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Ecoperiodismo

Navidades sin abetos y otras secuelas del cambio climático

Un reciente estudio alerta de la pérdida de la mitad de los bosques de abetos mediterráneos a partir de 2050 debido al cambio climático, mientras censos internacionales revelan que muchas especies de aves ya han cambiado sus patrones migratorios debido al aumento general de las temperaturas

11 nov 2017 / 23:10 h - Actualizado: 11 nov 2017 / 23:09 h.
  • Bosque de pinsapos en la Cañada del Cuerno, en la malagueña Sierra de las Nieves. / José Sánchez Rodríguez-Rafael Palomo López (Creative Commons)
    Bosque de pinsapos en la Cañada del Cuerno, en la malagueña Sierra de las Nieves. / José Sánchez Rodríguez-Rafael Palomo López (Creative Commons)

El incremento de las temperaturas, unido a una mayor duración e intensidad de las sequías y las olas de calor extremas, podría hacer desaparecer algunos bosques relictos de abetos, únicos de la región mediterránea y considerados amenazados o en peligro de extinción según la lista roja UICN, como es el caso del pinsapo de la Sierra de las Nieves y la Sierra de Grazalema. Esta es la principal conclusión del equipo internacional de investigación liderado por la Universidad Pablo de Olavide (UPO) y el Instituto Pirenaico de Ecología de Zaragoza (CSIC), que ha desarrollado una nueva metodología de modelado y predicción de la vulnerabilidad de los bosques.

El artículo científico titulado Climate extremes and predicted warming threaten Mediterranean Holocene firs forests refugia, publicado en la revista Proceedings of the National Academy of Sciences, ofrece los datos recabados en treinta bosques considerados refugios climáticos del pinsapo (Abies pinsapo en España, Abies maroccana y Abies tazaotana en Marruecos), el abeto blanco (Abies alba España e Italia), el abeto silesia (Abies cilicica en Turquía, Líbano y Siria), el abeto griego (Abies cephalonica en Grecia y Balcanes) y el abeto del rey Borys (Abies borisii-regis en Balcanes).

Para Raúl Sánchez-Salguero, investigador de la UPO y autor principal del estudio, «en base a las previsiones climáticas y las respuestas observadas durante eventos extremos del siglo XX, el aumento global de las temperaturas y periodos más secos y cálidos provocarán una reducción del crecimiento y un acortamiento de la estación óptima de desarrollo de algunas de estas especies durante la segunda mitad del siglo XXI en los límites sur y de menor altitud –zonas más secas y cálidas–, lo que podría desencadenar fenómenos de decaimiento y aumentar las tasas de mortalidad de los árboles».

Los autores de este trabajo han empleado un novedoso modelo matemático que les ha permitido proyectar cómo cambiará la anchura de los anillos anuales de crecimiento de los árboles de cada bosque en función de las tendencias climáticas y considerando las respuestas que ya se han observado a eventos extremos. Así, teniendo en cuenta también varios escenarios de emisión de gases de efecto invernadero, han evaluado la vulnerabilidad y estabilidad de estos bosques únicos en respuesta a distintas proyecciones climáticas del siglo XXI.

Los resultados son desalentadores. En el escenario de mayor emisión de gases invernadero y con más eventos extremos, lo que supone una tasa más elevada de calentamiento y mayor aridez, la persistencia de los bosques de abeto blanco y la mayoría de abetos mediterráneos situados a menor altitud en España, Italia, Marruecos, Grecia, Turquía, Siria y Líbano, estarán en grave riesgo de desaparición, pese a haber actuado como refugios climáticos durante miles de años. Muchos de estos bosques reducirán su crecimiento entre un 20 y un 50 por ciento a partir del año 2050, concluye el estudio científico.

El estudio sigue explicando que el cambio climático en esta amplia región y la diversidad de ambientes considerados son una excelente representación de los potenciales efectos que podrían soportar muchos bosques endémicos mediterráneos en el siglo XXI. Con esta nueva metodología, se ha mejorado la identificación y comprensión del momento en el que un bosque supera un límite de crecimiento mínimo durante eventos extremos con decaimiento forestal, lo cual puede ayudar a pronosticar y predecir futuros procesos de mortalidad.

Si tienden a aumentar estos procesos de mortalidad, como indica esta investigación, «el desarrollo de nuevas metodologías empíricas para la detección de indicadores tempranos de vulnerabilidad, como la evaluada en este caso, será clave para anticipar posibles fenómenos de mortalidad generalizada del arbolado», explican los investigadores Jesús Julio Camarero y Juan Linares. Es decir, la definición de umbrales de vulnerabilidad en los fenómenos de decaimiento observados durante eventos extremos a finales del siglo XX son esenciales para pronosticar la futura estabilidad de los bosques en el planeta en el siglo XXI.


Las aves invernantes

Pero el cambio climático ya está dejando su particular impronta en las aves invernantes, que migran siguiendo una ruta establecida desde hace tanto tiempo que ya forma parte de la información innata de muchas especies. La migración de las aves responde a un comportamiento natural que se basa en tener unas áreas o cuarteles de cría en primavera-verano, donde se reproducen, y unas áreas de invernada donde pasan el invierno.

A los desplazamientos que se producen entre ambas se les denomina movimientos o viajes migratorios. Los movimientos realizados a final de invierno o principios de primavera entre el área de invernada y la de cría los conocemos como migración primaveral o prenupcial, y los realizados a final del verano o principios del otoño como migración postnupcial u otoñal. Estos recorridos marcan una trayectoria que llamamos ruta migratoria.

Sin embargo, estas rutas migratorias están siendo variadas a causa del cambio de las temperaturas, que en las últimas décadas se han incrementado en las regiones árticas y boreales del norte de Europa, especialmente en invierno y primavera. El impacto de esas variaciones térmicas afecta a las aves en general, pero especialmente en las aves acuáticas que viven en zonas húmedas.

Según los estudios llevados a cabo por SEO/BirdLife, los censos internacionales de aves ya registran la reducción en la distancia de migración y el uso de nuevas zonas de invernada más próximas a los lugares de cría. Así, algunas zonas que hace dos décadas estaban cubiertas de hielo ahora permanecen «abiertas» durante todo el invierno.

Además, los ecosistemas acuáticos son especialmente vulnerables al cambio climático, que puede conllevar alteraciones sobre la cantidad, distribución y calidad del agua, provocar efectos sobre la vegetación acuática o activar procesos de eutrofización. Situaciones que directamente afectarán a las zonas de alimentación y refugio de muchas de estas especies. Unos cambios que serán más extremos si mantenemos las actuales presiones a las que sometemos a los humedales en España, como la sobreexplotación de acuíferos, reducción de caudales o la contaminación.


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