—¿Yo puedo entonces decirle a usted a la cara que le quiero?

—Claro, y no me molesta y estoy agradecidísimo. Eso sí me gusta, así algo natural. Pero eso, siempre sin muchas flores. Yo es que soy así, Víctor, y eso me lo voy a llevar a la tierra.

—¿Qué es más bonito, amanecer o anochecer?

—Los amaneceres... sí... esa luz, prefiero esa luz. Es más bonito amanecer.

—¿Qué se dice, un día más o un día menos cuando uno se levanta?

—Un día más, se dice un día más. Porque es un día más que hemos estado aquí. La vida es un regalo y es un visto y no visto. Por eso hay que agarrarse a los momentos buenos como a un clavo ardiendo. Esos momentos de risas, de comidas con amigos, de diversión.. hay que vivirlos con intensidad y procurar que no se escapen.

—Se sentirá usted un hombre muy afortunado, ¿verdad?

—Siempre, lo pienso mucho eso. Qué suerte he tenido en la vida, salir del fango, conocer las cosas que he conocido y las personas que he conocido... me han dado premios, por qué no decirlo, y me han puesto hasta un monumento. Me han pasado muchas cosas buenas...

—Cuántas cosas...

—Yo no quería nada. Bueno, y el premio más grande que tengo, que es lo que me ha querido la afición, de siempre. Eso es muy importante para mí, lo mucho que me han esperado y querido siempre. Yo he sido irregular pero me han esperado. Y algo tendría cuando me esperaban porque para no esperar nada, ¿por qué seguir esperando? El que aguarda es porque busca algo... claro.

—Y un día dejó de torear.

—Pues verás... yo toreé siempre con mucha ilusión. Con sesenta y tantos años y tenía la ilusión de cuando empezaba, de verdad. Me hacía falta vivir toreando y un día pues vi que mi obra estaba hecha y se acabó. Pero lo echo de menos. Todo pasa en la vida... pero me acuerdo mucho.

—¿Echa de menos torear?

—Sí. Todo pasa en la vida pero yo habría estado más tiempo. La medida de las cosas es importante, pero yo he vivido siempre como torero y por mí hubiera seguido.


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