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Personajes por Andalucía

«Si los ingenieros se pusieran en huelga, el mundo se pararía»

Aurelio Azaña soñó con trabajar en el taller de su padre en Albacete, pero estudió en Sevilla y ahí se quedó, para forjar una empresa con 75 ingenieros, que ha buscado fuera lo que Andalucía no ha generado hasta ahora: la oportunidad de la industrialización

19 nov 2017 / 23:55 h - Actualizado: 20 nov 2017 / 12:23 h.
  • Aurelio Azaña, decano del Colegio Oficial de Ingenieros Industriales de Andalucía Occidental. / Fotos: Jesús Barrera
    Aurelio Azaña, decano del Colegio Oficial de Ingenieros Industriales de Andalucía Occidental. / Fotos: Jesús Barrera

Nacido en Albacete, Aurelio Azaña dio el salto, alentado por su madre, del taller mecánico familiar a la Escuela de Ingeniería Industrial de Sevilla. Aquí vivió para estudiar y, de paso, para enamorarse en plena Transición de la que hoy es su esposa. Decano del Colegio de Ingenieros Industriales de Andalucía Occidental, urge a coger por fin el tren de la que sería cuarta revolución industrial para no desaprovechar el talento de los jóvenes ingenieros andaluces, que en su mayoría cogen las maletas y prosperan en el extranjero.

—Después de tantos años afincado en Sevilla, se sentirá como un andaluz más.

—Me vine joven, con 18 años, para estudiar la carrera de ingeniero industrial, y al final me quedé en Sevilla.

—¿Qué le llevó a echar raíces en Sevilla?

—El amor. Conocí a mi esposa en la escuela, en medio de los tumultos que teníamos, en esa época revolucionaria en la que queríamos cambiar las cosas. Nos conocimos en las manifestaciones, fuimos juntos a Madrid, esquivando las cargas de la Policía. Eso nos unió mucho. Y desde entonces seguimos juntos.

—¿Cómo fueron esos momentos convulsos?

—Era una época de reivindicación. Recuerdo que todos los años teníamos un mes de huelga. Siempre había motivos para ello. Eran tiempos convulsos, donde se estaban pertrechando las directrices de la democracia y la gente tenía el tema político muy metido, aunque no participábamos de la vida política de manera activa.

—¿Se siente copartícipe de lo conseguido en la Transición, aunque fuera a pie de calle?

—A veces me lo he preguntado. Todo suma. No se en qué medida, pero estoy orgulloso de no haber sido una persona pasiva y haberme implicado con mi entorno.

—¿Qué le impulsó a estudiar una Ingeniería?

—Fue vocacional. Mi padre, que ya está jubilado, era mecánico y a mí me gustaba desmontar los coches y las motos. Quería ser mecánico, pero mi madre me disuadió para que no me llenara todos los días las manos de grasa, aunque también habría sido feliz como mecánico.

—Entonces, su infancia disfrutó entre motos y coches.

—Todos los días estaba en el taller de mi padre y me encargaba de esmerilar las válvulas de las culatas, que ahora se hace con un trompo, pero antes se hacía a mano, con una ventosa. Terminaba con las manos llenas de callos. Esa era mi infancia.

—¿Cree que la ingeniería tiene un poco de magia?

—Un poco de magia sí tiene porque los ingenieros hacemos que el mundo se mueva. Desde que nos levantamos hasta que nos acostamos, estamos con productos de la ingeniería, como la cuchilla de afeitar, al agua caliente que sale del grifo o el coche que cogemos para ir al trabajo. Son parte de esa magia que hace que el mundo sea más confortable.

—Sin embargo, su profesión tiene un papel gris. Pocos nombres de ingenieros se conocen, algo que sí pasa con políticos o deportistas.

—Los ingenieros somos gente que estamos bien preparada en la parte técnica, pero nos vendemos muy mal. El marketing no se nos da bien y no somos capaces de vender la importancia de nuestra actividad. Si los ingenieros nos pusiéramos en huelga, el mundo se pararía.

—¿Cómo ha cambiado la profesión desde que empezó la carrera hasta hoy?

—Ahora hay más tecnología y, con el tema de Bolonia, la carrera no es tan dura como antes. A veces me gusta lanzar un aviso a los que tienen vocación de ingenieros que desisten porque creen que es dura. Sigue siéndolo, pero no tiene nada que ver con lo que era en mis tiempos. En mi época era una carrera larga de seis años, que luego se tardaba nueve en terminar. Solo el 20 por ciento de los que empezábamos finalizaba sus estudios.

