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El noveno pasajero

Aunque pese a algunos, no es el planeta de los antiguos astronautas ni el que acabará con la Tierra. Es sólo un enorme y tímido bolón que no se ha visto todavía, pero que está ahí. Nuestro ‘nuevo’ vecino

06 jun 2016 / 23:28 h - Actualizado: 06 jun 2016 / 23:30 h.
  • El noveno pasajero
    Recreación artística de la NASA sobre lo que podría ser el oscuro y lejano Noveno Planeta –así, con mayúsculas– de nuestro sistema solar.
  • El noveno pasajero
    Michael Brown, el hombre que ‘mató’ a Plutón... o lo cambió por otro más grande.

Volvemos a ser nueve. O eso parece. Porque digan lo que digan, así lleven las batas todo lo blancas que quieran, tengan pelos de loco y necesiten pizarras y más pizarras para explicar el menor de sus hallazgos, al final la ciencia de los astrónomos también tiene su puntito marujil, su momento portera, su toque chismoso –lo cual, aunque cueste trabajo asimilarlo, forma parte de las matemáticas–. Gracias a ese factor cotilla de las ciencias exactas, se ha sabido que hay un noveno planeta en nuestro sistema solar. Y no Plutón, esa baratija cósmica degradada a comparsa, a tocar el triangulillo en la gran orquesta cósmica, sino todo un mozarrón de buen porte: entre cinco y diez veces el tamaño de la Tierra, una mole más o menos parecida a Neptuno. Lo cual tampoco es que sea para tirar cohetes (salvo que los tire la NASA), mientras no se estrelle contra nosotros. Pero no lo hará, tranquilos todos: está tan lejos que ni siquiera refleja la luz del sol, por lo que ni dejándose uno las retinas en el más caro de los telescopios logrará verlo. De hecho, nadie lo ha visto aún. Ha sido el comportamiento de unos planetoides horrorosamente lejanos lo que ha permitido al norteamericano Michael Brown, del Instituto Tecnológico de California, deducir que ese gigantón oscuro anda pululando por ahí fuera. Más o menos igual que por el comportamiento irregular de cierto sujeto se podría saber si tiene o no un romance oculto por ahí. Pues bien: ese planetón sin nombre es la otra. O el otro. El misterio, al igual que en los enredos amorosos, se resume en una pregunta: ¿qué hace ahí?

Nadie lo sabe. Pero los científicos se preguntan cómo puede haber una bola tan grande completando una órbita tan alejada, alrededor de diez veces la distancia entre el sol y Plutón. Como es natural, las conjeturas de los astrónomos no han parado de producirse, pero ninguna de ellas parece lo bastante buena como para que sirva de explicación. Lo cual resulta bastante molesto, a decir verdad, para el gremio: por muchos pelos de loco que gasten, a ninguno de ellos les gusta no tener respuestas sobre objetos del tamaño de Neptuno que no se ven y que viven en nuestra casa. Suena un tanto inquietante.

Los últimos en echar un vistazo (dicho metafóricamente, porque no serviría de nada) han sido la astrofísica Gongjie Li y su equipo, del Centro para la Astrofísica de Cambridge, Massachusetts, una institución dependiente nada menos que de la Universidad de Harvard y el Instituto Smithsoniano, lo cual tampoco les ha servido de mucho: «Las evidencias señalan que el Noveno Planeta existe, pero no podemos explicar con seguridad cómo surgió», matiza Li. Sí, lo llaman así, Noveno Planeta, en mayúsculas, porque aún carece de nombre... aunque las fantasías sobre la existencia de un pedrusco así no sean en absoluto nuevas: hace 30 años ya salió un científico especulando con la posibilidad; era Daniel Whitmire, de la Universidad de Arkansas, y decía no solamente que tenía que estar por ahí fuera, sino que además sería el responsable de la extinción de los dinosaurios y de otros destrozos al atravesar cada 27 millones de años el cinturón de asteroides de Kuiper. Para los legos en astronomía pero adictos a los misterios, todo esto no es sino la confirmación de que finalmente existe el famoso planeta Nibiru que presagiara Zacharia Sitchin, el hombre que aportó como pruebas las tablillas de los sumerios para afirmar que hace miles de años la Tierra fue visitada por una civilización alienígena, los anunnaki, que aportaron grandes conocimientos para el avance del ser humano. El problema es que, si se trata efectivamente de Nibiru, más les valdría a esos extraterrestres haber cambiado tales conocimientos por abrigos de pieles, porque en Nibiru, sencillamente, no puedes vivir si no eres una tozuda bacteria. No hay luz ni calor para más.