Lo recuerdo como años duros, en los que no salía para nada y me pegaba los fines de semana estudiando. Ahora merece la pena el esfuerzo. No pasa nada por tener unos años de sacrificio si eso condiciona 40 años de profesión. Por eso invito a los jóvenes a que estudien hasta el final, para orientar su profesión hacia un espectro que antes no podrías llegar.

—¿Se esperaba cuando estaba en la carrera que estaría al otro lado, como profesor?

—No. Sólo quería terminar la carrera y alejarme lo más posible de la universidad de lo mal que lo pasé. Además, tenía la presión de sacar curso por año porque estudié por beca. No me podía permitir el lujo de repetir. No hacía más que estudiar.

—¿Están verdaderamente preparadas las nuevas generaciones de ingenieros?

—Cada vez están mejor preparados. Voy a la escuela a dar clases por vocación. He aprendido algo que les sirva, lo pongo en su conocimiento. Soy profesor asociado desde hace 20 años, con lo cual no me dedico profesionalmente a la docencia. Pero intento que sepan cómo desenvolverse en el mundo real, el de la empresa. Estos chavales terminarán su carrera y tendrán que buscarse la vida y hay un salto grande entre la universidad y el mundo empresarial.

—Muchos al final tienen que huir al extranjero en busca de su porvenir laboral, ¿cree que Andalucía está desaprovechando ese talento?

—Rotundamente sí. Lo estamos desaprovechando, pero soy el primero que les invita a que salgan fuera, porque da una visión de 360 grados de lo que pasa en el mundo. Ya no estamos en ese provincialismo de trabajar al lado de casa o la familia. En una encuesta que el Colegio hizo, el 97 por ciento de los encuestados están dispuestos a salir fuera para trabajar. Y el tema de los idiomas ya no es un handicap. Por suerte, hay oportunidades fuera de Andalucía para trabajar en empresas muy solventes.

—Pero, ¿cuál es la razón principal de esta marcha?

—Lamentablemente, en Andalucía tenemos lo que tenemos, y el tejido industrial ha ido deteriorándose. No hemos sido capaces de revertir esa cuestión e industrializar Andalucía. Mientras los que estamos aquí no consigamos dar un futuro mejor a estas generaciones, tendrán que irse unos años fuera.

—¿Corremos el riesgo de perder el tren de la industrialización? Hay un plan en ciernes que no arranca.

—Podemos perder el tren de la cuarta revolución industrial y ya perdimos tres. Los que tienen responsabilidad política en la industrialización están haciendo esfuerzos con inversiones, pero los resultados no son los esperados. En mi humilde opinión, en Andalucía tenemos una maquinaria tan robusta que hace que no funcione. Que una empresa deba esperar 14 o 17 meses para una autorización administrativa refleja que algo no funciona. Un producto industrial debe estar inmediatamente en la calle o pasa de moda.

—Esa desazón la vivirá con su empresa Azcatec, ¿cómo lidia una empresa en la Andalucía desindustrializada?

—Creé una empresa de ingeniería industrial que ahora da trabajo a 75 ingenieros, que nos hemos tenido que buscar la vida fuera de Andalucía. Eso nos ha permitido ampliar el horizonte, que no tenemos que envidiar nada a un ingeniero alemán, inglés, italiano o americano y tenemos tecnología suficiente. Acabo de llegar de Francia, por una misión comercial para mi empresa y, con todos los que he hablado, pienso que estamos más en la vanguardia en tecnología y no tenemos nada que envidiarle. Hay que quitarse la careta y decir bien alto que estamos muy bien preparados.

—Haciendo de las dificultades una oportunidad.

—Fíjese, mi empresa ha salido reforzada de dos crisis galopantes, una en Andalucía y otra a nivel del Estado. Y hemos crecido con una buena estrategia, saliendo de tu zona de confort. Los problemas no los va a resolver nadie, sino uno mismo.

—¿Qué supone para un padre que un hijo siga sus pasos?

—Tengo cuatro, uno que estudia ingeniero aeronáutico y otro que es ingeniero industrial y se acaba de graduar. Nunca he intentado influir, pero han visto el ejemplo de su madre y el mío y ese mundillo le ha gustado. Es un mundo agradecido. Hay 40 años de ejercicio profesional y en ese tiempo hasta que nos jubilemos hay que ser feliz. Y qué mejor que aplicarlo para lo que uno está preparado.


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