Puestos a no saber qué hace ahí tan lejos, la siguiente pregunta sería cuánto importa centrar el objetivo de la ciencia en investigar por ese lado. Da la sensación de que las prioridades no son tanto encontrar un bolón helado allá donde el viento solar da la vuelta como investigar posibles mundos habitables para cuando terminemos de cargarnos el nuestro, una postura en la que se ha alineado recientemente, el mes pasado por más señas, nada menos que Stephen Hawking. Este sostiene, dicho con otras palabras, que más vale ir buscando piso por ahí fuera, por lo que pueda pasar. Las suyas han sido bastante más dramáticas, para qué engañarse: «Si queremos sobrevivir como especie tenemos que alcanzar otras estrellas». Y se ha fijado en el sistema solar más cercano: Alfa Centauro.

Con una idea respaldada económicamente por dos pesos pesados del papel moneda como el creador de Facebook, Mark Zuckerberg, y el magnate ruso de las telecomunicaciones Yuri Milner, ese proyecto, bautizado como Breakthrough Starshot, consistiría en desarrollar una tecnología que permitiese fabricar micronaves espaciales del tamaño de un chip y enviarlas allí a toda velocidad para investigar las posibilidades de albergar vida por los contornos. Las naves, a una quinta parte de la velocidad de la luz, apenas tardarían un par de decenios en llegar. El problema es que si encuentran un planeta idóneo para formar allí una segunda Tierra, enviar a gente hasta allí llevaría algo más de tiempo; en concreto, 30.000 años. Tiempo sobrado para que vengan otra vez los anunnaki a impulsar la humanidad otro poco, así que tal vez habría que barajar otras opciones. O armarse de paciencia, un requisito para todo cuanto tenga que ver con el cosmos.

Mientras tanto, el planeta sin nombre sigue su solitario deambular por la ronda de circunvalación de este sistema solar, ajeno a las cuitas de los habitantes del casco antiguo. Lentamente gira alrededor del Sol a una distancia que varía entre 400 y 1.500 unidades astronómicas. Teniendo en cuenta que una unidad astronómica es la distancia que hay entre la Tierra y el Sol –150 millones de kilómetros–, para quien guste de comparaciones: Si el Sol fuese Sevilla y la Tierra fuese Santiponce, el Noveno Planeta sería Sidney (Australia). Objetivo descartable para excursionistas de fin de semana.

Pero igual de curioso que todo lo anterior es que el astrónomo que ha hablado ahora de este Noveno Planeta, Michael Brown, fue el mismo que mató a Plutón; el que lo degradó a birrioso peñasco. Se ve que el hombre está especializado en novenos planetas. Aunque no ha sido el primero en hablar de él (de hecho, su intención original era desmentir semejante existencia, formulada por Scott Sheppard, del Instituto de Ciencia de Washington, y Chad Trujillo, del Observatorio Géminis de Hawai, a través de la revista Nature) sí es cierto que en compañía de su colega Konstantin Batygin ha proporcionado un montón de datos sobre su posible existencia y características, publicados todos ellos en la revista Astronomical Jornal. En su estudio, ambos sugieren que este inquilino desconocido pudo haber sido expulsado a los confines de nuestro sistema solar hace millones de años por la fuerza grav itacional de alguno de los gigantes del barrio, Júpiter o Saturno.

Todo el afán, ahora, es localizarlo. Pero hay tantísimo firmamento donde mirar y es un objeto tan oscuro y lejano que la tarea es de aúpa.

Cuentan que la hija de Brown le prometió que sólo le perdonaría el haberse cargado a Plutón si encontraba otro noveno planeta. Es de suponer que los amigos de la teoría de los antiguos astronautas y quienes confiaban ciegamente en que se descubriese pronto un astro capaz de destruir el nuestro le estarán igual de agradecidos.


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